“Es tiempo de aprender a liberarnos del espejo eurocéntrico donde nuestra imagen es siempre, necesariamente, distorsionada. Es tiempo, en fin, de dejar de ser lo que no somos” Aníbal Quijano
Todos los días nuestras pantallas nos bombardean con cientos de noticias. Con esa avalancha de información (y desinformación), es fácil perder de vista la importancia de lo que ocurrió el mes pasado en la Asamblea General de las Naciones Unidas. El viernes 4 de septiembre, 164 países (todos los presentes menos EE. UU., que votó en contra y 6 países que se abstuvieron) aprobaron la propuesta de Togo titulada “Corregir el mapa” para sustituir el mapa mundial que se utiliza actualmente por uno que representa las dimensiones reales del continente africano y el resto del mundo.
El cambio podría parecer superficial o hasta una pérdida de tiempo, como lo calificó la representación de EE.UU. en la ONU, especialmente cuando tomamos en cuenta que las resoluciones de la Asamblea General son importantes pero no son vinculantes. O sea, no pueden obligar a los países ni a las personas a hacer lo que plantean. Aun así, la resolución llevará a gran parte de las instituciones en el mundo a dejar de utilizar el famoso mapa Mercator creado por el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator en 1569. Ese es el mapamundi que hemos utilizado internacionalmente desde el siglo XVI, a pesar de que ha sido criticado por años porque reduce las dimensiones de los lugares más cerca del Ecuador, como el continente africano y aumenta las de los más cercanos a los polos, como Norteamérica o Europa. Por eso el mapa Mercator muestra a Groenlandia del mismo tamaño que África, a pesar de que el continente africano es 14 veces mayor. Sí, leyeron bien, 14 veces mayor.
Los mapas, como todas las formas de conocimiento y de representación del mundo, implican decisiones y reflejan los sesgos y las limitaciones de su época. Como destacaron los países, organizaciones y personas involucrados en la campaña #CorrectTheMap (#Corrijanelmapa), África es tan grande que se podría incluir a EE.UU., China, la India, Japón, México y gran parte de Europa en dicho continente y sobraría espacio. Por eso, en 2018, un grupo de cartógrafos creó un mapa con una distribución más cercana a la realidad que denominaron Equal Earth (Tierra Equitativa). Y es que, como destacó el Canciller de Togo, Robert Dussey: “Un mapa nunca es neutral. Moldea las percepciones e influye en cómo se entiende el lugar de los pueblos y los continentes en el mundo”.
La semana en que salió la noticia, conversaba con mis estudiantes sobre el concepto de la colonialidad del poder del sociólogo peruano Aníbal Quijano; uno de los conceptos con los que inicio mis clases cada semestre y les puse la resolución de la ONU como ejemplo. La colonialidad se refiere al hecho de que, aunque el colonialismo ha desaparecido en gran parte del mundo (recordemos que nuestra hermana Puerto Rico y otras naciones siguen siendo colonias), el legado del colonialismo continúa marcando la forma en que el mundo está organizado y la manera en que lo vemos y lo entendemos. Por eso es que tantas personas alrededor del mundo sabemos más sobre Europa o Estados Unidos que sobre continentes y países con menores niveles de ingresos en África, Asia o América Latina. El continente africano es el caso más extremo porque, a pesar de su tamaño (repito, ¡14 veces el tamaño de Groenlandia!) a la mayoría de la gente nos resulta difícil ubicar sus países y ciudades mientras que mencionamos con naturalidad y sabemos ubicar en el mapa ciudades como París, Nueva York, Madrid o Roma, aunque nunca hayamos estado en ellas.
Esa es una de las razones por las que, como decía el mismo Quijano, nos creemos la idea que los conquistadores europeos sembraron en todos los lugares que lograron dominar, de que la civilización europea, sus conceptos y su forma de ver el mundo son y siempre han sido superiores. Como explicaba la experta en violencia y activista feminista Susi Pola en su columna: “La historia del colonialismo se renueva, reciclaje resistente que nos muestra hoy, más que nunca, cómo el capitalismo moderno moldea nuestra mente y nuestra identidad manteniendo la creencia de las regiones subordinadas, como la nuestra, clasificándonos, como ‘inferiores’, ‘ignorantes’ y hasta ‘peligrosas’”.
Por eso es que no aprendemos en la escuela que el sistema de acueductos de Tenochtitlán había resuelto el problema de cómo distribuir agua potable para todo el mundo más de 300 años antes de que lo lograran en Londres. Por eso, también, conocemos a Cleopatra como la seductora sin escrúpulos que nos vendieron los cronistas de la Antigua Roma y no como la gobernante brillante, eficaz y adorada por su gente que hablaba 10 idiomas. Tampoco aprendemos sobre la exquisita civilización islámica que superó en muchos ámbitos a la civilización europea de la Edad Media y que, irónicamente, fue la que conservó los grandes avances de la Grecia y la Roma antiguas mientras Europa los negaba. También por esa razón es que todavía vemos como inferiores a los pueblos originarios alrededor del mundo (en Norteamérica, en Suramérica, en Tailandia, en la India, etc.) que tienen perspectivas mucho más abiertas e inclusivas sobre el género y sobre la sexualidad en vez de la visión impuesta por los colonizadores europeos.
Como explicaba Quijano y siguen estudiando las y los integrantes de la escuela o giro decolonial (que, por cierto, incluye a dos destacadas intelectuales dominicanas, Ochy Curiel y Yuderkys Espinosa), el dominio europeo sobre las condiciones materiales y sobre las ideas también es la razón por la que la raza surgió como categoría durante la conquista violenta de nuestro continente. La esclavitud había existido por milenios como un sistema inhumano de explotación pero cualquier pueblo podía ser esclavizado por haber perdido la guerra ante otro. Pero no es hasta la conquista de América por parte de Europa que la esclavitud se utiliza para explotar y deshumanizar a grupos humanos específicos (los indígenas y luego los africanos) con base en un nuevo sistema de clasificación de la gente.
Este dominio de las ideas es lo que explica que incluso en lugares, como nuestra región, donde murieron millones de personas a causa de los colonizadores europeos, seguimos viendo sus obras como lo más importante de nuestra historia y casi no conocemos la resistencia indígena y africana constante que también dio lugar y sigue sirviendo de base a nuestras sociedades. Contrario a lo que se nos enseña en el sistema educativo formal, el legado de esa resistencia indígena y africana está presente en casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, yendo mucho más allá de la música y el arte. La obra “América Invertida”, que muestra el mapa de América del Sur al revés, del artista uruguayo Joaquín Torres García, representa esa resistencia y nos invita a reimaginar el mundo a partir de ella, en vez de seguir viendo el Norte global como el referente ideal.
En el caso dominicano, como nos recordaba la antropóloga Tahira Vargas, las prácticas comunitarias y de solidaridad que utiliza la gran mayoría de nuestra población provienen del cimarronaje. O sea, de las sociedades libres que construyeron las personas de origen africano que lograban escapar de la esclavitud, con frecuencia con el apoyo de las comunidades indígenas que habían sobrevivido a la conquista. Vargas destaca que “los manieles y palenques pueden considerarse los primeros espacios de autogestión comunitaria en el territorio dominicano”. También enfatiza que las sociedades cimarronas fueron un fenómeno constante y nada marginal durante los siglos que duró la esclavitud, como planteaba el investigador Carlos Esteban Deive. Prácticas como el famoso “san” de ahorro colectivo, las sociedades de ayuda mutua para cubrir los gastos funerarios y las redes de apoyo entre mujeres para turnarse cuidando a los niños y niñas y a las personas mayores y enfermas también provienen de las sociedades cimarronas.
El 12 de octubre que acabamos de conmemorar nos recuerda que todavía continuamos privilegiando el legado europeo en el sistema educativo, en nuestra promoción turística y en la manera en que nos vemos como sociedad. En todos estos espacios, se enfatiza que somos una mezcla de culturas. Pero se minimiza la violencia con la que los conquistadores españoles sometieron a los pueblos indígenas y africanos y borraron sus historias de resistencia. Como mencionaba la misma Tahira en otro de sus artículos, un ejemplo de ese silenciamiento es el de Anacaona quien “aparece en crónicas coloniales, relatos de frailes, documentos administrativos españoles, y en la historiografía moderna, como una de las líderesas taínas más importantes de la región, una guerrera, poetisa, líder estratégica y política que reunió a caciques locales bajo su autoridad y fortaleció la unidad taína en el enfrentamiento a la colonización”. Precisamente por su enorme poder político y simbólico, Nicolás de Ovando no la mandó a asesinar junto con los otros caciques en la matanza de Jaragua, sino que la ejecutaron públicamente en lo que es hoy el Parque Colón.
Sin embargo, el parque no solo no lleva el nombre de Anacaona sino que, en una distorsión nefasta de la historia, se la representa en actitud sumisa a los pies de Colón. Por eso, desde hace años, varios grupos feministas decoloniales y antirracistas han propuesto que se quite la estatua de Colón (como, por cierto, hicieron muchas ciudades en el mundo en el 2020) y se cambie el nombre del parque para honrar a la líder extraordinaria que fue Anacaona. Por eso también es tan importante integrar esta perspectiva crítica en nuestro sistema educativo. Como planteaba Tahira, cuando los pueblos no conocen su propia identidad llegan a ver como normal la explotación, la exclusión y la desigualdad. Cuando no conocemos y honramos a las Anacaonas y a los Lemba, y cómo, sin saberlo, seguimos utilizando sus prácticas de colaboración y solidaridad en el día a día, no podemos imaginar un futuro diferente en el que esas prácticas sean la norma.
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