Durante décadas, la gran preocupación de la educación dominicana fue lograr que los niños y los jóvenes llegaran a la escuela. Construir aulas, ampliar la cobertura, universalizar el acceso y aumentar la inversión pública fueron los objetivos que dominaron buena parte del debate educativo nacional.
Los resultados del Informe de Seguimiento y Monitoreo de la Iniciativa Dominicana por una Educación de Calidad (IDEC) correspondiente al año 2025 proporcionan evidencia suficiente para afirmar que el país ha recorrido una distancia considerable en esa dirección. Los datos presentados sobre la expansión de la educación inicial, el crecimiento de la educación técnico-profesional, el fortalecimiento de los programas de alimentación escolar, el transporte estudiantil, la educación inclusiva y la formación docente son evidencias de que estamos ante un sistema educativo que ha desarrollado capacidades institucionales que hace apenas dos décadas parecían difíciles de alcanzar.
Los datos también ponen de manifiesto cambios de algo más profundo que está ocurriendo en nuestro sistema educativo: estamos entrando en una nueva etapa en la que el desafío ya no es solo el acceso, sino también la permanencia, los aprendizajes y la culminación exitosa de las trayectorias educativas.
En cierto sentido, el sistema educativo dominicano transita de una agenda centrada en la cobertura a otra centrada en los resultados.
Pero este tránsito ocurre en un contexto particularmente complejo. No estamos simplemente ante una nueva etapa de desarrollo educativo; estamos ante un cambio de época. La irrupción de la inteligencia artificial, la transformación acelerada del mercado laboral, las nuevas formas de acceso al conocimiento y las profundas modificaciones en la manera en que los jóvenes se relacionan con la información están redefiniendo el significado mismo de aprender. Esto vuelve aún más urgente mirar no solo cuántos estudiantes están en la escuela, sino también qué están aprendiendo y para qué les servirá ese aprendizaje.
Esta transición no significa que los desafíos de acceso hayan desaparecido. Significa que, habiendo avanzado considerablemente en ellos, el país está obligado a formular preguntas más exigentes sobre la permanencia, el aprendizaje y la culminación. Ya no basta con saber cuántos estudiantes ingresan al sistema; es necesario saber cuántos permanecen, cuánto aprenden y cuántos logran culminar exitosamente su recorrido educativo.
Estos cambios se muestran con mucha claridad al analizar lo ocurrido en la educación primaria; según los datos presentados en el último informe del IDEC, esta transición queda bien ilustrada. La tasa de asistencia escolar es elevada y la cobertura continúa siendo una de las fortalezas del sistema. Los resultados de las evaluaciones diagnósticas muestran avances en lengua española, matemáticas y ciencias. Sin embargo, la tasa de culminación del segundo ciclo de primaria aún se mantiene por debajo de las metas nacionales, mientras persisten diferencias importantes entre niños y niñas.
Lo más importante es que la primaria continúa generando rezagos que luego acompañan a los estudiantes a lo largo de toda su trayectoria escolar. La sobreedad, las repitencias y las dificultades de aprendizaje acumuladas durante los primeros años terminan convirtiéndose en factores de riesgo que reaparecen más adelante.
Es en la educación secundaria donde estos problemas se manifiestan con mayor intensidad.
La matrícula del segundo ciclo continúa por debajo de los niveles previos a la pandemia. La asistencia escolar disminuye significativamente entre los 15 y los 17 años. Los indicadores de reprobación, sobreedad y abandono siguen siendo elevados. Y aunque los resultados de aprendizaje muestran avances, estos aún son insuficientes para garantizar que la mayoría de los estudiantes alcance los niveles de desempeño que demanda una sociedad cada vez más compleja y exigente.
Pero el dato que más debería llamarnos la atención no proviene de los indicadores tradicionales de cobertura ni de rendimiento: el verdadero mensaje está en las trayectorias.
Proviene del estudio sobre la discontinuidad educativa realizado por IDEC, FLACSO y el Ministerio de Educación. El seguimiento de una cohorte de estudiantes que ingresó a secundaria en 2017 revela que apenas poco más de la mitad logró graduarse en el plazo previsto. Cerca de un tercio abandonó por completo el sistema educativo antes de concluir sus estudios.
Este resultado debería provocar una profunda reflexión nacional: el éxito educativo no puede medirse solo por la matrícula, sino por la culminación efectiva del recorrido escolar.
Durante años hemos medido el éxito educativo por la cantidad de estudiantes matriculados. Sin embargo, los datos muestran que una parte importante de ellos nunca completa el recorrido. La conclusión es clara: la educación dominicana enfrenta hoy un problema de trayectorias.
Las investigaciones muestran que la deserción rara vez ocurre de forma repentina. Generalmente es el resultado de una acumulación progresiva de factores de riesgo como la sobreedad, los rezagos académicos, las interrupciones temporales, los cambios frecuentes de escuela, las dificultades económicas, las responsabilidades familiares, el embarazo adolescente y, cada vez con más frecuencia, una creciente desconexión entre los estudiantes y la experiencia escolar.
Los hallazgos del IDEC permiten comprender con claridad los desafíos relacionados con la permanencia y la culminación de las trayectorias educativas. A estos importantes hallazgos debemos añadir que investigaciones recientes desarrolladas por CIEDHUMANO-PUCMM sugieren que existe una segunda dimensión del problema educativo dominicano que merece la misma atención: la brecha entre la escolarización y los aprendizajes efectivamente alcanzados.
Para comprender a fondo la discontinuidad educativa en la educación dominicana, debemos reconocer que no se manifiesta únicamente cuando el estudiante abandona la escuela. También se manifiesta cuando permanece en ella, avanza de grado e incluso se gradúa, sin haber desarrollado plenamente las competencias que el currículo establece.
Los estudios realizados por CIEDHUMANO-PUCMM sobre la brecha entre las calificaciones escolares y los resultados de las Pruebas Nacionales aportan evidencia inquietante al respecto. Mientras las notas de presentación otorgadas por las escuelas se sitúan en promedio entre 86 y 88 puntos, los resultados de las Pruebas Nacionales rondan los 57 puntos, lo que revela una diferencia de cerca de 30 puntos.
En términos simples, muchos estudiantes aparecen como exitosos dentro del sistema escolar, pero muestran niveles significativamente más bajos al evaluarse según estándares nacionales comunes.
El análisis de esta diferencia en la medición de los aprendizajes no se trata simplemente de una discusión técnica sobre evaluación. La magnitud de esta brecha plantea preguntas de fondo sobre la relación entre la promoción escolar y el aprendizaje real.
Si una parte importante de los estudiantes promovidos continúa ubicándose en niveles de desempeño insuficientes, entonces estamos ante una situación en la que aprobar no implica necesariamente aprender. Y cuando esto ocurre, la escuela corre el riesgo de ofrecer una ilusión de éxito que más tarde se convierte en dificultades académicas, laborales y sociales.
Esta realidad adquiere mayor importancia al constatar que las brechas se amplían sistemáticamente en los contextos más vulnerables: centros públicos, tandas nocturnas, territorios de menor desarrollo relativo y escuelas con menores capacidades institucionales. En consecuencia, el problema de los aprendizajes insuficientes también termina por convertirse en un problema de equidad.
Desde esta perspectiva, ambos estudios se complementan de manera extraordinaria. El estudio de la discontinuidad educativa muestra a los estudiantes que abandonan el sistema educativo antes de graduarse. El estudio de la brecha entre calificaciones y las Pruebas Nacionales muestra que incluso algunos de quienes permanecen y se gradúan podrían no estar alcanzando los aprendizajes esperados. Uno revela una discontinuidad en la trayectoria. El otro revela una discontinuidad en el aprendizaje.
Ambos estudios, al analizarse conjuntamente, sugieren que el sistema educativo dominicano está afectado por dos discontinuidades educativas que inciden en su calidad. La primera ocurre cuando el estudiante abandona la escuela antes de concluir su trayectoria. La segunda es cuando permanece en ella sin alcanzar plenamente los aprendizajes que debería desarrollar. Ambas expresan formas distintas de exclusión educativa y deben formar parte de la agenda nacional de transformación.
Tomados en conjunto, estos hallazgos nos proporcionan un diagnóstico más amplio y profundo de los desafíos que enfrenta la educación dominicana, poniendo de manifiesto claramente que el país no solo debe ampliar el acceso, sino que su gran reto, en esta nueva etapa en la que está entrando, es asegurarles a los niños, niñas y jóvenes, por un lado, trayectorias continuas y, por otro, aprendizajes reales.
Los hallazgos cualitativos del estudio sobre la deserción ayudan, además, a comprender mejor esta situación. Muchos jóvenes no abandonan únicamente por razones económicas. Una parte significativa expresa una sensación de desconexión con la escuela, el currículo y la forma en que se desarrolla la experiencia educativa. No necesariamente cuestionan el valor de la educación. Lo que cuestionan es la capacidad del modelo escolar para responder a sus expectativas, intereses y proyectos de vida.
Todos estos datos muestran que estamos ante un desafío mucho más complejo que el acceso y que, como sociedad, debemos enfrentar con una respuesta más clara y decidida.
Tenemos que estar conscientes de que la escuela fue diseñada para responder a las necesidades de una sociedad industrial relativamente estable, pero los jóvenes que hoy asisten a nuestras aulas viven en un mundo radicalmente distinto: hiperconectado, cambiante, atravesado por la inteligencia artificial, las redes sociales y nuevas formas de acceso al conocimiento. Esa es la razón por la que el sistema educativo debe repensarse. Por eso, la pregunta ya no es solo cómo ampliar el acceso, sino cómo lograr que la escuela forme para este nuevo contexto.
Ante esta realidad, los cambios ocurridos tanto en los contextos nacional e internacional como los avances en el conocimiento sobre cómo se aprende hacen que la pregunta que debemos formularnos ya no pueda limitarse a cómo llevar a los estudiantes a las aulas. Urge que cambiemos el foco hacia la búsqueda de respuestas a las siguientes preguntas: ¿cómo hacer que la experiencia educativa resulte significativa para quienes están allí? y ¿cómo garantizar que las certificaciones emitidas por el sistema correspondan efectivamente a aprendizajes reales?
Estos cambios no deben llevarnos a abandonar los esfuerzos por seguir mejorando la infraestructura, ampliar la cobertura o fortalecer la formación docente. Significan que debemos reconocer que esos avances, aunque indispensables, ya no son suficientes.
La próxima etapa de la transformación educativa dominicana deberá centrarse en la construcción de trayectorias educativas exitosas y de aprendizajes auténticos.
Eso implica, entre otras cosas, reducir la sobreedad desde primaria, fortalecer los aprendizajes fundamentales, desarrollar sistemas de alerta temprana para identificar a los estudiantes en riesgo, ofrecer apoyos académicos y socioemocionales oportunos, mejorar la calidad de las prácticas de evaluación y construir una escuela capaz de generar sentido para las nuevas generaciones.
Los datos presentados en el Informe IDEC 2025, al igual que los aportados por CIEDHUMANO sobre las brechas de aprendizaje, dejan una lección clara. Durante los últimos años la prioridad fue garantizar el acceso. Durante los próximos años la prioridad deberá ser garantizar resultados.
La educación dominicana enfrenta hoy el reto más complejo desde que comenzó el proceso de expansión educativa de las últimas décadas. Ya no se trata únicamente de ampliar el acceso. Se trata de garantizar que quienes ingresan permanezcan y que quienes permanecen aprendan.
En estos momentos, en los que se abre un gran diálogo sobre la transformación educativa que el país necesita, los datos aportados por el informe IDEC y las investigaciones del CIEDHUMANO ponen de manifiesto que la gran tarea educativa de la próxima década consiste en cerrar simultáneamente dos brechas: la de permanencia y la de aprendizaje. Solo cuando ambas sean abordadas simultáneamente podremos afirmar que estamos avanzando hacia una educación verdaderamente inclusiva y de calidad.
En el debate educativo, tanto a nivel nacional como internacional, nadie cuestiona que el verdadero éxito de un sistema educativo no se mide por cuántos estudiantes entran a la escuela. Se mide por cuántos logran permanecer, aprender y graduarse y, gracias a ello, construir un proyecto de vida sustentado en competencias reales, en oportunidades efectivas de desarrollo y en la capacidad para participar plenamente en la sociedad del conocimiento.
Ese es el gran desafío que los hallazgos del IDEC y las investigaciones de CIEDHUMANO ponen hoy sobre la mesa. La próxima década educativa dominicana ya no será juzgada por la cantidad de escuelas construidas ni por el número de estudiantes matriculados. Será juzgada por nuestra capacidad para garantizar trayectorias completas, aprendizajes auténticos y oportunidades reales de desarrollo para todos. En definitiva, será juzgada por nuestra capacidad para transformar la escolarización en educación.
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