LA COHESIÓN SOCIAL

Ibn Jaldún (1332-1406), en su obra La Muqaddimah, dejó una advertencia que aún resuena: las civilizaciones no nacen en los palacios, nacen en los márgenes. No avanzan en línea recta, sino que giran en ciclos donde el impulso vital es la asabiyyah: la cohesión social, el sentido de propósito compartido, la fuerza invisible que mantiene unido al grupo. Sin ella, las sociedades no son más que agregados frágiles, cuerpos sin dirección, a merced de cualquier fuerza que los desborde.

En la República Dominicana, esa cohesión no desaparece durante las campañas electorales, pero sí se distorsiona. Se diluye en una sobreexposición de imágenes, en una ocupación casi total del espacio público, en una estética del exceso que sustituye el vínculo colectivo por la repetición insistente del individuo.

LOS LÍDERES

Toda cohesión necesita un rostro que la encarne, una voz que la articule. Delegamos en líderes la tarea de interpretar la complejidad social, de decidir en momentos críticos, de sostener una visión común. En teoría, ese liderazgo exige claridad, inteligencia emocional, integridad y coherencia.

Pero al salir a la calle en tiempos de campaña, la teoría se diluye en imagen. Los líderes ya no hablan: aparecen. Se multiplican en gran formato, sonríen desde alturas imposibles, ocupan paredes, postes y cables como si el territorio visual fuera una extensión de su candidatura. La ciudad, entonces, no se transforma: se recubre.

Es una superposición constante. Donde antes había cielo, ahora hay rostros. Donde había muros desnudos, ahora hay promesas comprimidas en eslóganes. El espacio público deja de ser un lugar compartido y se convierte, por un tiempo, en una galería saturada de identidades fotoshopeadas.

LA COHERENCIA Y LA CEGUERA SOCIAL

Las campañas, que deberían comunicar ideas, capacidades y soluciones, han sido desplazadas por una lógica más simple y más potente: la del culto a la persona. El candidato se presenta como figura casi providencial, capaz de resolver lo complejo con gestos simples. Y nosotros, inmersos en esa repetición visual, terminamos participando del rito: miramos, aceptamos, defendemos.

El proceso es cíclico y predecible. Cada dos o cuatro años, la ciudad se cubre de carteles, vallas y banderines. No hay pausa ni medida. Cada tramo de cada barrio, cada esquina, cada poste, se convierte en soporte. Es una ocupación total, donde lo monumental y lo improvisado conviven sin jerarquía. No solo lo clásico en la política, sino en instituciones como la UASD y otros gremios, donde la imagen se impone a la realidad.

Hay una dimensión profundamente sensorial en este fenómeno. El brillo del papel recién impreso bajo el sol caribeño, el leve olor químico del adhesivo, el crujido seco de un cartel movido por el viento. Pero esa presencia es efímera. La lluvia arruga las superficies, el polvo apaga los colores, el tiempo rasga las sonrisas. Lo que era imagen termina siendo fragmento.

En el suelo, entre hojas secas y residuos urbanos, quedan restos de campaña: un ojo que aún mira, una cifra incompleta, una promesa rota en dos. La ciudad no solo se cubre: también acumula.

Esta saturación no es inocente. Es una forma de contaminación visual que impone un discurso único, simplificado, donde la imagen sustituye al contenido. Rostros pulidos, retocados, optimizados, a veces irreales, nos ofrecen una versión cuidadosamente construida de lo que queremos ver. Detrás, sin embargo, permanece lo complejo, lo contradictorio, lo no dicho.

La arrabalización no es solo acumulación: es anarquía, saturación sin jerarquía, contaminación visual sin reglas. Vallas monumentales compiten con carteles improvisados, pegados con cinta o engrudo sobre superficies que ya cargaban historia. Los cables eléctricos, tensos y enredados, sirven de soporte involuntario para banderines; los postes, de columna vertebral para una narrativa fragmentada donde cada candidato reclama visibilidad como si fuera urgencia vital. El resultado es una ciudad que se vuelve ruido, incluso cuando está en silencio.

Este fenómeno no es nuevo, pero cada ciclo lo intensifica. La democratización de la propaganda —la posibilidad de imprimir más, pegar más, ocupar más— ha generado una estética de exceso. En lugar de mensajes, predominan los rostros. En lugar de propuestas, los eslóganes breves, casi intercambiables. La política, entonces, se acerca peligrosamente al culto a la persona: el candidato como imagen omnipresente, como promesa encarnada, como marca.

En los barrios, la experiencia es más intensa. Las calles estrechas reducen la distancia, multiplican la presencia. No hay ángulo sin propaganda. La campaña se vuelve atmósfera: acompaña el trayecto diario, invade la rutina, se instala en la mirada.

Y aun así, en medio del exceso, emerge una belleza involuntaria. Las capas de carteles superpuestos revelan elecciones pasadas, como si la ciudad guardara memoria en papel. La contaminación visual es también un archivo efímero que deja sus huellas: un registro de ambiciones, de ciclos que se repiten una y otra vez, de promesas que se desgastan y, como burla, reaparecen cada dos o cuatro años.

Cuando todo termina, el desmontaje es lento. El viento arranca lo que queda suelto, la lluvia borra lo que resiste, el sol termina de decolorar lo persistente. La ciudad, poco a poco, recupera su superficie. Pero no vuelve intacta.

Queda la huella, la mugre.

Y nos preguntamos:

¿Qué revela esta necesidad de ocuparlo todo con un rostro? ¿Liderazgo, carencias, búsqueda de cohesión o un simple simulacro?

Y en ese vacío, mientras los últimos carteles se desprenden y dejan ver el muro original, reaparece —silencioso pero firme— el espacio común: ese que nunca debió ultrajarse ni dejar de pertenecernos, ahora con cicatrices y el hedor de la promesa rota.

Arrabalización durante las campañas públicas y el culto a la persona
Arrabalización durante las campañas públicas y el culto a la persona
Arrabalización durante las campañas públicas y el culto a la persona
Arrabalización durante las campañas públicas y el culto a la persona

Martín Rodríguez Amiama

Ingeniero, Magister Administración de Empresas, Artista del Lente reconocido con algunos de los premios más importantes del país. Invito a descubrir lo cotidiano e invisible a través de mis ojos, experimentar la belleza, la complejidad y diversidad de la vida capturada en cada foto.

Ver más