Venecia es, para el arte, la aduana definitiva del prestigio. En la edición de 2026, bajo el lema "In Minor Keys" de Koyo Kouoh, la República Dominicana vuelve a tocar la puerta de la Bienal con "Iván Tovar: Le Retour".
El surrealismo biomórfico del maestro Tovar regresa a la ciudad donde ya deslumbró en 1972, en un ejercicio de estricta justicia histórica y con un acierto estético y un recordatorio de que nuestra identidad visual tiene la madurez necesaria para dialogar con los cánones globales. Pero, ¿por qué este regreso se siente como un triunfo individual y no como la consolidación de un pabellón nacional permanente?
Nuestra "condición nómada" en los Giardini o el Arsenale no responde a carencia de talento, sino al resultado de una compleja geografía política. Compartimos con países como Ecuador o Paraguay esta intermitencia, participando en la Bienal a menudo bajo la sombra de pabellones de países amigos, o bajo el paraguas de organismos multilaterales, como el Instituto Italo-Latino Americano (IILA). La complicación radica en que Venecia no perdona la falta de planificación a largo plazo. Mantener un pabellón nacional exige una estructura burocrática y financiera que trascienda los periodos gubernamentales; requiere políticas de Estado que vean el arte como la moneda de cambio más valiosa en las relaciones internacionales. Otros países de la región han logrado romper este ciclo mediante leyes de mecenazgo robustas o fundaciones que operan con autonomía del poder político, algo que todavía nos encontramos explorando.
Nuestra relación con la Bienal ha tenido destellos de brillantez en otras disciplinas. En la Bienal de Arquitectura, pasamos de analizar el impacto del concreto (2014) a la delicadeza orgánica del tabaco con Lidia León (2021). Sin embargo, en disciplinas como la danza, el teatro o la música, la República Dominicana sigue siendo una sombra. Cabe preguntarse si en algún momento veremos a un curador dominicano liderando una de estas secciones. El talento en la danza contemporánea es innegable, pero para llegar a la Bienal de Danza no basta con bailar bien; hace falta una gestión cultural que conecte esos cuerpos con los circuitos de pensamiento europeo.
La Fundación Iván Tovar es el prisma necesario que proyecta la luz del maestro con precisión quirúrgica. Ha demostrado que la voluntad institucional y el rigor técnico pueden romper cualquier techo de cristal. La exposición "Iván Tovar: Le Retour", que cuenta con el respaldo estratégico del sector público y financiero, es el modelo de lo que la diplomacia cultural de alto nivel debe ser: el uso de un legado como la llave maestra para abrir puertas que, para otros, permanecen cerradas con doble candado.
¿Es esta exitosa participación el inicio de una inercia institucional o quedará archivada como una inversión aislada?
Para evitar ser esos "turistas de lujo" que alquilan palacetes, la República Dominicana necesita transitar hacia un modelo de triangulación institucional. Tomemos como inspiración el éxito reciente de Panamá, que ha logrado consolidar un pabellón nacional propio mediante una alianza férrea entre su Ministerio de Cultura y una estructura técnica permanente. Nuestro país requiere la creación de un comisionado de la Bienal, con presupuesto plurianual que permita profesionalizar la selección mediante concursos abiertos y asegurar espacios estratégicos con años de antelación. Solo así la presencia en Venecia dejaría de ser un evento de agenda para convertirse en una política de Estado.
La exposición de Tovar es el fósforo: una ignición de rigor místico. El maestro, fallecido en el 2020, pero cuyas obras están más vivas que nunca, ya ha aportado la luz necesaria para validar nuestra identidad visual en la vitrina del arte más exigente del mundo. Ahora le toca a la gestión cultural decidir si quiere capitalizar este prestigio de forma permanente o si prefiere que nos retiremos de la Laguna, una vez más, como el flâneur de Machado, que obtuvo la gloria de pasar pasando, dejando sendero, en el elegante anonimato, que es el modo de no pasar.
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