La victoria militar no completa una conquista.

Puede derrotarse una fuerza adversaria, ocupar temporalmente una posición o imponer superioridad sobre determinado espacio. Pero mientras esa ventaja no pueda mantenerse, administrarse y reproducirse, continúa siendo esencialmente circunstancial.

Ese fue el problema que enfrentaron los castellanos en La Española después de las operaciones militares de 1494–1495.

Habían demostrado capacidad para penetrar hacia el interior y enfrentar concentraciones indígenas. Ahora debían resolver una cuestión mucho más compleja: cómo transformar superioridad militar en dominio territorial permanente.

Aquí comienza otra fase fundamental de nuestra Historia Militar.

Vencer no era suficiente

La derrota de fuerzas indígenas alteró la correlación de poder existente en la isla, pero no eliminó automáticamente las estructuras políticas indígenas ni proporcionó a los castellanos control efectivo sobre todo el territorio.

Había que permanecer.

Había que vigilar.

Había que abastecer las posiciones.

Había que mantener comunicaciones.

Había que obtener recursos.

Y, sobre todo, había que conseguir que las decisiones de la autoridad castellana pudieran proyectarse más allá del lugar donde se encontraban físicamente sus hombres.

Esta diferencia entre victoria y control resulta esencial.

Una batalla puede decidirse en horas.

El dominio territorial necesita tiempo.

La fortificación comenzó a convertirse en sistema

Las posiciones castellanas adquirieron entonces una función que superaba la defensa inmediata.

La Isabela había constituido una base costera.

Santo Tomás había servido como posición avanzada hacia el interior.

Pero progresivamente aparecieron otros puntos de apoyo que permitían extender la presencia castellana.

Desde una perspectiva histórico-militar, debemos observarlos como partes de una red territorial en formación.

Una fortificación aislada puede ser vulnerable.

Varias posiciones comunicadas entre sí producen algo diferente: permiten desplazamiento, abastecimiento, refugio, vigilancia y proyección de fuerza.

El territorio comenzaba así a ser reorganizado militarmente.

No se trataba todavía de una ocupación uniforme de toda La Española.

Se trataba de controlar determinados puntos desde los cuales podía ejercerse influencia sobre espacios mucho mayores.

Controlar puntos para controlar espacios

Esta lógica aparece repetidamente en la historia militar.

No siempre es necesario ocupar físicamente cada parte de un territorio.

En determinadas circunstancias resulta suficiente controlar los lugares que permiten desplazarse, abastecerse, comunicarse y proyectar poder.

Los castellanos comenzaron a aplicar, aun sin formularla teóricamente, esa lógica.

Los asentamientos y fortificaciones constituían nodos.

Los caminos constituían conexiones.

Las guarniciones proporcionaban seguridad.

La información permitía anticipar amenazas.

Y las alianzas locales continuaban reduciendo las limitaciones de una fuerza numéricamente pequeña.

El espacio comenzaba a adquirir una arquitectura militar.

El tributo transformó la naturaleza del dominio

Pero el cambio más importante no ocurrió solamente en las fortificaciones.

Ocurrió en la relación entre poder militar y recursos.

Después de las operaciones de 1495, los castellanos avanzaron en la imposición de obligaciones tributarias sobre poblaciones indígenas.

En determinadas áreas vinculadas al oro, el tributo se relacionó con ese recurso; en otras zonas se exigieron productos como algodón.

Este fenómeno debe analizarse cuidadosamente.

El tributo no era simplemente una medida económica.

Era también una manifestación de poder.

Para exigir periódicamente recursos a una población era necesario poseer capacidad para imponer la obligación, supervisar su cumplimiento y responder frente a quienes la rechazaran.

La fiscalidad comenzaba así a depender de la coerción.

Y la coerción comenzaba a producir recursos que podían contribuir al sostenimiento del propio sistema.

De la guerra a la administración

Aquí encontramos una transformación histórica fundamental.

La fuerza militar había permitido penetrar el territorio.

La penetración había permitido establecer posiciones.

Las posiciones facilitaban el control.

Y el control comenzaba a permitir la extracción regular de recursos.

La conquista entraba así en una nueva dimensión.

La guerra comenzaba a producir administración.

Este proceso resulta esencial para comprender cómo se construyen históricamente los sistemas de dominación.

Una fuerza expedicionaria consume recursos.

Una estructura de ocupación intenta obtenerlos del territorio ocupado.

Cuando eso ocurre, cambia completamente la naturaleza de la presencia militar.

El territorio debía sostener la ocupación

Los castellanos habían llegado desde el otro lado del Atlántico.

Aquella distancia constituía una enorme limitación estratégica.

Hombres, animales, armas, herramientas y determinados abastecimientos podían llegar desde Europa, pero una presencia permanente no podía depender indefinidamente de comunicaciones marítimas largas, costosas e irregulares.

La isla tenía que comenzar a sostener la ocupación.

Alimentos, oro, algodón y otros productos adquirieron entonces una importancia que superaba su valor económico.

Se convirtieron en recursos estratégicos.

Aquí aparece nuevamente la logística.

Una fuerza puede poseer superioridad tecnológica y, sin embargo, fracasar si no consigue alimentarse, reemplazar recursos y mantener sus posiciones.

La experiencia de La Navidad había proporcionado la primera advertencia.

Ahora los castellanos intentaban construir mecanismos para evitar aquella vulnerabilidad.

La población indígena comenzó a soportar el costo del sistema

Pero todo sistema de extracción tiene consecuencias.

El tributo alteraba actividades productivas, imponía nuevas obligaciones y modificaba relaciones sociales existentes.

Las poblaciones indígenas no solamente enfrentaban una fuerza exterior militarmente superior en determinados aspectos.

Comenzaban también a soportar las exigencias económicas derivadas de su presencia.

Este cambio resulta fundamental.

La dominación ya no se manifestaba únicamente cuando aparecían hombres armados.

Comenzaba a hacerse presente en la vida cotidiana.

Había que entregar recursos.

Había que producirlos.

Había que responder ante autoridades que anteriormente no formaban parte del orden político de la isla.

La conquista penetraba así desde el campo militar hacia las estructuras económicas y sociales.

La resistencia no desapareció

Sería un error interpretar las derrotas indígenas como desaparición de la resistencia.

La imposición de tributos y el avance de las posiciones castellanas generaron nuevas tensiones.

Algunas comunidades negociaron.

Otras se desplazaron.

Otras resistieron.

Las respuestas continuaron dependiendo de circunstancias locales, relaciones entre cacicazgos, posibilidades militares y estrategias de supervivencia.

Por ello tampoco debemos hablar de una conquista instantánea.

El proceso fue desigual.

Hubo espacios controlados con mayor intensidad y otros donde la capacidad castellana era mucho más limitada.

La geografía continuaba condicionando el poder.

Del norte hacia el sur

Otro cambio estratégico comenzó a producirse.

La Isabela había situado inicialmente el centro de gravedad castellano en la costa norte.

Pero la búsqueda de recursos, las dificultades del asentamiento y la necesidad de ampliar el control territorial fueron desplazando progresivamente la atención hacia otras regiones.

La zona del Ozama adquirió creciente importancia.

Allí comenzó a desarrollarse un nuevo establecimiento que terminaría convirtiéndose en Santo Domingo.

El cambio no fue solamente urbano.

Fue estratégico.

La ubicación proporcionaba nuevas posibilidades de comunicación marítima y permitía proyectarse hacia áreas meridionales de la isla.

El centro de gravedad de la ocupación comenzaba a desplazarse.

Jaragua mostró otra forma de expansión

La penetración castellana tampoco se produjo exclusivamente mediante batallas.

La expansión hacia Jaragua demuestra que la negociación, la demostración de fuerza y la imposición de obligaciones podían combinarse.

Bohechío, autoridad principal de aquella región, terminó aceptando obligaciones tributarias que, dadas las características productivas de su territorio, podían cumplirse mediante algodón, casabe y otros productos.

Esto permite identificar una característica importante del poder colonial naciente.

No existía un único mecanismo de sometimiento.

La guerra era uno.

La negociación era otro.

La alianza podía ser otro.

El tributo terminaba convirtiéndose en expresión concreta de la nueva relación de poder.

El poder militar comenzaba a producir poder político

Este proceso permite formular una observación central desde nuestra metodología de Historia Militar Dominicana.

El poder militar adquiere trascendencia histórica cuando sus efectos superan el campo de batalla.

La victoria de 1495 había modificado una correlación militar.

Pero las fortificaciones, guarniciones, caminos, tributos y nuevos asentamientos comenzaron a modificar la estructura política del territorio.

La capacidad militar estaba produciendo capacidad administrativa.

Y la capacidad administrativa permitía ampliar la extracción de recursos.

Se estaba formando un circuito de poder.

Pero el sistema tenía una debilidad

A primera vista, la posición castellana parecía fortalecerse.

Había nuevas posiciones.

Existían mecanismos tributarios.

La penetración territorial continuaba.

El centro de gravedad comenzaba a desplazarse hacia el Ozama.

Pero debajo de aquella expansión existía una vulnerabilidad que pronto se haría evidente.

Los castellanos no constituían un bloque homogéneo.

Había diferencias de intereses.

Había escasez.

Había enfermedades.

Había descontento.

Había disputas por autoridad, recompensas y recursos.

Y esas contradicciones podían resultar tan peligrosas para el sistema como la resistencia indígena.

La siguiente gran crisis de la conquista no surgiría solamente de quienes estaban siendo sometidos.

Surgiría también desde el interior de la propia fuerza conquistadora.

La rebelión de Francisco Roldán demostraría que ningún sistema militar puede sostenerse únicamente mediante superioridad frente al adversario: necesita también cohesión interna, legitimidad del mando y capacidad para administrar sus propios conflictos.

La conquista estaba construyendo poder.

Pero al mismo tiempo comenzaba a producir sus propias contradicciones.

Justo Del Orbe

General retirado

Justo Del Orbe Piña, Gral. ®, Ejercito de República Dominicana, Historiador Militar. Geo-politólogo.

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