Este titular no nació de una ocurrencia ni de un juego de palabras. Viene de una conversación real entre diplomáticos, ocurrida hace ya diez años en Roma, la noche en que despedíamos a uno de los tres embajadores argentinos que llegué a conocer en el Vaticano.

Fue una de esas veladas en las que el protocolo se afloja, las corbatas se vuelven innecesarias y la verdad se cuela sin pedir permiso.

Lejos de los comunicados oficiales y de la solemnidad impostada, alguien —con crudeza rioplatense y un humor involuntario— lanzó una frase que terminó diciendo más que muchos ensayos sobre Jorge Mario Bergoglio convertido en Papa.

Entre copas, recuerdos y confidencias, se dijo que el Bergoglio de Buenos Aires cargaba siempre en el rostro el peso de los problemas, mientras que el Francisco de Roma parecía haber descubierto, por fin, el derecho a sonreír.

La expresión fue directa, casi brutal, pero profundamente reveladora. Y como suele ocurrir con las frases verdaderas, no se agotó esa noche. Con los años regresó a mi memoria como regresan las verdades que no se buscan: sin aviso, sin estridencia, pero con una fuerza que obliga a detenerse.

Ese recuerdo reapareció con nitidez la tarde del 30 de diciembre de 2025, al leer una noticia vaticana en apariencia menor. Entonces comprendí que aquella conversación de diplomáticos no solo explicaba a un hombre, sino también a la Iglesia que lo sostuvo, lo transformó y, al mismo tiempo, lo sobrevivió.

La frase volvió completa, cerrando el círculo: una organización tan eficiente como la Iglesia Católica ni las fuerzas del infierno podrán destruirla. No fue consigna ni arrebato piadoso, sino una constatación nacida del tiempo y de la experiencia.

Fundada por Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, la Iglesia no sobrevive porque sea impecable, sino porque no descansa únicamente en la fragilidad de los hombres, sino en una promesa que atraviesa los siglos.

Pensé en todo ello al leer que el Papa León XIV había aceptado la renuncia del obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Buenos Aires. Un nombre que nunca había ocupado espacio en mi memoria. Y, sin embargo, aquel hombre silencioso había sostenido durante décadas el peso cotidiano de una de las diócesis más complejas del mundo.

Mi primera reacción fue rápida y superficial: se va porque era hombre de Bergoglio. Me corregí de inmediato. La historia, cuando se la escucha con atención, suele desmentir los prejuicios con una elegancia implacable. Aquel obispo había sido nombrado en el año 2000 por Juan Pablo II, cuando Jorge Mario Bergoglio no era cardenal ni figuraba en ninguna quiniela vaticana. Así funciona la Iglesia: no por bandos ni por coyunturas, sino por tiempos largos.

El Papa Francisco, junto al cardenal López Rodríguez y Víctor Grimaldi, quien fungía como embajador en la Santa Sede. (Archivos del autor).

En Buenos Aires —como en toda gran arquidiócesis— el peso real no siempre lo carga la figura visible del arzobispo, sino quienes hacen funcionar la maquinaria pastoral, administrativa y humana.

Hombres que no aparecen en los titulares, pero conocen cada barrio, cada parroquia y cada tensión. Muchos nacieron lejos, incluso en Europa, y se hicieron argentinos por vocación. La Iglesia no gobierna por pasaporte, sino por misión.

Ese hilo me llevó inevitablemente a abril de 2013. Bergoglio llevaba apenas un mes como Papa. En la Basílica de San Pedro, de pie, a mi lado, el embajador argentino ante la Santa Sede me comentó en voz baja: “Aquí hay funcionarios argentinos de la Curia que antes no se llevaban bien con él”. No era una revelación; era una confirmación. Buenos Aires había sido para Bergoglio un campo minado de tensiones, incluso dentro de la propia Iglesia.

Ese mismo día, el embajador de Nicaragua, con la ironía afilada de los diplomáticos centroamericanos, lo miró pasar y dijo: “Míralo cómo camina, cojea… y esos zapatos no son zapatos, son tenis”.

Luego añadió, casi como quien lanza una profecía doméstica: “Ya verás que eliminará el frac diplomático”. No lo abolió por decreto, pero le quitó solemnidad. Con Francisco, el boato empezó a perder gravedad.

En junio de 2013, durante un almuerzo informal con personas que lo conocían bien desde Buenos Aires, alguien lanzó una pregunta aparentemente ingenua: “¿Será verdad que aquí hay un lobby gay?”. No fue ocurrencia ni descuido. Fue una pregunta de discernimiento. Un mes después, al regresar de su primer viaje internacional, los periodistas se lo preguntaron directamente. El mundo creyó escuchar una respuesta espontánea; pocos entendieron que había sido pensada, rumiada, sopesada con anterioridad.

A finales de 2015, en la despedida de un embajador argentino que solo estuvo un año en Roma, durante una recepción en el último piso del Hotel Pablo VI, junto al Vaticano, el diplomático contó una anécdota que terminó de cerrar el retrato.

Le dijo al Papa: “Mirá, Jorge, vos en Buenos Aires siempre tenías cara de culo, cara de ciruela, y aquí en Roma solo te he visto sonreír”. Francisco respondió sin rodeos: “Allá en Buenos Aires todo era problemas por la mañana y problemas por la tarde. Aquí hay problemas, pero uno tiene la oportunidad de sonreír con tanta gente de todo el mundo”.

Esa frase explica más de su pontificado que muchos análisis académicos. Buenos Aires fue para él un combate permanente: política, pobreza estructural, tensiones internas, medios hostiles. Roma, en cambio, le ofreció algo inesperado: problemas universales, sí, pero no personales. Y esa distancia le devolvió la sonrisa.

Siempre me sorprendió su renuencia a volver a la Argentina. Estuvo en Brasil, Paraguay y Ecuador, tan cerca de su patria, y sin embargo, nunca cruzó el Río de la Plata.

No fue olvido ni desamor. Fue prudencia pastoral. Sabía que cualquier visita sería leída en clave política, utilizada por unos contra otros, y prefirió proteger a su país de una instrumentalización inevitable.

El presidente Donald Trump y el Papa Francisco. (Archivos del autor)

En lo personal, siempre me escuchó. Con atención real, no protocolar. Y fue consecuente con el pueblo de la República Dominicana cuando se intentó —incluso desde sectores internos del propio país— provocar una condena papal por el tema de los migrantes haitianos.

No se dejó arrastrar por simplificaciones morales ni por presiones ideológicas. Entendió que la caridad cristiana no humilla a los pueblos ni desconoce su historia, sus límites y sus responsabilidades.

Por eso mi gratitud no es retórica. Es sincera.

Gracias, Papa Francisco.

Gracias por escuchar.

Gracias por no condenar desde la distancia.

Gracias por recordar que la Iglesia no es un tribunal ideológico, sino una conciencia universal.

Y al final vuelve la frase fundamental, ahora más clara y más verdadera: ni las fuerzas del infierno podrán destruirla.

No porque sea invulnerable, sino porque no depende solo de los hombres, sino de una promesa que atraviesa el tiempo.

Eso es la Iglesia.

Y así fue Francisco.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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