Quiero agradecer al doctor Ricardo Ramírez, rector de UNICARIBE, por compartir conmigo el anuncio del Programa Nacional de Educación Superior 2026-2030 (PRONES) de México.
Más que una noticia, es una reflexión estratégica del momento preciso que vive la República Dominicana.
Lo que México ha anunciado no es un simple ajuste educativo. Es una señal clara de la dirección hacia la que avanzan los sistemas que entienden la educación como motor de desarrollo. No se trata solo de ampliar el acceso, sino de fortalecer las capacidades científicas, tecnológicas e innovadoras, integrar la inteligencia artificial como tema transversal y vincular estructuralmente la educación superior con los sectores productivos.
En definitiva, estamos ante una redefinición de la relación entre educación, tecnología, economía e innovación. Exactamente el tipo de discusión que necesitamos en este país.
La República Dominicana ante una oportunidad decisiva
Las señales locales son claras. El Gobierno ha planteado la necesidad de una reforma integral del sistema educativo y ha optado por abrir un proceso de diálogo más amplio en lugar de forzar una reestructuración institucional apresurada [1] [2].
Estamos, sin duda, ante una revisión genuina del sistema. Pero este momento exige claridad fundamental: no debemos confundir reorganización con transformación.
Reorganizar puede ser necesario. Integrar puede ser conveniente. Articular puede ser deseable. Pero ninguna de estas acciones, por sí sola, redefine el sentido del sistema educativo. Y sin redefinir su propósito, cualquier cambio corre el riesgo de quedarse en la superficie.
Lo que nos dice la evidencia
El informe del Banco Interamericano de Desarrollo [3] introduce un elemento clave: el territorio como determinante del sistema educativo.
Las brechas no están solo en el acceso, sino también en la ubicación, las condiciones y las oportunidades. La cobertura de educación terciaria en la región ronda el 59 %, pero con profundas desigualdades territoriales. En la República Dominicana, aunque el acceso ha aumentado, persisten altas tasas de deserción, concentración geográfica y débiles vínculos con el sector productivo.
México, por su parte, no solo reconoce estas brechas, sino que responde con un modelo integrado, obligatorio y orientado a resultados.
La universidad: de actor a sistema
La reflexión de Radhamés Mejía, presentada en su reciente artículo «Quo Vadis, Universidad?», añade una dimensión esencial a este debate. La universidad, en su mejor expresión, no es meramente un espacio de formación profesional ni un centro de producción de conocimiento especializado, sino un lugar donde se construye sentido colectivo. En este contexto, la crisis actual no es solo de estructuras o gestión, sino también de articulación.
Como él señala con acierto, el sistema educativo funciona muchas veces como un «espejo roto»: cada actor interpreta una parte del problema desde su propia perspectiva, pero ninguno logra integrar el conjunto. Se avanza, pero no necesariamente en la misma dirección.
Por eso, la pregunta «Quo vadis?» no es técnica ni circunstancial. Es una pregunta de dirección.
Y es precisamente aquí donde el enfoque de Miguel Escotet complementa esta visión. En el contexto de la inteligencia artificial y la transformación del conocimiento, el liderazgo universitario debe actuar como un «arquitecto de equilibrios»: integrar nuevas tecnologías, potenciar capacidades, pero sin perder el juicio ético, la responsabilidad institucional y el sentido de propósito [4].
Entre estas dos visiones emerge una idea poderosa: la universidad no solo debe producir conocimiento y adaptarse al cambio tecnológico, sino también contribuir a definir el rumbo de ese cambio.
Más allá de la UASD: la academia como sistema nacional
El paralelo con México es inevitable. La UNAM no actúa sola; es parte de un ecosistema que influye en la dirección del país.
En la República Dominicana, la UASD tiene un rol histórico, pero el desafío actual es mayor.
La responsabilidad debe ser asumida por toda la academia dominicana, pública y privada, no como instituciones aisladas, sino como un sistema capaz de generar conocimiento, innovación y visión de país.
Gobernanza, credibilidad y supervisión
Aquí emerge un elemento crítico que suele quedar fuera del debate. La academia debe convertirse en un actor creíble, independiente y confiable en la gobernanza nacional.
Al país no le faltan diagnósticos; lo que ha faltado es continuidad, implementación y confianza. En este contexto, la academia puede cerrar esa brecha generando evidencia rigurosa, monitoreando políticas públicas, elevando la calidad del debate y aportando transparencia y rendición de cuentas.
En otras palabras: fortalecer las instituciones a través del conocimiento.
El PRONES de México: una referencia, no una receta
El PRONES 2026-2030 ofrece una hoja de ruta clara. Sus pilares —acceso equitativo, sistema integrado, bienestar estudiantil, investigación e innovación, aprendizaje a lo largo de la vida y financiamiento sostenible— son perfectamente adaptables al contexto dominicano.
Pero no se trata de copiar modelos. Se trata de construir el propio.
Hacia un PRONES-RD 2026-2030
En este contexto, la academia dominicana debe liderar la construcción de un programa nacional con identidad propia y visión de futuro.
Un sistema estructurado sobre cuatro pilares: un eje territorial basado en análisis geoespacial para cerrar brechas; un eje de inteligencia artificial e innovación incorporado de forma transversal y bajo criterios de gobernanza ética; un eje de vinculación productiva que haga de la educación dual un mecanismo real de integración con la economía; y un eje de gobernanza donde la academia asuma un rol protagónico como observadora técnica y articuladora del diálogo nacional.
Educación, innovación y sostenibilidad
La pregunta final no es solo educativa. Es estructural: ¿para qué país estamos educando?
La respuesta apunta a un modelo basado en sostenibilidad, innovación, tecnología y conocimiento. Un modelo que requiere transformar sectores clave como la energía, el turismo, la agricultura, la construcción y la gestión de residuos, integrando eficiencia, resiliencia y visión de largo plazo.
Pero esta transformación no es solo económica ni tecnológica. Es también social y democrática. Porque educar para este modelo significa formar no solo profesionales competentes, sino también ciudadanos críticos, activos y responsables, capaces de comprender su entorno, participar en la vida pública y exigir calidad institucional.
En ese proceso, la inteligencia artificial no es un complemento. Es el acelerador de todo el sistema.
Pero su impacto dependerá, en última instancia, de la calidad de las decisiones humanas, del marco ético que las guíe y del tipo de ciudadanía que seamos capaces de cultivar.
Conclusión
México ha marcado un rumbo, y el BID ha aportado herramientas valiosas. Pero la verdadera oportunidad no reside en los ejemplos externos, sino en nuestra capacidad de formular una respuesta propia, basada en la realidad dominicana.
El desafío que enfrentamos no es solo educativo, sino estructural: integrar conocimiento, innovación, sostenibilidad, gobernanza y ciudadanía en un único proyecto nacional.
Esto implica un esfuerzo colectivo en el que la academia, el Estado, el sector productivo, la sociedad civil y una ciudadanía crítica y activa asuman un rol compartido en la construcción de esa dirección.
El desafío, sin embargo, es mayor de lo que el debate actual sugiere: no basta con reorganizar el sistema educativo. Se trata de transformarlo en un motor de desarrollo que genere conocimiento, fomente la innovación, fortalezca la confianza institucional y cultive ciudadanos críticos y activos, capaces de sostener y exigir este modelo de país.
Cierre
La pregunta es inevitable: Quo vadis, República Dominicana?
La respuesta no vendrá del Estado solo. Debe construirse desde la academia, en conjunto con el sector productivo, la sociedad civil y una ciudadanía crítica y activa, capaz de participar en, exigir y sostener este proceso de manera responsable.
El momento es ahora.
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