A Ricardo Nieves, con admiración por sostener la palabra crítica, no como un gesto, sino como consecuencia, incluso cuando permanecer implica resistir sin retirarse del todo. Y a quienes, como él, siguen ahí sin hacer ruido.
No todo el que se va del país cruza una frontera.
Hay quienes permanecen físicamente, cumplen horarios, pagan cuentas, comentan las noticias…pero se han marchado por dentro.
Están aquí, pero han dejado de esperar.
No por desinterés, sino por agotamiento.
Es el cansancio de comprobar, una y otra vez, que el esfuerzo no siempre encuentra respuesta.
Irse sin irse no ocurre de golpe.
Es un proceso lento, silencioso, casi imperceptible.
Comienza cuando el sacrificio deja de tener correspondencia.
Cuando estudiar con grandes esfuerzos, trabajar con honestidad y cumplir las reglas ya no garantiza avanzar.
Exigir cansa más que adaptarse.
Poco a poco, la expectativa -esa energía que nos impulsa- se convierte en una carga que pesa.
Ese repliegue interior rara vez se nota.
No hay maletas. No hay despedidas. Hay distancia.
Hay un retiro discreto de lo público.
Lo que antes provocaba reacción ahora se observa con cautela.
No porque no importe, sino porque duele seguir esperando.
La participación se vuelve prudente; la ilusión, medida.
No es indiferencia. Es atención contenida, aprendida a fuerza de decepciones acumuladas.
Con el tiempo, a ese retiro íntimo se suma otro, menos visible pero más áspero: el aislamiento.
La sociedad tampoco sabe bien qué hacer con quienes ya no celebran, no repiten consignas ni se entusiasman por reflejo.
Poco a poco dejan de ser convocados, escuchados, tomados en cuenta.
No porque sean conflictivos, sino porque su distancia incomoda.
El que se va por dentro comienza también a ser desplazado hacia los márgenes.
Su silencio se interpreta como falta, cuando en realidad es una forma de resistencia cansada.
Ese cansancio tiene historia.
Es el eco de generaciones que lucharon con fe en los estudios y el trabajo como camino hacia la superación,
y que una y otra vez vieron cómo esa promesa se posponía, dejándolos a la espera de un destino que parecía siempre lejano.
Somos generaciones marcadas por crisis constantes, reformas anunciadas que nunca se cumplían y liderazgos que se sacrificaban sin dejar guía.
Aprendimos a contener la esperanza, a soñar con prudencia un país mejor, para no quebrarnos en el intento.
En muchas familias, ese repliegue adopta otra forma: uno de los hijos emigra.
Estudió con sacrificio, trabajó, cumplió, esperó.
Y terminó yéndose por las mismas razones que sostienen a quienes se han ido sin irse: comprendió que su empeño no encontraba respuesta.
Para quienes se quedan, es una ausencia física; para quien parte, una manera de no seguir retirándose por dentro.
La lógica es la misma: la esperanza se desplaza, no se resuelve.
También hay quienes eligen otro tipo de retiro. Yo lo viví.
Hubo un momento en que el ruido exterior se volvió excesivo.
Y la vida parecía más pensada que vivida.
Me alejé. Me fui a las montañas de Los Palos Altos, en San José de Ocoa, buscando no huir, sino detenerme.
Allí comprendí, como escribe Pablo d’Ors en Biografía del silencio, que “pensamos mucho la vida, pero la vivimos poco”, y que “lo que nos hace sufrir son nuestras resistencias a la realidad”.
No fue una renuncia. Fue una pausa necesaria para no perderme del todo.
Irse por dentro o retirarse por un tiempo puede ser una forma de protección.
No es cinismo; es supervivencia emocional.
Una manera de seguir sin romperse.
Pero esa retirada tiene un costo colectivo.
Cuando muchos se repliegan, y además son empujados a los bordes del intercambio social, el espacio público se vacía de exigencia real.
El país sigue funcionando, pero con menos densidad cívica, sostenido más por la costumbre que por la convicción.
No es apatía absoluta.
Quien se va por dentro sigue opinando.
Sigue observando.
Incluso sigue cumpliendo.
Pero ha renunciado a esperar cambios proporcionales a su entrega.
Prefiere concentrarse en lo inmediato, en lo privado, en aquello donde su esfuerzo aún parece tener sentido y no es devuelto en silencio.
Irse sin irse no hace ruido, pero se siente en los espacios que se vacían.
Cuando se vuelve hábito, algo deja de sostenernos.
No siempre se quiebra. A veces simplemente se retira.
Irse sin irse no siempre significa quedarse.
A veces, significa aprender a volver
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