Un médico puede dedicar horas a estudiar a un paciente, revisar análisis, comparar imágenes, descartar hipótesis y establecer un diagnóstico. Pero cuando llega el momento de decidir qué hacer, comienza una tarea diferente.

Saber qué tiene un paciente no significa saber automáticamente cómo tratarlo.

Una enfermedad puede admitir varias intervenciones. Algunas serán eficaces; otras apenas aliviarán los síntomas; algunas incluso pueden producir más daño que beneficio. La elección dependerá de la evidencia, la gravedad, los riesgos, las condiciones particulares del paciente y, sobre todo, de aquello que todavía se desconoce.

La medicina aprendió que diagnosticar y decidir son actos relacionados, pero no idénticos.

Las repúblicas deberían aprender lo mismo.

En el capítulo anterior sostuve que una sociedad puede observar los mismos hechos y llegar a conclusiones diferentes porque entre la evidencia y el diagnóstico existe una operación intelectual: interpretar. Pero incluso cuando el diagnóstico es correcto queda pendiente la pregunta:

¿Qué hacemos ahora?

Por eso decidir no consiste simplemente en escoger una solución atractiva. Consiste en escoger bajo incertidumbre, restricciones y conflicto de valores, sabiendo que cada opción abre unas posibilidades y cierra otras.

Supongamos que una república descubre que su sistema de justicia funciona lentamente. El diagnóstico puede ser correcto. Pero no sabemos qué debemos hacer. Podemos aumentar el número de jueces, modificar procedimientos, digitalizar tribunales, reorganizar la administración, cambiar incentivos, invertir en infraestructura o combinar varias medidas.

El diagnóstico identifica el problema. No escoge por nosotros la solución.

Ahí comienza la responsabilidad del gobernante.

Un buen médico no pregunta solamente si un tratamiento puede funcionar. Pregunta cuánto puede beneficiar, qué riesgos introduce, qué alternativas existen, qué recursos requiere y qué ocurriría si se equivoca.

No porque una república sea un paciente, sino porque ambas enfrentan decisiones tomadas con conocimiento imperfecto, recursos limitados y consecuencias que no siempre pueden revertirse.

Antes de convertir una propuesta en política pública, una república responsable debería responder: ¿qué sabemos?, ¿qué desconocemos?, ¿qué alternativas existen?, ¿qué riesgos introduce cada una?, ¿quién recibirá el beneficio?, ¿quién asumirá el costo? y, sobre todo:

¿Por qué esta opción y no las demás?

Decidir exige comparar beneficios, riesgos, costos, reversibilidad y capacidad institucional.

La transparencia republicana no debería limitarse a publicar el resultado. Debería permitir reconstruir el razonamiento que condujo hasta él.

Toda decisión pública tiene una historia: comienza con un problema, continúa con un diagnóstico, confronta alternativas, pondera riesgos y valores y finalmente escoge un curso de acción.

Cuando esa cadena puede reconstruirse, existe responsabilidad. Cuando desaparece, queda la improvisación.

Gobernar también es renunciar

Cada peso destinado a una prioridad deja de estar disponible para otra. Cada hora administrativa dedicada a una reforma desplaza otra tarea. Cada nueva institución exige presupuesto, personal y capacidad de gestión.

Gobernar consiste, en buena medida, en administrar esas renuncias.

Por eso una república no puede preguntar solamente cuánto beneficio promete una política. Debe preguntar también qué oportunidad sacrifica al escogerla.

La decisión pública es una elección entre futuros posibles. Y esos futuros no vienen acompañados de certeza.

Algunas decisiones producen consecuencias previsibles. Otras deben adoptarse bajo incertidumbre considerable. En estas últimas, la pregunta no debería ser únicamente cuál alternativa ofrece el mejor resultado esperado, sino cuál conserva mayor capacidad de adaptación si nuestras previsiones resultan equivocadas.

Cuando existe incertidumbre diagnóstica, el médico no siempre escoge la intervención más agresiva. Puede optar por una estrategia que permita obtener información adicional, observar la respuesta y mantener abiertas otras posibilidades.

Y habrá circunstancias en las que la decisión más responsable será esperar.

Esperar también es decidir.

La madurez de una república se revela en su capacidad para distinguir entre esas situaciones. No se trata de exigir certeza absoluta a quienes gobiernan, sino que sepan qué conocen, qué desconocen, qué riesgos aceptan y por qué consideran una opción preferible a las demás.

Cuando la técnica no basta

Pero ninguna puede decidir qué valores debe privilegiar una república cuando esos valores entran en conflicto.

Una política puede aumentar la eficiencia y distribuir peor sus beneficios. Otra puede ser más costosa, pero más equitativa. Una tercera puede producir resultados lentamente, pero fortalecer instituciones que permanecerán durante generaciones.

Por eso una buena decisión pública necesita evidencia, pero no puede reducirse a evidencia. Necesita análisis, pero tampoco puede sustituir el juicio. Necesita técnica, pero también responsabilidad.

Aquí aparece una distinción fundamental:

conocimiento no es juicio, y juicio no es decisión.

El conocimiento establece qué sabemos y qué desconocemos.

El juicio pondera la evidencia, los riesgos, las restricciones y los valores en conflicto. No se limita a interpretar información: determina qué peso merece cada elemento antes de escoger.

La decisión convierte ese juicio en una elección concreta y, al hacerlo, asume sus consecuencias.

Confundir estas etapas produce errores diferentes. La falta de conocimiento conduce a decisiones mal informadas. Un juicio deficiente pondera mal lo que sabemos. Y una decisión equivocada puede convertir incluso un buen diagnóstico en una mala política.

Por eso el proceso completo debería conservar una secuencia reconocible:

diagnóstico → decisión → intervención → ejecución → evaluación → corrección.

Cada etapa responde a una pregunta diferente.

El diagnóstico pregunta: ¿qué está ocurriendo?

La decisión: ¿qué debemos hacer?

La intervención: ¿qué cambio intentamos producir?

La ejecución: ¿somos capaces de llevarlo a la realidad?

La evaluación: ¿funcionó?

Y la corrección: ¿qué debemos cambiar a partir de lo que ahora sabemos?

Decidir responsablemente exige justificar, evaluar y corregir cuando evidencia contradice supuestos.

Esta es la verdadera diferencia entre una política y un sistema de aprendizaje.

Por eso ninguna decisión debería considerarse el final del razonamiento.

Debe ser el comienzo de una nueva observación.

Una democracia madura no exige que sus gobernantes acierten siempre. Exige que sean capaces de aprender cuando se equivocan.

Porque gobernar no consiste en tener respuestas para todo. Consiste en saber cuándo existe suficiente conocimiento para actuar, cuando hace falta aprender más y cuando los resultados obligan a cambiar de rumbo.

En los capítulos anteriores aprendimos a observar una república, a comprender su anatomía, a reconocer sus patologías y a distinguir sus síntomas de sus enfermedades. Ahora aparece una nueva exigencia:

saber qué hacer después del diagnóstico.

Porque diagnosticar no es tratar.

Decidir no es ejecutar.

Ejecutar no es demostrar que una política funcionó.

El verdadero tratamiento comienza cuando una república convierte el conocimiento en acción y somete después esa acción nuevamente al conocimiento.

Ese círculo —diagnóstico, decisión, intervención, ejecución, evaluación y corrección— es mucho más que una técnica administrativa.

Es una forma de aprender a gobernar.

Y una república que aprende de sus propias decisiones adquiere algo más valioso que la certeza:

adquiere la capacidad de corregirse sin dejar de avanzar.

Víctor Garrido Peralta

Médico

El Dr. Víctor Garrido Peralta es un destacado médico dominicano con una impresionante trayectoria internacional en cirugía hepatobiliar y trasplante de órganos. Formado en prestigiosas instituciones de España, Francia, Estados Unidos, Corea y Taiwán, ha liderado divisiones de cirugía y realizado investigaciones en el ámbito de los trasplantes. Además de su labor médica, el Dr. Garrido ha sido docente en la Universidad de Pittsburgh, EE.UU., Cónsul General Honorífico de la República Dominicana en Pittsburgh, EE.UU., y es un prolífico autor de artículos sobre temas sociales y médicos en diversas revistas y periódicos nacionales e internacionales.

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