Hay cuentos que, por su simbolismo, nos ayudan a reflexionar sobre problemas que trascienden la literatura. "Dos pesos de agua", de Juan Bosch, es uno de ellos. En este relato, Bosch narra la historia de una anciana que vive en Paso Hondo, un lugar azotado por una sequía interminable. La tierra se resquebraja, los animales mueren, los arroyos desaparecen, los vecinos se van y el nieto, su única esperanza, está enfermo. Remigia, la anciana, pide agua. No pide un lujo, pide vida. Para conseguirla, entrega sus únicas monedas para encender velas a las Ánimas del Purgatorio. Pero cuando la lluvia finalmente llega, no responde a la necesidad real de los habitantes de Paso Hondo, sino que es una respuesta mecánica a la deuda con las Ánimas, que recibieron las velas a cambio de dos pesos de agua.
Para desgracia del pueblo, lo que parecía una salvación se convierte en un desastre. La lluvia arrastra lo que debía salvar. Esta imagen es una metáfora poderosa para entender lo que ocurrió con la educación dominicana tras alcanzar el 4 % del PIB. Como en Paso Hondo, la República Dominicana vivió durante años una sequía presupuestaria que afectó su sistema educativo. Faltaban aulas, recursos, tiempo escolar, formación y condiciones dignas para enseñar y aprender. Pero, sobre todo, la cosecha que obteníamos era pobre; nuestros estudiantes no aprendían. Por eso, la demanda social del 4 % fue justa, necesaria y profundamente democrática. La sociedad dominicana tenía razón al pedir agua. La escuela pública estaba seca.
Analizar esta metáfora para que nos ayude a entender lo ocurrido en el sector educativo en los últimos años nos lleva a formularnos una pregunta importante: ¿qué pasa cuando el agua llega a una tierra erosionada, sin canales para aprovecharla? En términos educativos, al analizar los largos años que el sector social pasó solicitando un incremento del presupuesto para la educación, nos puede llevar a hacernos una pregunta similar: ¿qué sucede cuando aumenta el presupuesto pero el sistema no logra convertir ese dinero en aprendizaje, equidad y desarrollo humano?
Al hacernos esta pregunta, tenemos que ser cautelosos para que no se interprete que la crítica sobre cómo se usó el agua implica defender la sequía. En nuestro país, pedir y lograr el 4 % no fue un error, sino un logro histórico. Permitió ampliar los servicios, mejorar las condiciones materiales, fortalecer los programas y situar la educación en el centro del debate público. Sin inversión suficiente, no es posible la transformación; pero la inversión, por sí sola, tampoco transforma. El presupuesto es necesario, pero no suficiente.
En esa comarca imaginaria, Paso Hondo, la vieja Remigia pedía agua bajo la creencia de que así podría salvar a su nieto, recuperar su conuco y asegurar su vida. Al igual que Remigia, la sociedad dominicana reclamó el 4 % para educación porque pensó que eso ayudaría a que los niños aprendieran, los docentes enseñaran mejor, las escuelas funcionaran y los estudiantes pobres tuvieran oportunidades reales. El 4 % era un medio, no un fin.
Cuando enfrentamos situaciones como las descritas, el riesgo es que lo que reclamamos como un medio necesario se convierta en un fin en sí mismo. Eso fue, precisamente, lo que pasó tanto en Paso Hondo como en nuestro país: el medio se convirtió en el fin. Cuando algo así ocurre, el sistema empieza a medir su éxito por la cantidad de agua enviada: cuánto se gastó, cuántas aulas se construyeron, cuántos docentes se nombraron, cuántas raciones se repartieron y cuántos programas se anunciaron. Todas estas preguntas son necesarias, pero no bastan si no se subordinan a la pregunta clave: ¿qué aprendieron los estudiantes?
En el cuento, no podemos ver a las Ánimas como seres malvados. Actúan de forma mecánica ante un pedido. Metafóricamente, revisan cuentas, calculan pagos y ordenan enviar agua sin preguntarse qué necesita realmente Paso Hondo, cuánta lluvia puede absorber la tierra, qué tan frágil es el bohío o qué pasará con el niño enfermo. Cumplen la deuda, pero no entienden la vida que está en juego. Esta es una de las advertencias más importantes de la metáfora: un sistema puede cumplir una regla y aun así fracasar en su propósito.
Algo parecido pudo ocurrir con la burocracia educativa. Se ejecutaron, reportaron, compraron, construyeron y anunciaron muchas iniciativas, pero la escuela no cambió realmente su forma de funcionar. En Paso Hondo, las Ánimas enviaron mucha agua sin crear canales para usarla bien. En la República Dominicana, el 4 % ayudó a cumplir metas administrativas, pero no impulsó una transformación pedagógica.
Esto nos muestra que el problema educativo dominicano es más complejo de lo que normalmente admitimos. De lo que se trata no es simplemente decidir hacia dónde queremos ir, aunque eso es importante, sino que, además, tenemos que lograr que el sistema funcione de modo que los estudiantes aprendan. Con el 4 % hemos puesto en marcha numerosas reformas, una serie de programas, diagnósticos e inversiones, pero seguimos enfrentando una dificultad estructural que impide articular estos elementos de manera coherente. Hemos visto que las políticas se crean, pero no siempre se implementan; que las normas existen, pero no siempre se cumplen; que los recursos llegan, pero no siempre se convierten en capacidades. El sistema se mueve, pero no siempre avanza en la misma dirección.
En el cuento "Dos pesos de agua" observamos que la comunidad Paso Hondo no era solo un lugar seco, sino un territorio vulnerable, con vegetación quemada, cauces deformados, animales desaparecidos y una comunidad desintegrada. Cuando por fin llueve, acontecimiento en el que la comunidad había cifrado su esperanza de salir de los males que le aquejaban, el agua baja; sin embargo, está llena de barro. No fertiliza, arrastra. Esta imagen ayuda a comprender una parte de nuestra experiencia educativa. El problema no es solo cuánto dinero entra al sistema, sino sobre qué estructura cae ese dinero.
La experiencia internacional con reformas educativas similares a las que hemos intentado aquí muestra que aprovechar un impulso como el 4 % para lograr mejoras educativas es difícil cuando el esfuerzo se canaliza a través de un sistema con poca autonomía escolar, una burocracia lenta, baja capacidad de gestión local, escasa rendición de cuentas pedagógica, responsabilidades fragmentadas y una cultura administrativa enfocada en trámites. Con un sistema de estas características, la canalización de recursos se queda en la superficie, sin afectar la columna central del sistema.
El cuento "Dos pesos de agua" muestra que en una tierra erosionada, como la de Paso Hondo, una lluvia repentina puede causar más daño que beneficio. Esa misma lluvia habría sido una bendición si el terreno hubiera estado preparado para absorberla y canalizarla. De igual forma, si el 4 % se hubiera canalizado a través de un sistema educativo coherente, el aumento del presupuesto se habría traducido en más y mejor aprendizaje. Pero en un sistema fragmentado como el nuestro, se ha convertido en gasto de nómina e infraestructura, sin un proyecto pedagógico sólido y con programas dispersos.
El nieto de Remigia y los desvelos de esta para salvarlo nos recuerdan cuál debe ser la medida final de toda política educativa. En el cuento, todo gira en torno a él. En la educación dominicana, los nietos son los estudiantes. La pregunta ética central no es si gastamos el 4 %, sino si ese gasto está salvando a los niños y jóvenes de la ignorancia, la exclusión, la desigualdad y la escolarización sin aprendizaje.
En el caso de la educación dominicana, la evidencia de lo ocurrido como resultado de la inversión del 4 % en los últimos años resulta incómoda. Después de más de una década invirtiendo un 4 % del presupuesto, los resultados son desalentadores. Las investigaciones nacionales e internacionales muestran logros solo en cobertura, promoción e inversión, pero el problema principal sigue: los niños y jóvenes aún no logran el aprendizaje real que se busca.
Análisis recientes que hemos realizado muestran que la República Dominicana enfrenta una gran brecha entre la promoción y las calificaciones otorgadas por los centros escolares y el dominio efectivo de los aprendizajes. Los datos nos ofrecen evidencia de que la promoción formal no siempre implica el logro de los dominios esperados de las competencias. Esto queda evidenciado en la diferencia entre las calificaciones internas, otorgadas por los docentes, y los resultados de los estudiantes en las pruebas nacionales. Esta diferencia no puede verse solo como un detalle técnico. Es una señal de alarma institucional.
Como muestra la imagen del cuento: el agua llegó, pero el niño sigue enfermo.
El final del cuento es duro. Mientras Remigia es arrastrada por la corriente, las Ánimas siguen gritando: "todavía falta". Esta frase resume una lógica ciega: lo importante no es la vida de Remigia ni la del niño, sino cumplir con el volumen de agua pagado. En educación, esta lógica aparece cuando, ante resultados insuficientes, solo se pide más de lo mismo: más programas, más nombramientos, más dispositivos, más anuncios, más recursos. A veces se necesita más, pero si no nos preguntamos qué pasó con el agua ya enviada, seguiremos confundiendo la cantidad con la transformación.
Por eso es importante hablar de una transformación profunda del sistema educativo. Pero esa idea solo tiene valor si no se queda en la nada. Transformar no es solo fusionar instituciones, cambiar organigramas, modificar leyes o crear nuevos reglamentos. Todo eso puede ser necesario, pero no es suficiente. Cambiar lo visible no significa transformar cómo funciona el sistema. Muchas reformas fracasan no por falta de intención, sino porque el sistema las absorbe, las adapta y las neutraliza sin cambiar su forma de decidir, coordinar, evaluar y aprender.
La transformación que el país requiere para enfrentar los desafíos del presente y prepararse para construir el futuro al que aspira debe ser mucho más profunda. Debe comenzar con una pregunta que aún no hemos respondido juntos: ¿para qué educamos en este momento histórico? Sin un modelo educativo claro, la coherencia puede ser solo orden sin rumbo. Podemos administrar mejor el sistema, pero eso no significa que eduquemos mejor.
También es necesario gobernar la educación desde la escuela. La mejora no se ordena desde un escritorio. Sucede donde están los estudiantes, los docentes, los directores, las familias y las comunidades. La escuela no puede seguir siendo el último lugar donde llegan decisiones tomadas lejos de su realidad. Debe convertirse en una verdadera unidad de cambio, con autonomía responsable, liderazgo pedagógico, colaboración profesional y rendición de cuentas.
Esa transformación necesita que cada centro educativo esté bajo el liderazgo de directores que no estén ni se dejen atrapar por la burocracia, que tengan la preparación que le sirva de base al desarrollo del liderazgo que se espera de ellos. También, esta transformación, para ser efectiva, tiene que contar con docentes tratados como profesionales y no solo como ejecutores, pero que también ellos se perciban y actúen como profesionales comprometidos con la deontología de su profesión; se requiere de evaluaciones que sirvan para mejorar y no solo para clasificar; se requieren informaciones confiables para tomar decisiones; cumplimiento real del calendario escolar; apoyo psicosocial y trabajo social para mejorar la convivencia; y una cultura pública que discuta con evidencia, no con sospechas.
No necesitamos menos agua, pero sí agua con cauces que la hagan beneficiosa para nuestra cosecha educativa. Urge construir y poner en funcionamiento canales institucionales, pedagógicos, profesionales, territoriales y éticos que conduzcan el agua hacia los lugares que la hagan más fértil, el terreno donde se cultiva la educación. Canales que lleven cada peso invertido hasta el aula, cada decisión hasta el aprendizaje, cada reforma hasta la práctica y cada promesa hasta la vida real de los estudiantes.
La educación dominicana pidió el 4 % porque se enfrentaba a una sequía real, que todavía no hemos superado. Esa demanda fue justa y necesaria, y lo sigue siendo. Pero una vez que llegó la lluvia presupuestaria, el reto cambió; hoy las necesidades son otras que no se resuelven solo con más presupuesto, sino con una transformación que cambie la forma en que hemos venido haciendo educación hasta ahora. Ya no basta con defender que se destine más presupuesto a la educación. Es urgente y necesario que le demos un verdadero sentido al sistema educativo, orientándolo hacia el aprendizaje real de los estudiantes.
Una de las lecciones de este cuento es que una respuesta puede ser legítima, pero aun así resultar insuficiente o incluso dañina si llega sin medida, sin inteligencia y sin entender el contexto. Remigia no murió por pedir agua. Murió porque el agua llegó sin cauce.
La tarea en República Dominicana no es rechazar la lluvia. Es aprender, por fin, a utilizarla para que fecunde la tierra.
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