Josué se había jurado nunca caer preso por problemas de parejas, ni por novias, ni esposas, ni exparejas. De esa convicción, después de unos seis meses de tratarlo en el año 2006.

Llevaba unos cinco meses asistiendo a las charlas de desmonte de masculinidad violenta en la Unidad de Atención a la Violencia de Género.

Estábamos a mitad del año 2006 en la ciudad de Valle Bello, de unos 500 000 habitantes, en una isla del Caribe.

Supe de él cuando me atreví a preguntarle por qué asistía a las terapias socioeducativas que se impartían en la Unidad de Atención a la Violencia de Género. Los hombres llegaban referidos por fiscales, jueces y otros profesionales, instituciones u hombres que ya habían sido participantes.

La presencia de Josué llamaba la atención, tanto al asistente, que era también un hombre, estudiante de Psicología, como a los demás hombres participantes. No había hablado durante esos cinco meses. Josué era puntual, amable, tenía una sonrisa tímida; color de piel marrón, casi crema; mestizo; tenía unos 42 años y medía 5 pies y 1 pulgada; pelo rizado marrón, pelada bajita, rostro redondo y facciones negroides; mestizo. Esa tarde que nos pusimos a conversar con él, nos dijo que le gustaba aprender de los temas y que le estaban haciendo muy bien en lo personal y en su trabajo. Se había graduado de abogado en la universidad y ejercía desde hacía unos 20 años, trabajando en una empresa donde se hacían blocks, cerámicas, entre otros materiales de construcción. Era consultor legal.

Nos extrañaba su presencia porque, por ley, se establecía que asistieran a las terapias hombres acusados de violencia doméstica y que eran considerados como personas que no constituían un alto riesgo. Los jueces enviaban a terapias socioeducativas a los hombres denunciados por mujeres. La institucionalidad recién comenzaba con este tipo de servicio. Había poco personal para tal fin y las capacitaciones eran impartidas por psicólogos, trabajadores sociales y parte de los hombres que iban aprendiendo apoyaban e invitaban a profesionales, sacerdotes y pastores. Ya para los años 2020 había más mujeres y hombres psicólogos haciendo esta labor.

II

Cuando Josué iba a las sesiones socioeducativas, estas eran cada martes de 7:00 p. m. a 8:30 p. m. En el salón se congregaban alrededor de 30 hombres. Se trabajaban los temas: igualdad o equilibrio entre hombres y mujeres, comunicación positiva, manejo de ira, tratamiento de conflictos, autonomía, roles domésticos compartidos, ciudadanía cívica, empatía, derechos humanos, leyes sobre la violencia de género; se trataban las normativas sobre equilibrio entre mujeres y hombres, etcétera.

Cada hombre llevaba el documento que un juez o jueza le entregaba, con el que se le refería a las jornadas de capacitación sobre masculinidad igualitaria o positiva. El tiempo lo establecían las normativas; las mismas eran semanales, cada martes, durante seis meses; así lo establecía la ley. Si la persona no cumplía, no se le entregaba el documento de cierre y debía comenzar de nuevo.

Antes de que conversáramos, nos preguntábamos:

—¿Por qué asistía a las clases?

Durante esos meses nunca habló. Pero era afable, colaborador y de buen trato.

En la conversación, Josué fue abierto y sincero. Dijo que notaba que su esposa había ido cambiando, que estaba menos interesada en tener contactos íntimos y que había decidido no tocarla sexualmente; pero iba aplicando lo que aprendía y ella no se mostraba cercana. Aunque no había cambiado en el cuidado de la casa, cocinaba bien, cuidaba bien de los muchachos y trataba bien a su madre; la visitaba y era cariñosa.

Explicó que la escuchaba, que la respetaba; le había sugerido que estudiara; que, si quería trabajar fuera de la casa, él pagaría a alguien para que hiciera los oficios. Dijo que iba tomando notas de todas las ideas que se trataban en las clases para que ella se fuera sintiendo bien, pero que seguía desganada en lo referente a la intimidad sexual.

III

Semanas después de esa conversación, Josué quiso conversar antes de la hora del inicio del encuentro grupal.

Nos dijo que el jueves pasado se había devuelto después de salir para el trabajo.

—Cuando llegué encontré un hombre en la casa; estaba desnudo y teniendo sexo con mi esposa. Cuando me vio, se hincó, se vistió, igual mi esposa. Me pidieron perdón.

Le dije que yo lo que quería era definir la situación porque ya ella no quería tener sexo conmigo. Le dije que yo no la tocaba porque notaba que ella no quería tener sexo. Le dije:

—Usted se la ganó; ella es una buena mujer, buena madre, limpia, cocina bien, atiende bien a un hombre, pero ya ella no me quería.

—Le pedía que se la llevara; que ella iba a tener derecho a sus hijos. Que él no le iba a hacer ningún daño hablando mal de ella ni le quitaría derechos para con sus hijos.

Aclarado todo eso, ella, llorosa, comenzó a recoger sus ropas. El hombre dijo que no quería nada de la casa porque él podía comprarle de todo.

Nos dijo:

—Ayudamos a organizar las maletas. Y se fueron. No habló nada desde que yo llegué a la casa hasta que se fue.

Josué tenía una camioneta de doble cabina. Los lunes él llevaba los niños a la escuela; ella los buscaba en la tarde del lunes y los viernes se los llevaba a él.

—Yo sé cuidar a mis hijos, sé cuidar una casa, cocinar y apoyar a mi madre. Sigo pensando que Lidia Ramona es una gran mujer, pero me dejó de querer; parece que la descuidé o tal vez fue una ilusión.

Llevaban cerca de 15 años con una buena relación.

IV

No pudimos conocer a Lidia Ramona.

Nos dijo:

—Yo no le conté nada a nadie, ni a mi madre. Él tenía dinero. Pero era casado.

Dos meses después, Josué nos contó en privado que Lidia Ramona lo llamó para decirle que quería volver. Que, como el hombre era casado, solo iba dos veces durante la semana y los sábados en la tarde, y que ella se sentía sola y un poco celosa.

Él le dijo que ya él no confiaba en ella y que no quería reiniciar la relación. Él cuidaba de que sus hijos no pasaran trabajo y el hombre no la abandonó.

En el mes de enero del año siguiente, Josué nos contó que ella fue a su casa el 31 de diciembre en la madrugada, borracha, tocando. Él no le abrió la puerta.

—Recordé las reglas para evitar caer preso.

Y nos dijo sonriendo:

—Creo que he aprendido todo y he pasado de curso.

Lo dijo con un poco de tristeza y con una media sonrisa.

Le preguntamos:

—¿Josué, qué tú aprendiste de esa relación?

—Aprendí que cuando yo vaya a elegir a una mujer, no la llevaría a donde mi madre para que la conociera y no tengo que preguntarle a ella qué le parecía.

—Tengo que aprender a pensar con cabeza propia. Y seguiré leyendo siempre, y estudiando. Con mis hijos he seguido igual; les hablo bien, los cuido y les doy un buen ejemplo.

Mildred Dolores Mata

Trabajadora social

Licenciada en Trabajo Social, PUCMM Maestría en Género y Desarrollo CEG-INTEC Feminista

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