Estamos en una época en la que tenemos que ahorrar, guardar y establecer orden en la economía de la casa. Los conflictos por el petróleo y las guerras que se han suscitado han elevado los costes económicos de la base de todo lo que consumimos. Los mercados se tambalean y entiendo por mi conocimiento que nos acercamos a un colapso sobre todos los países del sur y de los que no tenemos petróleo o gas para vender a otras naciones.
Los conceptos actuales giran en torno a dominio, control, civilizar, bombardear y amenazar, a todos o todas, los que comparten otros modos de gobernar, ideologías políticas, estilos de vida o cuestiones religiosas diferentes. Estos son los significantes que atraviesan la anatomía social del mundo actual. Yo diría que el mundo aguza la vista, el oído y el cuerpo social para responder, a tantas injusticias, odios y propuestas que manejan un lenguaje soez y basado en el miedo.
Se atacan unos a otros. Se hacen prohibiciones y muchos van a los libros antiguos para preguntarse si estamos en el final de los tiempos, por las amenazas nucleares. Esta es una almohada incómoda para los pacifistas o personas que no quieren asumir lo que la vieja liga de Corintios quiere hacer por esos territorios que hoy están en la mirada de los ojos potentes del océano. De verdad que este siglo no es ni siquiera de sospecha. Yo no confío en sus explicaciones, ni siquiera en la tradición del lenguaje que merodea como propuesta para planificar el futuro, en tanto mujer que se piensa a sí misma, o a otros en tanto ser social y político.
Esta situación nos lleva de nuevo a plantearnos sobre las viejas preguntas epistemológicas: podemos realmente decir si sabemos o estamos conscientes del mundo que nos rodea, o ¿por qué conocemos lo que sabemos y qué sabemos que lo sabemos?
Es un gran dilema para el mundo académico poder entroncar estas preguntas epistemológicas con los discursos actuales y la deriva de olas de misiles y drones en la que se dañan a tantas personas de ambos bandos en conflicto.
Los sujetos posmodernos no se colocan en el lugar de saber la verdad del sujeto o de la sociedad como entidad histórica, más bien en los relatos que se imponen. Está claro para mí que ni Descartes, los frenólogos, los científicos y científicas, o los filósofos y filósofas pueden detener estas incongruencias del presente.
Nuestras ciencias no pueden dar respuestas a esta disociación que lleva al mundo a renunciar al carácter de la comprensión, de la tolerancia o los debates racionales, si es que existen.
La excitación del cuerpo social es todo lo que se le antoje a cualquiera para suplir su modo melancólico de la renuncia a la razón, por la fluidez del antojo y de las vulnerabilidades de las psicopatías que lo atraviesan, dadas las estructuras del poder político y económico que tienen agarrados para decidir sobre el mundo.
Es un centro de poder que imagina una rata como la dama de su sentir y de su desempeño de ligarse con los símbolos mortíferos de los misiles para atravesar los cielos, con tanta violencia que pueda perpetuar, el goce fálico de lo pre primitivo del inconsciente colectivo. La prohibición de la madre en el marco de lo simbólico, no la patria, es lo que provoca el grave dolor epocal.
En la fluidez de los posmodernos, hay una deuda. Esta deuda es obsesiva, ya que se queda en ese espacio de lo simbólico, en un no lugar, donde no se puede resolver o saldar el compromiso con el deseo.
Los imaginarios culturales se asumen como verdades únicas basadas en un complejo tapiz etnocéntrico. Es una apuesta que se aferra a la protesta de la ambigüedad. Es la defensa del mundo, en el orden del poder militar, pero sin mediar palabras. Esto es inconcebible para los pacíficos de la tierra. El amor se niega. Empero el otro no se puede renegar, porque estamos atrapados en ese circuito entre el deseo, la rata y la guerra.
En esta globalización de la guerra, lo único que se me ocurre es proponer que nos montemos en los zapatos de la descolonización, el decrecimiento económico, el usar menos combustibles fósiles, apoyar los mercados locales y de cercanía. Ponerme los ungüentos para la cicatrización simbólica de estos duelos y melancolías que atraviesan la geografía del mundo.
Yo prefiero la clorofila, la fotosíntesis, las estaciones, la gente que trabaja la tierra, los huertos, los bosques, los animales y los hermosos polinizadores. No creo que podamos seguir el ritmo de la danza que promete un futuro llenándose las manos de sangre.
Creímos que el siglo XIX fue el período de la melancolía y el siglo XX de las pesadillas del "Hombre de los Lobos". Yo miro la iconografía e intento interpretar lo que va ocurriendo en los cortos años veinte del siglo XXI. Lo hago bajo la imaginería de la tragedia que nos conmueve como lo sucedido en Gaza o los misiles que pulverizaron a las niñas en Irán, las mujeres y bebés que murieron en Mariúpol.
Estas tragedias me llevan a preguntarme ¿qué está pasando con los seres humanos? Mi reflexión me empujó a reflexionar sobre el caso (Ernst Lanzer) o el llamado "Hombre de las Ratas", a fin de interpretar bajo los casos psicoanalíticos el mundo actual.
Este es un caso muy particular, en el que Freud analiza a un sujeto que estaba atrapado en un colapso mental, antes de la primera guerra mundial en 1908. El análisis de este caso lo tituló: "Notas de un caso de neurosis obsesivas".
En este caso, el sujeto era asediado por ideas que lo acosaban continuamente. El hombre se obligaba a actuar y pensar contra su voluntad. El sujeto se sometía a una tortura entre lo femenino y masculino, entre lo reprimido y lo aceptable social y culturalmente, por eso explica Freud, es el caso clásico de la ambivalencia, entre la madre y el padre. Entre lo que se desea y se considera una mancha moral.
Es el deseo que se transforma en reproche por un placer activo que se convierte en culpa. Lo que llamó Freud, el caso de "la fijación en el estadio anal y su corolario en un sentimiento de odio propio". Eso marca un proceso que tiende a ser severo con su propia humanidad, la que escenifica en su psiquis como una tragedia.
La asociación de figurar a una dama con una rata viene de una cadena de significantes en la que el sujeto individual o colectivo le falta la palabra, lo que lo obliga a cumplir con las reglas y normas culturales, mientras los fantasmas interiores lo desbordan con la dama imposible, la cual está estructurada con una cadena asociativa relacionada con algo muy primitivo en la relación madre e hijo.
De acuerdo con Freud es un lamento: "si yo me hubiera dado la oportunidad de conocerla". El psicoanalista dice que es un acto económico en el que el sujeto renuncia al deseo por compromisos sociales, que están en su mundo inconsciente de ser un hijo de su madre y que lo lleva a un problema moral con lo que desea.
La Otra es la rata, porque de alguna manera es prohibida y necesita pulverizar sus deseos que considera reprochables y vistos como lo asqueroso, sucio y feo. Es ese Otro, ya sea una persona o un grupo cultural, o colectivo con que logra establecer un lazo psíquico, el cual está marcado o ligado a la afectación del cuerpo y de su deseo reprimido.
En tales diatribas, el sujeto será siempre un gran seductor que no puede afincarse con nada, ni con la palabra. Al encontrar eso que desea, se mete con esos juegos imaginarios, que lo hacen vibrar con el goce materno que es objetal y reprimido, por lo que implica dolor para el sujeto. La constelación de su sufrimiento es muy antigua, dado que el Otro siempre ocupa la ausencia del deseo.
En este campo, el símbolo del padre está muerto, la madre es la que señala la falta y el sujeto renuncia a su propio deseo y se sacrifica, lo que lo lleva a su muerte subjetiva. El caso del sujeto tratado por Freud murió en el campo de batalla de la primera guerra mundial. Pero Lacan dice claramente que este caso no fue al azar, porque su empuje hacia la muerte era la clave inconsciente que empujaba al sujeto que fue analizado por el psicoanalista.
Estas son las palabras de Lacan: el destino de la muerte está marcado para el hombre de la rata, dadas sus constelaciones simbólicas, pero tal vez pudo influir en que pudo provocar su propia muerte en la misma batalla. El sujeto con tal psicopatología tiende a la depresión y asume la pérdida de su propia existencia, de una manera continua, que se vuelve una amenaza para sí mismo.
En el contexto de la psicopatología la histeria es un pánico sexual presexual y la neurosis obsesiva es un placer sexual que se transformó en un reproche. Estas figuras del análisis tienen un símil con el cuerpo geopolítico actual, hay que entender que la sexualidad se está definiendo en torno a la libido como una energía o manifestación psíquica de carácter dinámico en donde danzan las pulsiones. Por tanto, no es somática, o solo sexual, está referido al deseo.
En la geopolítica del mundo actual, yo pienso en la pesadilla del caso de Ernst Lanzer, el cual sufría de ideas delirantes, tras la búsqueda de darle solución a sus actos pulsionales. El paciente de Freud tenía una imagen onírica de una rata que lo situaba en la ambivalencia del amor y del odio.
En este mundo objetual. El cuerpo geopolítico se mira a través de las relaciones de poder y de lo que se acepta como verdad en el marco de un parámetro occidental. Las guerras actuales son ese actuar, a través de un lenguaje que proporciona encrucijadas, vulnerabilidad, silencios, narrativas imaginadas y comportamientos abusivos, sarcasmos, burlas y muerte, entre otros. Es el acto pulsional que esconde lo reprimido y saca la fuerza del tánatos para ahuyentar el dolor del deseo del Otro.
La guerra encierra al mundo en esos delirios de actos obsesivos que buscan destruir todo a su paso, con la idea de montar una verdad que solo se expresa en la destrucción, como único medio para enfrentar las contradicciones o la palabra no dicha.
La paz es un proyecto que se instaura con las conversaciones y actos vinculantes del amor, no con la humillación o muertes crueles ni presiones económicas. Tampoco incluye una mesa con presunciones de superioridad, como el racismo. En este devenir de la historia, la paz es un comensal solitario, en un mundo desbordado de obsesiones neuróticas.
La paz es un deseo humano, pero sin la psicopatología del egotismo. No acepta la idea de superioridad o ambivalencia de acurrucar una metafísica del dolor, control o la cultura de la muerte.
La guerra es un horror y que somete al desgarro del dolor, por los innumerables despojos de la vida, que para la psicopatología obsesiva se montan en la destrucción del edificio de la paz. Para mí escribir es un acto creativo y muchas veces escribimos porque decidimos no morir de melancolía.
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