Querido Danilo: He leído tu artículo “Artistas sin Estado. Formación, precariedad y abandono”, publicado ayer en este mismo medio y, como siempre, vuelve sobre una constante: la fragilidad del panorama artístico y la precaria relación entre los creadores y las instituciones que deberían protegerlos y ampararlos. Tu reflexión no es retórica; es un diagnóstico. Y duele porque es cierto.

En la República Dominicana, los artistas carecen de una política cultural coherente que los sostenga. No se trata solo del Estado en abstracto, sino de los gobiernos concretos, que con demasiada frecuencia han sido indolentes frente al arte y la cultura. Se habla de vocación como si bastara el llamado interior, pero una vocación sin trabajo, sin estructura, sin respaldo institucional, termina condenada a la precariedad.

El artista queda entonces en una especie de orfandad. Siempre he pensado —y lo reitero— que el artista es un paria: no pertenece del todo a ninguna clase social, no tiene un espacio firme donde cimentar su oficio, y su vocación termina convirtiéndose en destino. En ese sentido, recuerdo aquella idea de Jorge Luis Borges: el arte no es simplemente un oficio; es una pasión y un destino que reorganiza la vida de quien lo ejerce. Pero precisamente por eso, porque alimenta la vida espiritual de la comunidad, debería ser protegido.

Tu artículo, querido Danilo, está, como siempre, bien ponderado y críticamente fundamentado. No se limita a la queja; plantea una necesidad estructural: la urgencia de pensar el arte como parte del desarrollo nacional y no como un adorno prescindible. Ese tipo de trabajo crítico es indispensable para el crecimiento y el fortalecimiento del campo cultural dominicano.

Se necesitan voces así, que incomoden, que cuestionen, que exijan responsabilidad institucional. Sin crítica, no hay evolución; sin respaldo, no hay continuidad; sin políticas públicas claras, el artista seguirá siendo un desterrado en su propia tierra.

Cuando el apoyo cultural se institucionaliza, el público también gana. Se fortalece el sentido de pertenencia, se dignifica la profesión artística y se crea una oferta constante que forma espectadores críticos.

Si la relación entre el Estado y los artistas depende de favores personales o de afiliaciones políticas circunstanciales, estaremos siempre a merced del vaivén del poder. Hoy se concede un apoyo como gesto de simpatía; mañana se retira como castigo o como ajuste de cuentas. Esa dinámica no construye cultura: la precariza. La convierte en moneda de cambio, en instrumento de recompensa o de exclusión.

Una verdadera política cultural no puede basarse en la lógica del favor. Debe fundarse en criterios institucionales, transparentes y sostenibles. El arte no puede depender del humor del funcionario de turno ni de la cercanía partidaria del creador. Cuando eso ocurre, el campo cultural se fragmenta, se envilece y pierde credibilidad ante el público.

Lo que necesitamos es una política cultural articulada, especialmente en las provincias, donde el talento suele quedar relegado por falta de infraestructura, acompañamiento y programación continua. Un programa serio debería garantizar espacios estables de exhibición, formación permanente, circuitos regionales y financiamiento competitivo basado en méritos verificables. No se trata de regalar recursos, sino de invertir estratégicamente en el desarrollo simbólico del país.

Cuando el apoyo cultural se institucionaliza, el público también gana. Se fortalece el sentido de pertenencia, se dignifica la profesión artística y se crea una oferta constante que forma espectadores críticos. La cultura deja de ser un acontecimiento esporádico para convertirse en un tejido vivo que articula comunidad, memoria y futuro.

Mientras el arte dependa del favor, será frágil. Cuando dependa de políticas públicas claras y sostenidas, será patrimonio común. Y esa diferencia no es menor: es la que separa la improvisación del proyecto nacional.

Danilo, tienes razón. Mientras sigamos aplaudiendo al artista cuando triunfa fuera del país, pero no lo valoremos cuando crea y resiste aquí, no podremos hablar de una verdadera estimación de nuestros valores culturales. Celebramos el éxito internacional como si fuese una validación necesaria, como si el reconocimiento externo otorgara una legitimidad que nosotros mismos no somos capaces de conceder.

Entretanto, muchos de nuestros artistas viven en condiciones difíciles. No logran que su trabajo alcance la visibilidad necesaria ni la sustentación económica que les permita continuar creando con dignidad. El talento existe, la vocación existe, el compromiso existe; lo que no existe es una estructura sólida que acompañe ese esfuerzo.

Ahí es donde debe aparecer una política cultural consciente: consciente de lo que significa la cultura para una nación, consciente de su impacto formativo, identitario y también económico. La cultura no es un adorno del Estado; es un componente real del producto interno bruto, un sector que genera empleo, dinamiza industrias creativas y proyecta la imagen del país. Pero más allá de las cifras, aporta algo que no puede medirse únicamente en estadísticas: la riqueza espiritual de una sociedad.

Sin embargo, pareciera que a ningún gobierno le interesa asumir esa dimensión estratégica. La cultura se administra como gasto y no como inversión; como evento coyuntural y no como proyecto estructural. Y mientras eso no cambie, nuestros artistas seguirán desamparados, dependiendo de iniciativas aisladas o de reconocimientos tardíos.

Por eso comparto tu insistencia sistemática en esta problemática. No se trata de una queja circunstancial, sino de una deuda histórica. La valoración de nuestros creadores debe cimentarse en la conciencia nacional, en la comprensión profunda de que sin cultura no hay nación plena. Solo cuando esa convicción forme parte del imaginario colectivo, podremos hablar de una política cultural verdadera y sostenida.

Plinio Chahín

Escritor

Poeta, crítico y ensayista dominicano. Profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros: Pensar las formas; Fantasmas de otros; Sin remedio; Narración de un cuerpo; Ragazza incógnita;Ojos de penitente; Pasión en el oficio de escribir; Cabaret místico; ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, Premio Nacional de Ensayo 2005; Hechizos de la hybris, Premio de Poesía Casa de Teatro del año 1998; Oficios de un celebrante; Solemnidades de la muerte; Consumación de la carne; Salvo el insomnio; Canción del olvido; entre otros.

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