Ignacio de Loyola siempre le preguntaba a Dios: “¿qué quieres de mí?” y Dios lo conducía “como un Maestro a un niño”, Cfr. AutBiog. N.27. Dios nos pide que vayamos caminando detrás de él; caminar con humildad, sencillez y disponibilidad solidaria junto al Otro es “sinodalidad”…

Atención! ¡Se asoma un peligro!: a veces, justificamos lo malo que pasa en el mundo achacándoselo a Dios porque lo permite y …, es la manera más simplista de excusarnos. Es la lógica humana: acusar al otro y yo no tengo culpa, Gn.3, 12-13: “Adán culpa a la mujer por darle el fruto prohibido, y la mujer culpa a la serpiente por engañarla, mostrando la transferencia de responsabilidad tras la desobediencia en el Edén”, (IA).

Aquí está la raíz del pecado original: Rechazar la voluntad de Dios y seguir la propuesta del Yo. Lo que Dios quiere para cada persona está en escoger lo mejor de lo bueno:  no escoger entre lo malo y lo bueno porque así se perjudica a alguien…, Siempre que la persona actúe en libertad es responsable de sus hechos y si escoge lo mejor de lo bueno beneficiará a todos; y si yo me perjudico para que el otro, o todos se beneficien, estoy haciendo lo que hizo Jesús de Nazareth: morir en la cruz para salvar la humanidad. Esto es discernimiento cristiano. El discernimiento humano es que tú no te perjudiques, ni que yo me perjudique: ganas tú y gano yo.

El Yo es el único competidor de Dios. Lo mal/hecho nos da miedo y lo rechazamos acusando al otro. Así construimos una base diferente de: “al otro como a mí “, que Dios nos pone para nuestras relaciones con Él y con el Otro. La base impuesta por el Yo es llamada: Fatalismo/sincrético: “a mí lo mío” producto de un ídolo, el YO, que busca el bien propio primero y acusa a Dios porque permite el mal. Según el Yo la responsabilidad de los hechos dañinos es de quien lo permite y no de quien los hace: ¿Por qué Dios permite eso?, ¿Por qué a mí?…, el Yo quiere salir ganando siempre y el mal que me sucede, prefiere creer que depende de Dios y no de mí libertad responsable porque así Yo siempre me beneficiaré.

Nos llegamos a convencer de que la voluntad de Dios decide nuestro futuro; eso se llama “fatalismo/sincrético”, como hemos visto.

Dios nos da vida para el bien, nos indica el camino, nos propone, nos llama, nos invita a la felicidad; pero nosotros somos los que decidimos. Dios no tiene una voluntad pre-determinada para mí, ni para nadie, sino que nos regala la vida y lo que sabe de mí es porque lo he decidido y realizado libremente. La voluntad de Dios no es impuesta desde fuera porque Dios respeta la libertad que nos regala. Yo soy el único responsable o corresponsable de lo que hago… Es por eso, que el discernimiento alimenta, fortalece mi espíritu, porque me sirve para encontrar lo mejor de lo bueno para beneficiar al otro y a mí, así hago realidad la voluntad de Dios, quien me conoce más que yo mismo…

Para Dios solo existe el presente, no hay futuro, ni pasado. “Dios lo puede todo, lo sabe todo”, Lc.18,27, Dios conoce todo desde el inicio al final de algo o de alguien que acontece. Lo que Dios sabe de cada persona y del nosotros, lo sabe porque ve lo que hago y/o hacemos…

Según la lógica de nuestra reflexión, la importancia de nuestro actuar consiste en que mi actuar coincida con lo que Dios quiere para mí: coincidencia de dos seres libres. La voluntad de Dios no se manipula, ni en el ejercicio de la autoridad imponiendo órdenes arbitrarias como superior, ni saliendo con la mía, haciendo lo que me da la gana, como súbdito. En ese sentido, la obediencia es posterior a la voluntad de Dios. Es decir, tanto el superior como el súbdito tienen que aceptar la voluntad de Dios, como superior y como súbdito, haciendo lo que Dios sugiere; pues, Él nos conoce más que yo y tú mismo. Es por eso, que hacer la voluntad de Dios es lo mejor, lo que más me conviene porque beneficia al otro y me beneficia a mí… Sólo Dios conoce lo mejor para mí, pues me conoce más que yo mismo… Una cosa es que Dios conozca de mí y otra, muy diferente, es el que yo actúe porque Dios sepa de mí…

Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho, las siguientes referencias son necesarias para discernir y conocer la Voluntad de Dios:

  • La Palabra de Jesús, quien renuncia a los poderes divinos y se hace débil y solidario con empobrecidos desde que nace hasta que muere, siempre haciendo la voluntad de Dios, para salvar la humanidad, Jn. 6,38, “todos los que crean en el Hijo tengan vida eterna”, v.40.
  • Estar dispuesto a dar la vida por el otro, Cfr., Jn. 10: el buen pastor da la vida por sus ovejas…
  • Los empobrecidos, que lo que yo haga, beneficie primero a los que más necesidad tienen.
  • Que lo que yo haga beneficie al que sufre y al que hace sufrir. Tengo que ser misericordioso como Dios. La salvación es para ambos.
  • Lo que haga me va a meter en problemas… porque la verdad hace llorar y exige compartir; el ambicioso y soberbio tienen el corazón endurecido y son vengativos…
  • Siempre tengo que permanecer humilde. No gloriarme por lo que haga. “Siervo inútil soy, sólo he hecho lo que tenía que hacer”, Lc. 17,10.
  • Mantener el cuestionamiento de María: ¿y cómo puede ser esto, si no vivo con un hombre?, Lc., 1,34… La voluntad de Dios es el actuar vivificante que me mueve desde dentro, que siempre se realiza en diálogo libre en todo lo que realizo…

Así estoy haciendo con Dios, su voluntad. Aquí tenemos una comunión de dos LIBERTADES, así se nos abre un horizonte ilimitado.

Jesús es la voluntad de Dios. La voluntad de Dios es la vida de Jesús. En ese sentido es que S. Ignacio nos propone los ejercicios de Meditación, que tiene como objetivo “pensar como Jesús”, y la Contemplación: “sentir como Jesús”, para actuar como Jesús.

Por tanto, la espiritualidad cristocèntrica que nos ofrece S. Ignacio, identificándonos con Jesús, en el pensar y sentir, es para vivir haciendo la voluntad de Dios y nos hace Contemplativo en la Acción…

En la vida se nos presentan situaciones que no las queremos; pero las aceptamos porque son propuestas de Dios: Mc.14, 32-36: “líbrame de este trago amargo; pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”…

¿Estamos dispuestos a llegar hasta el extremo como Jesús?…

EL QUE ENCUENTRA A DIOS,

SE SIEMBRA EN EL MUNDO

Y REPOLLA EL REINO DE DIOS.

PARA ENCONTRARSE CON DIOS:

SILENCIO Y PACIENCIA.

ESTÁ DENTRO DE MÍ.

Regino Martínez S.J.

Sacerdote

El sacerdote Regino Martínez es el coordinador del Servicio Jesuita para los Migrantes Refugiados en Dajabón.

Ver más