Vivimos una época en la que el cambio parece haberse convertido en la única certeza. La aceleración tecnológica, la aparición de la inteligencia artificial generativa, las transformaciones culturales y las nuevas formas de relacionarnos con el conocimiento están generando la necesidad de repensar las prácticas educativas. Aquello que ayer considerábamos innovador hoy puede resultar insuficiente. En el contexto actual, marcado por profundas transformaciones sociales y culturales, surgen preguntas para las que todavía no tenemos respuestas definitivas: ¿qué debería permanecer en la educación cuando todo parece estar cambiando?, ¿cuáles funciones de la educación deberían mantenerse frente a los cambios tecnológicos, culturales y sociales?, ¿qué implica formar ciudadanos críticos, éticos y solidarios en una sociedad saturada de información?, ¿cómo podemos garantizar que la educación sea un derecho humano fundamental y no un privilegio condicionado por el acceso a las tecnologías digitales?, ¿qué aprendizajes son esenciales para vivir, trabajar y participar en el siglo XXI?
Quizás las respuestas no se encuentren exclusivamente en las tecnologías, los currículos o las metodologías que usemos, sino en aquello que constituye la esencia misma del acto educativo: su carácter profundamente humano. Por lo tanto, el foco debería estar en la rehumanización de la práctica educativa en general y de la formación docente en particular, dada su importancia en todos los esclavones del proceso educativo.
Educar no es transmitir conocimientos, a pesar de que muchos formadores, docentes y los propios aprendices así lo consideren. Es, ante todo, un encuentro entre personas, una experiencia de reconocimiento, construcción de sentido y descubrimiento de posibilidades. Supone comprender que detrás de cada estudiante existe una historia, una realidad particular, unas capacidades por descubrir y una dignidad que debe ser reconocida, respetada y valorada. Esta comprensión adquiere especial relevancia en una sociedad que necesita cultivar relaciones humanas significativas debido al avasallante predominio y dominio de las tecnologías digitales.
En este contexto, la formación docente ocupa un lugar decisivo. No podemos aspirar a una educación más justa, inclusiva y transformadora sin preguntarnos qué tipo de docentes estamos formando y, sobre todo, qué concepción de ser humano subyace a esa formación. La calidad educativa no puede reducirse a indicadores de rendimiento, dominio de contenidos o adquisición de competencias instrumentales, que implica educar para saber y, en cierta medida, saber hacer. Aunque estos aspectos son importantes, resultan insuficientes cuando se desvinculan de la sensibilidad ética, el pensamiento crítico, la responsabilidad social y la capacidad de comprender al otro. En cambio, es fundamental educar para vivir y convivir.
Formar docentes es también formar maneras de mirar al ser humano y de relacionarse con el mundo. Un futuro maestro necesita aprender a enseñar, pero también a escuchar, acompañar, comprender y reconocer las múltiples realidades que conviven en un aula. Necesita desarrollar conocimientos pedagógicos sólidos, sin perder la sensibilidad necesaria para advertir que no todos los estudiantes aprenden desde las mismas oportunidades ni enfrentan las mismas condiciones de vida.
Desde esta perspectiva, el humanismo educativo no debe confundirse con una visión romántica de la enseñanza ni con una resistencia a la innovación. Por el contrario, constituye es la base ética sobre la cual podemos levantarnos para valorar críticamente los cambios y decidir cuáles contribuyen verdaderamente al desarrollo integral de las personas, primero como estudiantes y docentes y luego como ciudadanos. La pregunta no debería limitarse a cuánto puede transformar la tecnología nuestras prácticas educativas, sino a cómo podemos aprovechar esas tecnologías sin debilitar los vínculos, la autonomía intelectual y el sentido humano del aprendizaje.
De forma concreta, la inteligencia artificial generativa ofrece posibilidades extraordinarias para ampliar el acceso a la información, diversificar experiencias de aprendizaje y apoyar la labor docente. Sin embargo, debe priorizarse la necesidad de evitar que se reproduzcan las desigualdades educativas, especialmente en nuestra región. Ninguna herramienta tecnológica debería desplazar la responsabilidad de formar personas capaces de pensar por sí mismas, ejercer su libertad con responsabilidad y actuar con conciencia ética.
Esta reflexión adquiere particular importancia en nuestro país, donde se necesita fortalecer los aprendizajes, las condiciones educativas que hacen posible una educación con equidad y sentido social. Formar docentes para esta realidad implica reconocer la diversidad de nuestros contextos, las desigualdades que atraviesan las trayectorias escolares y la necesidad de construir prácticas pedagógicas que no dejen a nadie al margen. En este sentido, la realidad actual requiere un docente humanista.
Un docente con formación humanista comprende que enseñar consiste en desarrollar un programa y, sobre todo, en crear oportunidades para que cada estudiante descubra sus capacidades y pueda proyectar un futuro posible. Reconoce que la autoridad pedagógica se sostiene en el conocimiento y, además, en la coherencia de sus actuaciones, en el respeto que inspira y en su compromiso con el bienestar y el aprendizaje de quienes acompaña.
Con tal fin, el acompañamiento pedagógico constructivista, situado en la práctica y desarrollado desde una relación horizontal, se convierte en una condición indispensable para formar docentes humanistas. No se trata de supervisar, controlar o transmitir recetas, sino de transitar juntos para construir conocimientos, con base en sus saberes y su experiencia previas y el contexto concreto en el que enseña. Desde una perspectiva constructivista, el acompañante actúa como mediador de la reflexión crítica; observa la práctica, dialoga respetuosamente, formula preguntas que problematizan las decisiones pedagógicas y promueve que el docente descubra los supuestos que orientan su acción; en ese proceso aprende de lo que el acompañado ,n su rol recíproco de acompañante horizontal, tenga que decir. Este proceso, situado en el aula y en la escuela, permite que la formación no sea abstracta ni descontextualizada; en cambio, se convierte en una experiencia de aprendizaje profesional vinculada a los problemas reales de los estudiantes, de la comunidad y de la institución.
Por ello, la responsabilidad de las instituciones formadoras de docentes trasciende la preparación técnica y disciplinar. Se deben convertirse en espacios donde se practiquen los valores que esperamos encontrar y reproducir posteriormente en las escuelas: el diálogo, la justicia, la empatía, la cooperación y el respeto a la dignidad humana. Difícilmente podremos formar docentes capaces de acompañar con sensibilidad si durante su propia formación no han experimentado relaciones pedagógicas sustentadas en esos principios.
En tiempos de incertidumbre, educar también exige aprender a convivir con preguntas abiertas. No necesitamos docentes que pretendan tener todas las respuestas, sino profesionales capaces de seguir aprendiendo, revisar sus certezas, reflexionar sobre sus prácticas y construir respuestas colectivas ante problemas complejos. La humildad intelectual, la disposición al diálogo y el compromiso con la mejora continua son expresiones de una formación que reconoce tanto las posibilidades como los límites del conocimiento humano.
La educación en la sociedad actual no puede construirse únicamente desde la fascinación por lo nuevo. Necesita, en cambio, una conciencia clara de aquello que merece permanecer, principalmente, la capacidad de cuidar, el compromiso con la justicia, el valor de la palabra, la construcción de vínculos y el reconocimiento del otro como alguien cuya vida importa, porque, al final, el mayor desafío de la educación contemporánea no consiste solamente en preparar a las personas para adaptarse a un mundo cambiante, sino en formarlas para que sean capaces de transformarlo sin perder su humanidad.
Quizás esa sea una de las responsabilidades más trascendentales de quienes formamos docentes: contribuir a que, en medio de tantas innovaciones, la educación continúe siendo un práctica para construir conocimientos que amplíen las posibilidades humanas para que cada persona encuentre razones para aprender, convivir y construir una sociedad mejor. Todo puede cambiar en la educación, excepto la responsabilidad de reconocer, cuidar y dignificar al ser humano que aprende.
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