CAPÍTULO 4
LA ORDEN DE LOS SCARBORO
EN LA DICTADURA
El Dictador, al aceptar la misión en República Dominicana de la Orden de los Scarboro, nunca imaginó que la misma induciría a muchos jóvenes dominicanos a rebelarse contra la dictadura.
El Seibo. Abril. 1960.
Era todo un personaje. Esa tarde lo invitó a pasar detrás de la iglesia donde vivía junto a otros curas. Era el intervalo antes de las seis cuando la Iglesia oficiaba con los feligreses el Santo Rosario. Los sacerdotes utilizaban ese tiempo para hacer labor social.
—Pasa hijo, le dijo mientras le echaba el brazo.
—Gracias, padre, contestó Aurelio, aprovechando para sentarse en un sofá al lado donde el padre reposaba. Este estaba despojado de la tradicional sotana. Vestía pantalones negros y camisa blanca. Un crucifijo le colgaba en el pecho. Portaba lentes. De mediana estatura, de color blanco, dominaba perfectamente el español lo que evidenciaba un aprendizaje de la lengua antes de ocurrir su acreditación, junto con los demás sacerdotes en diversas localidades por orden de Trujillo, el dictador.
El cura le ofreció un vaso de jugo de limón, mientras él tomaba una taza de café.
El sacerdote sabía que el joven había terminado el bachillerato y debía optar por seguir sus estudios u otra opción, como por ejemplo, la vocación religiosa de Aurelio asiduo religioso, quien comulgaba frecuentemente y era miembro del coro de la iglesia y se sabía de memoria la Misa de Angelis, con sus partes, Kyrie, Gloria, Credo, Santus y Agnus Dei.
“El Kyrie eleison, Christe eleison, Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonne voluntatis. Laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratis agimus te, propter magnam gloriam tuam, Domine Deus, Rex celestis, Deus pater omnipotens, Domine Fili unigenite Jesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei Filius Patris…”.
- (Gloria Dios en las Alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracia por tu inmensa gloria. Señor Dios, Rey celestial, Dios padre todopoderoso, Señor hijo unigénito,
- Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios hijo del padre…).
Quizás podía, pensaba el cura, inducirlo a ser seminarista con vocación al sacerdocio. Aurelio, comulgaba de vez en cuando, temía al diablo, creía en Dios y rezaba todas las noches antes de dormir. Sin embargo, después de varias sesiones, muy pronto descartó dicha posibilidad. Aurelio no estaba maduro para tomar una decisión de tal naturaleza.
Por lo cual el cura desechó inducirlo por esa vía. Al principio la conversación giró sobre menudos temas: la familia, la misa de los domingos, el coro de la iglesia, sus estudios.
Minutos más tarde, después de una larga pausa, el cura, entonces, introdujo al joven, como acostumbraba a hacer con otros, en el laberinto del conocimiento de su propio cuerpo, algo que Aurelio, ya entrado en la pubertad, no dominaba aún.
—Dime, hijo, ya sientes los deseos de la adolescencia?
Aurelio se quedó callado ante la pregunta. Mas luego respondió.
—Sí, padre, a veces no me puedo contener y entonces…
—Entonces que? Preguntó cautelosamente el padre mirándole fijamente.
—Me hago la paja, dijo Aurelio con voz quebradiza.
“Hacerse la paja, en el lenguaje coloquial dominicano significa masturbarse”.
El sacerdote no le respondió nada. Como si no fuera con él. A seguidas, de manera pausada le explicó las causas físicas de sus deseos y la razón del por qué su órgano sexual reaccionaba de esa manera.
—No te inquietes, es la edad, prosiguió el cura párroco, es un proceso normal, todos los jóvenes sienten esa necesidad. Cuando tengas pareja, la función sexual va a operar normalmente.
—Todo a su tiempo, hijo, recalcó el cura.
Juan Mateo Gault era el nombre del sacerdote. Era una masa de pan. Pertenecía a la orden de los Scarboro, de origen canadiense, y formaba parte de un grupo de sacerdotes misioneros que llegaron en la década de los 50 e influenciaron grandemente en muchas comunidades, entre ellas la de San José de Ocoa, donde sobresalió el padre Luis Quinn.
Pero, para Juan Mateo lo más importante era preparar a los jóvenes para enfrentar el entorno político. En el caso de Aurelio, era una forma sutil de iluminarlo acerca de la injusticia social y el carácter despótico del régimen que se vivía bajo la férula de la dictadura trujillista. El padre no se hacía ilusiones con los ricos del pueblo, adultos mayores que de una u otra forma estaban vinculados al régimen de terror, por ser funcionarios, terratenientes y además porque los más viejos sabían que Trujillo, hombre rencoroso, no había olvidado cuando antes de tomar el poder, en la década de los veinte siendo teniente, no le permitieron ser parte del club Faro de Hicayagua y le echaron bola negra.
“Para que una persona pudiera pertenecer a la franquicia del club todos los socios tenían que votar a favor. Bastaba que uno dijera que no para que no fuera aceptado. Esa era la “bola negra”.
La costumbre de los sacerdotes en la sociedad seibana, pues, al igual que en otras ciudades, como San José de Ocoa, por ejemplo, era de concienciar a los jóvenes en la lucha por la libertad. Quedó como parte de sus objetivos, independientemente de sus metas sacerdotales de hacer labor social y expandir la religión católica en las comunidades.
A partir de ese momento con su habilidad acostumbrada, el padre introdujo sutil y suavemente el tema político. O sea, de manera cautelosa pasó a los puntos que verdaderamente le interesaban. Era su costumbre con los demás jóvenes del pueblo que se acercaban a la iglesia.
—Hijo, ahora eres mayor de edad, dijo el padre. Tu país sufre las injusticias de un régimen opresivo.
El riesgo que corría el sacerdote era grande. El joven Aurelio, hijo de un militar, podía denunciarlo ante las autoridades, pero, aún así, se arriesgó, dejando impregnada en el cerebro de Aurelio la semilla de la lucha por la libertad y los primeros brotes del antitrujillismo.
El joven no rechazó las explicaciones científicas del sacerdote sobre su cuerpo ni mucho menos las insinuaciones acerca de la libertad de su pueblo, como cuando recibía la absolución de los pecados después de la confesión.
Y Aurelio, como parte de la generación de jóvenes seibanos en esos años, después de varias sesiones con el padre Juan comenzó a tomar conciencia.
Tiempo después, esa primera toma de conciencia daría sus frutos. La vida política por la libertad y la democracia lo envolvió en un torbellino irresistible.
*
* *
La niñez de Aurelio y sus primeros años de juventud transcurrieron normales. Había nacido en el año 1942 en pleno apogeo de la segunda guerra mundial en San Francisco de Macorís en la provincia Duarte y desde los dos años vivió en El Seibo. Hijo más pequeño de una familia de tres varones venida del norte del país en este pequeño pueblo del este resultado de un traslado de su padre que era militar.
Su recuerdo de niñez más lejano era de haber vivido con sus padres y hermanos en una pequeña casa alquilada de madera y frente de cemento con patio cercado con tres filas de alambres de púas sostenidos por pequeños troncos y estacas enterradas y donde se levantaba una mata de cereza. La casa estaba situada en una de las calles más largas del pequeño pueblo y que comenzaba frente a la fortaleza que a su vez servía de cárcel. Recordaba a su madre que le dormía plácidamente en sus brazos mientras la bujía de la habitación se apagaba y se prendía de manera intermitente cuando la planta perteneciente a la familia Otto que en esos años le proporcionaba luz eléctrica a los lugareños colapsaba. Al lado de la casa su recuerdo de infancia lo transportaba al “pájaro bobo” como se le llamaba a una infeliz pordiosera que habitaba en una miserable casucha de cartón y que vivía de la caridad y era objeto inmisericorde de la burla de los niños del vecindario.
Y al lado de la casa, al comienzo de la calle, tirando hacia la entrada del pueblo y frente a la fortaleza se encontraba la casa-ventorillo del zapatero remendón Santo Reina, rocambolesco personaje que deleitaba a los usuarios con sus vivencias. Y más alla, hacia la curva se extendía un play donde los muchachos jugaban béisbol en un terreno rústico que lindaba con un grupo de casas habitadas por seibanos de clase media alta y de terratenientes ricos.
Al lado derecho de la casa vivía la familia de “Pinto Ares” y doña Chancha con sus dos hijos Martino y “Miya”, amigos de sus padres que poseían una propiedad en la sección de Caciquillo en la cual Aurelio iba a veces a pasar un día de campo. Allí doña Chancha sacrificaba una vaca y su carnes eran cocinadas en una inmensa olla las cuales eran degustadas con una guarnición de plátanos, yuca y arroz blanco. Años después, por causas desconocidas para el joven Aurelio “Pinto Ares” desapareció de repente del Seibo, abandonó su familia y se fue a vivir para siempre a 50 kilómetros de la capital en las inmediaciones del ingenio Catarey donde procreó otra familia.
Aurelio recuerda un incidente que inquietó a sus padres: una tarde, el propietario de la alquilada casa se presentó de improviso exigiendo el desalojo de inmediato bajo alegatos que Aurelio a lo largo de los años no recuerda las causas. Sin embargo su padre, raudo, se auxilió de un abogado amigo que contuvo el desalojo, pero esa acción del propietario impulsó a su padre a construir su propia casa debajo de la fortaleza cerca del barrio de Buenos Aires, exactamente debajo del tanque de agua que en esos años había construido la empresa Lock Joint Pipe Co. (La Yonpai) que suplía de agua a la población aprovechando el declive del pueblo “camello” pues el agua bajaba aprovechando el desnivel ya que el tanque había sido construido sobre la meseta donde estaba la fortaleza Santa Cruz.
La construccion de la casa duró varios meses y allí fueron a vivir. Permanecerían en esta vivienda durante 17 años.
Aurelio cursó la primaria en el liceo Sergio Augusto Beras y paso a paso fue recibiendo las primeras lecciones de las ciencias naturales y sociales para completar su instrucción. Recuerda que era flojo en matemáticas pero muy fuerte en historia, defectos y virtudes que le arrastrarían durante toda su vida. La primaria la cursaba en la mañana regresaba al mediodía y en la tarde se la pasaba jugando béisbol o trompos o volando chichiguas con sus amiguitos de infancia. Al lado de su nueva casa habitaba don Bautista y Adela y sus tres hijos, Flora, Pedro y Vilorio. Don Bautista era un empleado de un colono de apellido Bobadilla. Las dos familias se llevaron siembre bien. Flora, al terminar sus estudios secundarios se mudó a La Romana donde se hizo profesional de la salud, Vilorio, un simpático jovenzuelo, que le apodaban Calcolí, emigró a Puerto rico y se hizo médico psiquiatra, pero nunca regresó a su pueblo natal. El otro, Pedro, se mantuvo siempre acurrucado junto a sus padres y dominado por el alcohol.
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* *
Sucedió una tarde. Regresando de la Capital en el carro de César Gerónimo, que era el chofer que por un precio módico iba y venía del Seibo a Santo Domingo.
“El hijo de ese chofer, Cesarín Gerónimo, se convirtió en un as del bésibol de las grandes ligas”.
Aurelio estaba sentado junto a una joven de unos veinte años al lado del conductor. Se miraron y hubo entre ellos una química. Ella no dijo su nombre ni él se lo preguntó y al llegar al pueblo el chofer la dejó en una calle del barrio El Retiro, no lejos del café donde ejercían su oficio las prostitutas de El Seibo. Fue en ese momento que César le hizo a Aurelio Javier un guiño y le reveló que se trataba de una joven de la vida alegre originaria de Mao.
La cosa no pasó de ahí, pero Aurelio no olvidó aquella cara risueña de ojos verdes, robusta y de amplia cabellera negra.
Y resulta y viene a ser que desde hacía ya muchos días sus compañeros de chercha le bombardeaban constante y mordazmente su virginidad. Hasta que una tarde lo dejaron en el bar de Cristina, la meretriz en el barrio El Rincón, lugar donde ésta regenteaba la vida de sus protegidas y organizaba el desahogo de los jovenzuelos vírgenes y de los hombres ya iniciados de pelo en pecho.
Sin que Aurelio lo supiera, sus amigos habían arreglado con Cristina su iniciación en los placeres sexuales. Y al entrar en el cuarto de citas lo esperaba una joven que sorpresivamente era la misma maeña que regresó junto a él desde la capital.
Todo transcurrió al paso conforme a los ritos. La joven, ya advertida por Cristina, lo trató con una dulzura y suavidad exquisita propia de una mujer que a pesar de su juventud, ya sabía ejercer su oficio. Ella misma le quitó la ropa y así el acto erótico tuvo lugar. Todo fue rápido. Al terminar Aurelio intentó pagar pero al estar el servicio saldado le dejó una buena propina a la joven cortesana.
Aurelio quedó fascinado del aliento de aquella joven.
Jamás la volvió a ver.
A partir de ese momento Aurelio se convirtió en un hombre de pelo en pecho.
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* *
Otro incidente que quedó grabado en la memoria de Aurelio fue el día que estuvo a punto de matar a su padre. Su padre era un asiduo cazador de guineas silvestres en los montes cercanos al pueblo. Para cazar él dejaba guardada una escopeta calibre 16 y cartuchos para los disparos. Pero sucede que una noche, al llegar de la cacería, olvidó sacar los cartuchos y dejó la escopeta cargada. Al día siguiente, en la tarde, al ir de nuevo a la caza se originó lo que pudo ser una tragedia.
—Aurelio, tráeme la escopeta, le dijo a su hijo.
Acto seguido, Aurelio fue al comedor donde su padre guardaba el arma. Este, le aguardaba montado en su caballo y presto a partir.
Aurelio volvió con el arma y antes de pasársela le apuntó con ella, pero el azar hizo que desviara el punto de la escopeta del cuerpo de su padre hacia el cielo y, entonces, apretó el gatillo, el disparo retumbó en la casa como si fuera un trueno en una noche serena.
—Dios mío!, gritó su madre despavorida.
Su padre, blanco como el papel, enmudeció de terror y, ella, enfurecida, se limitó a vocearle:
—Olvidaste descargar anoche la escopeta, le increpó al esposo.
Mientras tanto, Aurelio, callado como siempre, abrumado por el incidente enterró para siempre en el baúl de sus recuerdos esa tarde horrible en que estuvo a punto de matar a su padre.
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