Yo conocí el Fuerte Tiuna cuando todavía era un recinto solemne y no un decorado sitiado por el miedo.

Fue en 1999, el día previo a la primera juramentación de Hugo Chávez, cuando recorrí sus pasillos junto al presidente Leonel Fernández, Danilo Medina y Euclides Gutiérrez.

Allí estaban también Fidel Castro y Chávez, acompañados solo por sus ayudantes más cercanos. No había estridencias ni gestos teatrales. Hablaban poco. Escuchaban mucho. Se movían con la naturalidad de quienes saben que el poder no necesita alardes cuando está sostenido por la convicción y el respaldo de un pueblo.

Diez años antes, en otra geografía y bajo otro cielo, yo estaba en Madrid con Juan Bosch el día en que los Estados Unidos invadieron Panamá para capturar a Manuel Noriega.

Bosch —un verdadero líder— no se impacientó. Recuerdo con nitidez el manuscrito original de las declaraciones que redactó de su puño y letra para enviarlas por fax a la prensa dominicana: un texto sobrio, exacto, sin rabia ni sumisión. Era la voz de un hombre que entendía la política como razón histórica, no como desahogo.

En la madrugada del 3 de enero de 2026, Venezuela despertó no ante un rumor ni una escaramuza confusa, sino ante un hecho histórico de primer orden. Una operación militar real, de gran escala, ejecutada por los Estados Unidos en el corazón mismo del poder venezolano.

Explosiones en Caracas, fuego en instalaciones estratégicas como Fuerte Tiuna, aeronaves militares sobrevolando la capital y el cierre inmediato del espacio aéreo no pertenecen al reino de la propaganda. Son hechos confirmados por agencias internacionales y por medios de referencia mundial.

Desde las primeras horas, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, asumió públicamente la autoría de la operación y afirmó que Nicolás Maduro había sido capturado y extraído del país junto a su esposa.

No fue una filtración anónima ni un susurro interesado. Fue una declaración directa, reiterada, sostenida incluso en conversación personal con periodistas del The New York Times.

Conviene detenerse en una distinción esencial: los medios serios no crearon el acontecimiento, lo narraron con el cuidado que exige lo excepcional. Informaron lo que estaba ocurriendo y señalaron, con rigor profesional, lo que aún debía confirmarse formalmente.

Ese matiz no debilita la veracidad de los hechos; la fortalece. Así actúa el periodismo cuando se enfrenta a sucesos que no tienen precedentes recientes en el hemisferio desde la captura de Manuel Noriega en Panamá, en diciembre de 1989.

A estas alturas, negar la realidad de la operación militar carece de sentido. El propio gobierno venezolano reconoció los ataques y los calificó de agresión imperialista.

Gobiernos de la región reaccionaron de inmediato. La autoridad aeronáutica estadounidense cerró el espacio aéreo. Reuters y Associated Press verificaron imágenes y testimonios desde Caracas. Nada de eso ocurre en una fábula digital ni en un montaje de laboratorio.

El único punto que quedó momentáneamente suspendido fue la confirmación institucional plena de la custodia de Maduro. Pero en términos políticos y estratégicos, el desenlace estaba escrito desde el primer momento: el poder que Maduro decía encarnar se desvaneció en cuestión de horas.

Nicolás Maduro no cae como estadista ni como líder trágico. Cae como lo que siempre fue: un administrador torpe de una herencia que nunca entendió, un vocero sin carisma de un proyecto agotado, un ocupante del poder sostenido más por redes de coerción y dependencias externas que por legitimidad popular.

Maduro no fue el arquitecto del chavismo, sino su caricatura tardía. Donde Hugo Chávez tenía intuición política y dominio del relato, Maduro ofreció torpeza, retórica hueca y una degradación acelerada del Estado. No gobernó: ocupó. No lideró: repitió consignas. No construyó poder: lo dilapidó.

Por eso su final no produce épica ni cohesión. Produce desconcierto. Una vicepresidenta que pide pruebas de vida. Mandos militares que callan o se refugian en comunicados defensivos. Un régimen que, despojado de su figura central, revela lo que siempre fue: una estructura frágil sostenida por la inercia y el miedo.

Estados Unidos no ejecuta operaciones de esta magnitud contra cualquier gobierno ni contra cualquier líder. Lo hace cuando percibe vacío de poder, aislamiento regional, erosión interna y un costo político asumible. Maduro reunía todas esas condiciones.

Si la captura se formaliza plenamente, Maduro no será recordado como mártir ni como símbolo antiimperialista. Será recordado como el epílogo grotesco de una revolución que prometió redención y entregó ruina. Un hombre que terminó sin pueblo, sin Estado y sin historia.

Lo ocurrido en Caracas marca el cierre de un ciclo. El chavismo, convertido ya en parodia de sí mismo, queda expuesto como un proyecto agotado. Y Venezuela queda frente a su desafío mayor: reconstruir un país después de la demolición moral, institucional y económica.

La historia no absolverá a Maduro. Apenas lo registrará.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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