La historia dominicana de los años posteriores a la Guerra de Abril de 1965 todavía permanece atravesada por zonas oscuras, desconfianzas sembradas y heridas políticas que nunca terminaron de cerrar. En medio del exilio, la dispersión de los militares constitucionalistas y el aislamiento del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó en Cuba, se desarrolló un intenso proceso de intrigas, insinuaciones y campañas de descrédito contra importantes figuras del movimiento constitucionalista y revolucionario.
Las cartas del coronel Emilio “Milito” Fernández, publicadas décadas después por el Archivo General de la Nación en las obras Correspondencia (1966-1973), Diario de Caamaño y Documentos, informes y estudios, permiten observar con claridad un patrón persistente: la creación de dudas alrededor de casi todos los compañeros históricos de Caamaño.
Juan Bosch, Montes Arache, Héctor Lachapelle Díaz, Héctor Aristy, Álvarez Holguín, dirigentes del PCD y otros cuadros políticos y militares fueron objeto constante de rumores, sospechas y acusaciones muchas veces sin pruebas concretas.
La propia confesión de Milito sobre su “trabajo limpio, pero muy difícil” deja ver la dimensión política de aquellas maniobras:
“Yo estaba haciendo un trabajo limpio, pero muy difícil para convencer a mis compañeros de que Bosch no podía volver a la Presidencia de la República con unas Fuerzas Armadas intactas que se le oponían”.
A partir de entonces, aquel “trabajo” no terminó con la Guerra de Abril. Continuó en el exilio y se profundizó mediante informes, cartas y comentarios dirigidos a erosionar la confianza de Caamaño en sus antiguos compañeros de lucha.
Las acusaciones contra Montes Arache llegaron incluso al extremo de insinuar apropiación de fondos, traiciones y vínculos oscuros jamás demostrados.
Contra Bosch se desarrolló una narrativa orientada a presentarlo como distante, desconectado del país o incapaz de asumir decisiones revolucionarias. Y contra Héctor Lachapelle Díaz también se intentó sembrar la sospecha de ruptura y alejamiento político.
Sin embargo, cuando se examinan los documentos completos, las respuestas morales de algunos de esos hombres terminan desmontando la trama de la intriga.
Particularmente reveladora resulta la carta de Héctor Lachapelle Díaz a Milito, donde rechaza cualquier insinuación de enemistad con Juan Bosch:
“Quiero asegurarle, hermano, que no existe de mi parte, y me atrevo a asegurar que de la de don Juan también, nada que haga pensar en un enfriamiento, alejamiento o cosa parecida entre él y yo, mucho menos una ruptura”.
Y agrega:
“Fuera del respeto que me merece la trayectoria pública, política y revolucionaria del profesor Juan Bosch, profeso hacia él una gran admiración unida al cariño y la amistad que le tengo”.
Estas palabras poseen un enorme valor histórico y moral. No son expresiones de cálculo ni de conveniencia. Son la respuesta serena de un hombre que no quiso dejarse arrastrar por el veneno de la desconfianza.
Mientras desde distintos frentes se promovían divisiones y sospechas, Lachapelle mantuvo una conducta de respeto y lealtad política. Su actitud contrasta con quienes, desde la sombra, trabajaban para aislar moralmente a dirigentes históricos del constitucionalismo.
Y el tiempo terminó hablando.
Décadas después, antiguos militares que compartieron lucha, riesgos y sacrificios junto a Juan Bosch, Montes Arache y Lachapelle Díaz levantaron públicamente sus voces para defender su honor y su conducta.
En octubre del año 2015, un grupo de oficiales retirados que sirvieron al profesor Juan Bosch y participaron en aquellos acontecimientos históricos destacó la pulcritud moral y el valor cívico del líder constitucionalista y de los hombres que le acompañaron. Reivindicaron la honestidad, el compromiso democrático y la integridad de quienes fueron objeto de campañas de descrédito.
Aquellos militares conocieron desde dentro los acontecimientos. Compartieron decisiones, peligros y responsabilidades históricas. Por eso sus testimonios poseen un peso moral que no puede ser ignorado.
La historia dominicana ha sido dura con muchos de sus mejores hombres. A algunos se les persiguió con cárceles y fusiles. A otros se les intentó destruir mediante la sospecha y la deformación interesada de los hechos.
Pero la verdad histórica tiene una característica persistente: siempre deja rastros.
Y esos rastros muestran que, en medio de las turbulencias del exilio, hubo hombres que no se dejaron arrastrar por la intriga.
Hombres que preservaron la lealtad, la amistad y el respeto político aun en las circunstancias más difíciles.
Bosch, Montes Arache y Héctor Lachapelle Díaz pertenecen a esa categoría de dominicanos cuya conducta terminó resistiendo el paso del tiempo y el desgaste de la calumnia.
Las campañas de sospecha pueden durar años. Las cartas envenenadas pueden sembrar incertidumbres temporales. Pero al final, la conducta de los hombres termina hablando más alto que las intrigas.
La historia verdadera no la escriben solamente los informes secretos ni los rumores del exilio. También la escriben la coherencia moral, la lealtad probada y la memoria de quienes compartieron el sacrificio por la patria.
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