En medicina existe un principio elemental: ninguna transfusión salva a un paciente si la hemorragia continúa abierta.
La educación dominicana ha recibido durante más de una década la mayor inyección financiera de su historia: el 4 % del Producto Interno Bruto (PIB). Sin embargo, basta recorrer el territorio nacional para advertir que el enfermo sigue pálido. Las grietas permanecen visibles. El sangrado no ha sido contenido.
El problema nunca fue exclusivamente de dinero. Ha sido —y sigue siendo— de sistema.
Treinta y tres años atrás advertí, desde las páginas editoriales del Listín Diario, que la dispersión de competencias en materia de infraestructura escolar conduciría a un laberinto de ineficiencias. No era una profecía; era un diagnóstico técnico observado ya en otras latitudes. Allí donde múltiples manos construyen sin dirección única, el resultado es inevitable: abundancia en unos puntos, carencia en otros y deterioro prematuro en casi todos.
Hoy el cuadro clínico confirma la sospecha.
Anatomía de la descoordinación
Aunque la Ley 66-97 establece al Ministerio de Educación como órgano rector, la práctica histórica ha fragmentado la ejecución entre diversas dependencias: Ministerio de Obras Públicas, programas especiales de la Presidencia, oficinas hoy desaparecidas, direcciones que nacen y mutan con cada administración.
Demasiados cirujanos. Ningún jefe de quirófano.
El resultado es una cartografía absurda: centros levantados donde la demanda demográfica es insuficiente, mientras comunidades enteras imparten docencia bajo techos improvisados o directamente a la intemperie.
La planificación debería responder preguntas sencillas: qué, dónde, cuándo y por qué construir. En ausencia de esas respuestas, la infraestructura se convierte en gesto político, no en política pública.
Los datos no admiten retórica
Las cifras oficiales muestran miles de aulas entregadas en los últimos años y otras tantas en ejecución. Sin embargo, estimaciones técnicas continúan ubicando el déficit nacional en varios miles más. Construimos y, aun así, faltan.
¿Por qué? Porque sin un mapa integral, cada inauguración puede estar resolviendo el lugar equivocado.
A ello se suman carencias que pertenecen al terreno de la ética básica: planteles sin agua constante, fallas eléctricas recurrentes, mobiliario insuficiente, mantenimiento reactivo en vez de preventivo. Infraestructura existente que envejece más rápido de lo que el presupuesto logra rescatar.
No hablamos de estética. Hablamos de condiciones mínimas de dignidad.
El espacio también enseña
La evidencia internacional es contundente. Investigaciones del Banco Interamericano de Desarrollo y de centros universitarios europeos han demostrado que el entorno físico puede explicar alrededor de una sexta parte del progreso anual de aprendizaje.
Iluminación, ventilación, acústica, flexibilidad espacial. No son lujos arquitectónicos; son variables pedagógicas.
Los sistemas que avanzan en las pruebas comparativas entienden la escuela como “el tercer maestro”. Donde el edificio favorece la concentración, bienestar térmico y comunicación, el currículo respira mejor.
Nosotros todavía tratamos demasiadas aulas como depósitos de estudiantes.
El especialista al que nunca llamamos
A comienzos de los años noventa, durante gestiones internacionales, conocí de primera mano la disposición de la UNESCO para brindar asistencia técnica gratuita a los Estados que necesitaran organizar científicamente su infraestructura educativa.
La oferta era simple: enviar expertos, evaluar, proponer un modelo integral adaptado a la realidad local. Otros países aceptaron. Nosotros no.
Décadas después, la cooperación ha existido en proyectos puntuales, pero jamás en la reforma estructural que permitiría saber, con precisión quirúrgica, dónde cada aula produce mayor beneficio social.
Seguimos automedicándonos.
Lo que el mundo hizo distinto
Las naciones que lograron ordenar su planta física comparten un rasgo común: crearon un ente único, técnico, con continuidad más allá de los ciclos políticos.
México, Chile, Colombia, nombres diferentes; misma filosofía: planificación centralizada, ejecución profesional, mantenimiento garantizado, información pública.
No se elimina la política, se le coloca diagnóstico.
La raíz del problema
Creímos que construir mucho equivalía a construir bien, pero la infraestructura educativa no es una carrera de metros cúbicos de hormigón. Es una ecuación compleja que integra demografía, movilidad, clima, pedagogía, tecnología y sostenibilidad financiera.
Sin ese cruce de variables, cada edificio corre el riesgo de nacer obsoleto. Y cuando el mantenimiento no está presupuestado desde el primer plano, el futuro deterioro ya viene incorporado en la obra.
Lo que debe hacerse
La solución no es épica; es administrativa.
Un organismo autónomo que concentre planificación, diseño, priorización territorial, estándares técnicos, equipamiento y mantenimiento preventivo. Un sistema digital abierto que permita saber dónde está cada centro, cuál es su capacidad real y qué inversión necesita antes de colapsar.
Menos improvisación. Más ciencia.
La dimensión moral
La arquitectura escolar es el rostro del respeto que una nación tiene por sus niños.
Si ese rostro aparece agrietado, el mensaje es devastador: el futuro importa menos que la fotografía de la inauguración.
Una sociedad puede tolerar muchas deficiencias transitorias, mas no debería acostumbrarse a fallarle a quienes apenas comienzan.
El diagnóstico está sobre la mesa desde hace más de tres décadas. Los recursos existen. La experiencia internacional también.
Lo único pendiente es la decisión de abandonar la comodidad del desorden.
Porque, al final, una escuela mal planificada no es solo un error presupuestario, es una oportunidad de aprendizaje que jamás volverá.
El tiempo que pierde un niño no lo recupera ningún gobierno.
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