En julio de 2018 tuve el privilegio de llevar al expresidente dominicano Leonel Fernández a conocer a Don Gino Belleri en la histórica Librería Leoniana de Roma.
No era una visita protocolar.
Era el encuentro entre un hombre de Estado que siempre ha cultivado la lectura y uno de los grandes guardianes de la cultura católica romana del último medio siglo.
La fotografía de aquel día conserva algo más que un recuerdo.
Aparecemos rodeados de libros, entre los estantes de la Leoniana, acompañados por colaboradores y amigos.
Don Gino, ya muy avanzado en edad, seguía irradiando la misma vitalidad intelectual que había atraído durante décadas a cardenales, profesores universitarios, diplomáticos, periodistas y políticos italianos.
Quien no conoció aquel lugar difícilmente puede comprender lo que significó para generaciones enteras de hombres de Iglesia y de Estado.
La Librería Leoniana se encontraba a pocos pasos de la Plaza de San Pedro.
Desde el exterior parecía una librería especializada en temas religiosos. En realidad, era una institución cultural.
Allí se conseguían obras difíciles de encontrar, documentos eclesiásticos, textos de filosofía, historia, teología y ciencias sociales. Pero, sobre todo, se encontraba a Don Gino.
Con el tiempo comprendí que Don Gino era mucho más que un librero.
Era un consejero intelectual. Sabía qué libro recomendar a un cardenal, qué obra podía interesar a un diplomático y qué autor debía leer un joven sacerdote.
Había conocido personalmente a figuras fundamentales de la Iglesia contemporánea y era depositario de innumerables anécdotas que iluminaban la historia desde ángulos desconocidos.
Pablo VI
Una de las que más me impresionó fue la que se refería a Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI.
Don Gino había sido ordenado sacerdote por Montini cuando este era arzobispo de Milán. La relación continuó después de que fuera elegido papa.
En una conversación que sostuvimos años más tarde, Don Gino me contó que Pablo VI le insistía con frecuencia en la necesidad de promover la lectura dentro de la Curia Romana.
Según su relato, el papa solía lamentarse del escaso nivel cultural de muchos funcionarios eclesiásticos.
Con una franqueza que sorprendía incluso a quienes lo conocían bien, decía que muchos eran «ignorantes e incultos» y que debían leer más.
No se trataba de una observación superficial. Pablo VI era probablemente uno de los pontífices más cultos del siglo XX. Había leído ampliamente literatura francesa e italiana, seguía con atención los debates filosóficos contemporáneos y consideraba que la Iglesia debía dialogar permanentemente con la cultura. Para él, la fe sin formación intelectual corría el riesgo de empobrecerse.
Por eso alentaba a Don Gino a poner libros en las manos de obispos, sacerdotes y miembros de la Curia.
La Librería Leoniana se convirtió así en una especie de academia informal donde las novedades editoriales circulaban entre quienes ocupaban responsabilidades en la Iglesia universal.
Aquella preocupación por la cultura también explica por qué Don Gino llegó a convertirse en amigo de algunas de las figuras más importantes de la política italiana.
Francesco Cossiga
Entre ellas destacó Francesco Cossiga.
Con motivo de la muerte de Cossiga en 2010, Don Gino recordó públicamente su larga amistad en una entrevista concedida al diario italiano Il Tempo.
Allí relató que durante años el futuro presidente de la República acudió regularmente a la Librería Leoniana para pedir consejo sobre sus lecturas. Cossiga poseía una sólida formación anglosajona, estaba interesado en el derecho eclesiástico, el derecho internacional, los Padres de la Iglesia y tenía una especial admiración por el cardenal Newman.
Además, los libros eran el regalo que más le gustaba ofrecer a sus amigos. Il Tempo – Prima uscita da presidente alla Libreria Leoniana.
Don Gino recordaba con particular emoción la mañana del 24 de junio de 1985.
Ese día Cossiga pasó por la librería antes de ser elegido presidente de la República Italiana.
Compró varios libros para regalarlos a colegas como Giovanni Spadolini, Giulio Andreotti y Nilde Iotti.
Cuando Don Gino le dijo que probablemente tardarían mucho en volver a verse, Cossiga respondió: «No se preocupe, volveré pronto».
Y cumplió la promesa.
Según el propio Don Gino, la primera salida privada que realizó desde el Quirinal después de asumir la Presidencia tuvo como destino la Librería Leoniana.
Aquella anécdota dice mucho sobre la personalidad de Cossiga.
El hombre que años después se autodefiniría como il picconatore, el «demoledor» de las viejas estructuras de la Primera República italiana, seguía siendo antes que nada un lector.
Aldo Moro
Sin embargo, la figura que aparece inevitablemente en cualquier conversación sobre Cossiga y Pablo VI es la de Aldo Moro.
Moro era mucho más que un dirigente de la Democracia Cristiana. Era uno de los amigos más cercanos de Pablo VI. Compartían una misma visión del humanismo cristiano y una misma preocupación por el destino moral de Italia. Su amistad se había consolidado durante décadas de diálogo intelectual y colaboración pública.
Cuando Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas el 16 de marzo de 1978, Pablo VI vivió aquellos cincuenta y cinco días con una angustia extraordinaria. Siguió cada noticia, cada intento de negociación y cada esperanza de liberación. Llegó incluso a escribir una carta pública a los terroristas implorando la salvación de su amigo.
El asesinato de Moro el 9 de mayo de 1978 provocó en el papa un dolor inmenso. Quienes lo rodeaban observaron una profunda tristeza en los meses siguientes. Durante la ceremonia religiosa celebrada en memoria de Moro, Pablo VI pronunció una de las oraciones más conmovedoras de todo su pontificado. No hablaba únicamente el sucesor de Pedro. Hablaba un amigo devastado por una pérdida irreparable.
Menos de tres meses después, el 6 de agosto de 1978, Pablo VI fallecía en Castel Gandolfo.
Ningún historiador serio sostiene que la muerte de Moro fuera la única causa de su fallecimiento.
El papa tenía ochenta años y padecía problemas de salud desde tiempo atrás.
Pero existe un amplio consenso entre sus biógrafos en que aquella tragedia le produjo una herida emocional profunda que aceleró el agotamiento de sus últimas fuerzas.
Por eso, cuando recuerdo las conversaciones con Don Gino, las visitas a la Librería Leoniana y aquel encuentro de julio de 2018 con Leonel Fernández, vuelven a mi memoria estas cuatro figuras unidas por un hilo común: Pablo VI, Aldo Moro, Francesco Cossiga y el propio Don Gino.
El papa que creía que los hombres de Iglesia debían leer más.
El estadista cuya muerte lo quebrantó emocionalmente.
El presidente de la República que encontró en una librería uno de sus refugios favoritos.
Y el sacerdote librero que, desde un pequeño local cercano al Vaticano, fue testigo privilegiado de una parte importante de la historia intelectual y política de Italia.
Años después, al contemplar las fotografías de aquella visita, de los encuentros con peregrinos dominicanos en la Plaza de San Pedro, de las reuniones en la residencia diplomática dominicana junto a la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia y de los momentos de recogimiento personal en Roma, comprendo mejor el significado de la Librería Leoniana.
No era simplemente una tienda de libros.
Era un lugar donde la cultura se encontraba con la fe, donde la política dialogaba con la historia y donde hombres tan distintos como Pablo VI, Aldo Moro, Francesco Cossiga, cardenales, embajadores, profesores universitarios y jefes de Estado podían coincidir alrededor de una misma convicción: que los libros siguen siendo una de las formas más profundas de comprender al ser humano y de servir mejor a la sociedad.
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