Esta es una expresión que seguramente han escuchado alguna vez, o es posible que bastantes. Su significado es obvio: me importa poco, o no me importa nada, o la más vegetal de «me importa un rábano». También sirve de igual manera un pito solo. Me importa un pito o tres pitos lo que me digan, me importa un pito o tres pitos si no vienes, o me importa un pito o tres pitos si me dejas.

Lo que no se entiende es por qué se toma el pito como referencia de la insignificancia o nulidad de las cosas o los hechos. De manera personal, esto me parece una injusticia, pues el pito es más importante en muchas sociedades de lo que a primera vista parece. El pito, que también es conocido como silbato, chifle, chiflo, bocina o claxon, es un pequeño adminículo que produce sonidos agudos al soplarlo, y su uso viene de lejos, de miles de años, pues las civilizaciones chinas y egipcias ya los utilizaban tal como hoy para alertar y dar órdenes. O sea, es un instrumento de mucha vida que, no obstante haber llegado hoy más allá de la luna, hacer operaciones quirúrgicas robóticas a distancia, inventar la IA o la hamburguesa de lentejas, sigue vivito y coleando y haciendo ruido.

El pito comenzó siendo de hojas de papiro de los cleopatrenses y de bellotas vaciadas de los chinos, vendedores estos de chucherías en todos los rincones del planeta. Después evolucionó a la madera, pasando, como era de esperar, al metal —de hierro, bronce, aluminio— y, por último, al plástico, formador y contaminador de todas las cosas humanas habidas y por haber. Y ahí está, como la puerta de Alcalá del trío Serrat, la Ana y el Víctor, plantadito y dando la cara a todos los progresos y avatares de la humanidad. Antes, cuando era joven, milenios ha, y durante muchos años después, recuerdo que los guardias encargados de la circulación lo usaban para dar paso o parar a los vehículos.

Ahí demostraba el señor pito su importancia y su poder: un simple silbido y cientos de carros, autobuses o grandes camiones de carga se paraban firmes o arrancaban y seguían su marcha. Un instrumento de apenas ocho o diez centímetros tenía esa fuerza. Después fueron apartados por los semáforos, llamados inteligentes máquinas para que otros, no tan inteligentes y despistados, supieran cuándo debían cruzar las calles sin ser arrollados. También se usaban en las clases de gimnasia: un pitido, firmes; dos, brazos despegados; tres, cuerpo a tierra. Pero ya la gimnasia de los colegios se ha cambiado por los gym de calistenia y el gin de los pub. Donde sigue haciendo de las suyas es en el fútbol, alimento de primera necesidad para el orden de los árbitros. Piii, falta; piiii, fuera de juego cuando el gol no conviene; piiiii, patada en la canilla sin querer queriendo; piiiiii, medio tiempo; piiiiiii, gggggooooolll.

Nadie se imagina un árbitro sin pito; sería como estar poco menos que desnudo, ni tampoco silbando con los labios torcidos o con los dedos, o utilizando una flauta encantadora de sierpes, o una corneta rompedora de sueños en cuarteles. El pito, como con el del tránsito, es capaz de parar o silenciar un estadio con decenas de miles de espectadores, e igualmente enfadarlos o soliviantarlos. Asimismo, si proviene masificado del público, puede ser el fin de la carrera deportiva de un jugador. El pito es irreemplazable en los estadios; morirá cuando muera el fútbol, es decir, jamás de los jamases.

El pito ha traspasado su propia identidad sonora y se ha adherido en la vida de los humanos. Además de ser el referente de la poca importancia señalada al inicio, su derivado, el pitorreo, es una guasa, burla o choteo, y también una situación de relajo o falta de seriedad. Quedarse sin pito ni flauta es quedarse sin esto ni lo otro. Importar menos que el pito de un sereno —aquel sujeto que, con olor a cazalla y manojo de llaves en mano, abría portales de madrugada— es no tomárselo en serio. Si la cosa está pitando, es que todo va bien. Pitorro también es por donde sale el líquido del botijo —bebedero y refrescador del agua de los pobres—, tan utilizado en el pobre antaño de pobres (¿recuerdan aquel dicho tan madrileño: «eres tonto y en tu casa no hay botijo»?), posiblemente debido a la forma circular y alargada que asemeja un pito. En el precioso Puerto Rico hay un ron campesino llamado «ron pitorro», que ellos pronuncian con mucha gracia «pitoggo» y cuyo nombre proviene de pintorro, vino de poca calidad, pues el ron era clandestino y se fabricaba sin muchos procesos.

También el pito es como se denomina a la parte más pudenda y estimada del hombre, por su forma y función de evacuar líquido, parecida a la del botijo; tiene otras diferentes, pero no es tema de este escrito. ¿Quieren un chiste malo, muy malo, malísimo? Saben qué filósofo pitaba más: pues Pitágoras. Ya les avisé que era malo. Uno mejor: aquel que se va de viaje y un amigo le pide que le traiga unos tenis, otro una camiseta de su equipo, otro más una cartera, y otro más le dice: «Toma diez pesos y tráeme un pito», a lo que el viajero le responde: «Tú pitarás».

El pito debería tener, en estos tiempos de inseguridad ciudadana, un nuevo uso entre las mujeres. Ya llevan un espray de gas pimienta en el bolso por si las moscas o los cacos, pero deberían colgarse además un pito en el cuello, pues un pitido fuerte llega lejos, avisa de peligros y a la vez atemoriza a los malhechores. Pueden fabricarse con formas femeninas tipo camafeos o bonitas medallas, adornos que siempre les gusta llevar. Bueno, me parece que ya he pitado bastante, pero que conste que el pito para mí es un instrumento muy serio, y cuando lo oigo piiiiiiiiiiiiiiiiiii me pongo firmes y atento, por respeto.

Sergio Forcadell

Publicista

Nacido en Barcelona. Catalán hasta los dientes y Publicista desde mucho antes de nacer. Candidato al Premio Nobel de la Literatura Mordaz y Pendeja.

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