El arroz tiene su origen en China, de allá se extendió a otras regiones, y los españoles lo introdujeron en Quisqueya. Existen muchas variedades, como el Juma, Arborio, Gloria, salvaje, entre otros. Su cultivo requiere tierra llana y fértil, mucha agua y un manejo cuidadoso. En el país, estas condiciones se fortalecieron hace más de un siglo mediante la construcción de canales que llevaron agua de los ríos hasta tierras improductivas.
Desde el punto de vista psicológico, el sembrador de arroz suele contar con condiciones físicas y mentales muy particulares. Su trabajo exige esfuerzo, disciplina, paciencia, perseverancia y resiliencia. Debe soportar el lodo, el sol y las dificultades propias del campo; y tener alta capacidad de adaptación a situaciones adversas; lo cual le permitiría enfrentar inundaciones, epidemias, hambrunas, y violencia sin perder la esperanza.
En la actualidad, el arroz ha trascendido de la mesa al centro del debate público dominicano. En términos de cultura popular, arroz, habichuela y carne constituyen nuestra otra bandera nacional. De su cultivo dependen miles de familias dominicanas. Posiblemente es el alimento más consumido. Se ha convertido, por tanto, en un producto político y de seguridad nacional.
Desde que hace más de veinte años, la República Dominicana firmó el Tratado de Libre Comercio con Centroamérica y Estados Unidos, conocido como DR-CAFTA, el cual establecía una protección para el arroz, que venció recientemente, y ha abierto la puerta a la entrada libre de impuesto, de arroz estadounidenses principalmente. Sin embargo, poner a competir un producto tan sensible con unos costos de producción cada vez más elevados, por las alzas de los combustibles y lubricantes, parece una decisión incorrecta.
El tratado fue negociado en el marco de una crisis bancaria y económica que deterioró gravemente la producción, el empleo y la calidad de vida de la población. Algo más, ya el sector agropecuario había sufrido los daños terribles del huracán David y la tormenta Federico, en septiembre de 1979; arrasaron tierras, ríos, canales, fundamentalmente en la región Sur, cuyas tierras no son adecuadas para la siembra de arroz.
Este caso invita a reflexionar sobre las razones por las cuales fracasan las naciones. Los economistas Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson recibieron el Premio Nobel de Economía de 2024 por demostrar que instituciones sólidas y con derechos fuertes generan beneficios a largo plazo para todos, y no a corto plazo para los que gobiernan.
Las autoridades nacionales que negociaron perjudicando al país deben asumir la responsabilidad y compensar los daños causados a los jornaleros, productores, comercios, proveedores de las comunidades arroceras y a los sectores populares, que son los mayores consumidores de tan vital alimento.
No es justo condenar a una parte de la población a sufrir hambre ni al sector que alimenta a la nación a producir y vender sin rentabilidad. El productor arrocero no debe parecerse al Estado en la forma en que maneja el sistema eléctrico, que cuanta más energía sirve al país, más pierde. Proteger al productor arrocero es también defender el trabajo, la dignidad humana y la seguridad alimentaria de la República Dominicana.
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