Leyendo un viejo libro de tradición cristiana yo encontré unas esperanzadoras palabras de Jesús: «El que pierda su alma, la hallará». Son palabras fortísimas que han calado en mi alma y que me enfrentan, una vez más, a la necesidad de encontrar respuestas sobre ese eterno binomio de la vida y la muerte.

Las pérdidas hablan mucho de nuestra propia humanidad. Quizás haya todavía tinta en el tintero para escribir, con cierta madurez, sobre nuestra existencia en el planeta y sobre los descubrimientos que hemos alcanzado los seres humanos en el marco de la ciencia. Hemos avanzado tanto en el conocimiento de la vida y, sin embargo, seguimos siendo profundamente ignorantes frente al misterio de la muerte.

La muerte está presente en todo lo que nace. Aceptamos, a regañadientes, los límites de la biología, aunque no nos guste. Sabemos, a ciencia cierta, que poco podemos hacer frente a ella, salvo prolongar la vida por algún tiempo más mediante los aportes de nuestra limitada ciencia.

La vida es un gran regalo.

No obstante, nadie quiere enfrentarse a ese gran sicario que llamamos muerte. ¿Quién puede evadirla? Absolutamente nadie. Podemos tener riquezas, belleza y juventud; podemos rodearnos de comodidades y construir todas las seguridades posibles, pero un día llegará. Será sorpresiva. Y no habrá piedad.

Entonces vuelve la pregunta que ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos: ¿cómo es posible que Dios permita la muerte y el mal?

Son preguntas antiguas, preguntas que vienen desde los griegos. Muchos filósofos, teólogos y científicos han intentado responderlas. La cantidad de argumentos me abruma. Yo tampoco tengo respuestas.

Asumo, con humildad, aquella incertidumbre de David Hume: «No tengo ni idea de qué cosas crean universos».

Quizás por eso Occidente prefiere olvidar y evadir el discurso de la muerte y del acto de morir. La gente continúa atrapada en el bullicio cotidiano, condiciona su vida a las fiestas, al consumo y a los gastos excesivos en los centros comerciales, hasta dejarse engullir por un mundo material que promete felicidad mientras intenta mantenernos alejados del dolor interior.

Por eso me aferro también a ciertos argumentos teológicos, a ese entreacto misterioso donde podría habitar un ser omnisciente, omnipotente y fuente de bondad. Creo en el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury: «Dios existe tanto en la mente como en la realidad».

Ese mundo crea una marca y un estilo que termina por definir nuestras vidas. Occidente diseña la evasión. La muerte queda relegada al azar, colocada en una temporalidad que siempre parece pertenecer al después.

Pero la muerte no está en el después.

Está aquí.

Camina silenciosamente con nosotros.

No tengo respuestas. Mi apuesta es otra: recuperar el alma como esa entidad que pertenece a Dios; volver la mirada hacia aquello que no podemos medir, pesar ni convertir en objeto.

El alma es algo más.

Tal vez sea una caricia del viento.

Ese algo más, a veces, no nos interesa. Lo dejamos pasar como dejamos pasar tantas cosas esenciales de la vida. Como aquel vagabundo que se orina frente a mi en la arboleda vecinal y que, por un instante, nos obliga a mirar aquello que preferimos ignorar. Quizás reconocerse en el saber, porque también es aprender a mirar lo que incomoda.

La biología nos sostiene y, sin embargo, parece haber algo más.

Es una realidad epistémica que no podemos definir materialmente. Un fluir que nos acompaña en el cuerpo y que nos proporciona pequeñas chispas de entendimiento: la capacidad de sentir, de comprender y de aceptar la vida en sus propios términos. Muchas veces nuestras decisiones descansan en la fe; sin embargo, la fe no siempre es aceptada por el mundo como una forma legítima de realidad.

Pero ¿qué es la realidad? Yo no puedo explicarlo, ni voy a entrar en argumentos filosóficos, simplemente. no lo sé.

El alma puede ser un agradable olor a rosa que acompaña nuestro camino sin dar órdenes. Carece de poder y, precisamente por eso, no puede ser manipulada como la plastilina. Es la esencia.

Yo la he sentido en las cosas sencillas: en el agradecimiento, al contemplar cada día el sol, en el rocío del alba sobre mis labios, en la quietud de una mañana y en esa inexplicable sensación de estar viva.

El océano moja mis mejillas mientras intento encontrar una razón para estar con las palabras. En ellas doy sentido a mis emociones, porque las palabras son caminos que sostienen nuestros imaginarios, la vida misma, las dificultades y ese irremediable silencio de los finales.

Y entonces llegó la muerte de mi amigo Wenceslao Vega.

Cuando escuché la noticia, sentí que un brazo de olas rompían la corriente superficial de la vida. Dentro de mí solo apareció una expresión:

«¡Oh, Dios, tantas pérdidas!».

Recriminé a la sicaria muerte.

Buen viaje, querido amigo.

Los árboles seguirán moviéndose con el viento y, quizás por mucho tiempo, sentiré en su movimiento el susurro de la pena. No puedo detener los límites de esa absurda realidad que provoca la muerte. La desesperanza es un ruego metafísico frente a una piedra demasiado grande, una piedra que somos incapaces de levantar o mover.

Pero yo creo en el milagro de la vida.

Creo en lo bueno, en lo justo y en lo amoroso.

Y acepto, aunque me duela, que la muerte forma parte de esa extraña arquitectura de la existencia. La muerte atrapa las palabras y nos deja frente a la paradoja de esa dualidad que no podemos resolver: vida y muerte.

En esa tensión aceptó que los saltamontes son mortales como nosotros, pero también perecederos. Todo cuanto vive parece llevar consigo la marca de su desaparición.

Por eso me aferro también a ciertos argumentos teológicos, a ese entreacto misterioso donde podría habitar un ser omnisciente, omnipotente y fuente de bondad. Creo en el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury: «Dios existe tanto en la mente como en la realidad».

Y esa idea me conduce a la esperanza. Las horas pasan y, poco a poco, aparece nuevamente la sonrisa sobre mi rostro. Entonces recuerdo aquel libro que encontré por azar, aquel que tú me compraste en España. Recuerdo también tus palabras:

«Esas son las cosas que te gustan: una historia desde la perspectiva de las mujeres medievales».

Así eras tú.

La amistad es un camino donde se manifiestan la comprensión, la solidaridad y esos bellos jardines que se siembran y se cosechan en nuestra cotidianidad. Algunos amigos pasan por nuestras vidas y dejan conocimientos. Otros dejan afectos. Y existen aquellos que dejan una luz que permanece incluso después de su partida.

Wenceslao me ayudó a comprender a los juristas medievales. Yo le decía, en tono de broma:

«Pequeño, creo que fuiste un oidor de las Reales Casas».

Él escuchaba mis palabras, sonreía y me daba una palmadita en la espalda para decirme, con aquella voz pausada:

«Querida Fátima, no seas traviesa; ponte a estudiar paleografía».

Ahora esas palabras regresan a mí.

No pude ir al funeral. No quería despedirme del cuerpo presente. No quería que la última imagen de mi amigo fuera la de un cuerpo vencido por la muerte.

Preferí escribirte.

Preferí decirte que fuiste, y seguirás siendo, una luz en un sendero de vagabundos.

Gracias por tu linda amistad.

Yo sé que la sicaria muerte no podrá romper tus alas.

Adiós, buena alma.

Tú vuelas más allá del polvo del jardín.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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