Hay momentos en que una ciudad cambia de paisaje sin que sus calles, avenidas y parques se transformen. Es suficiente con que aparezcan los libros, las conversaciones, los autores y las historias para que el espacio cotidiano adquiera otra dimensión. En tal virtud, eso ocurre con la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026 (FIL), cuya XXVIII edición reunirá, del 24 de septiembre al 4 de octubre de 2026, en nuestra emblemática Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, a escritores, lectores, estudiantes, editoriales y representantes de diversas expresiones artísticas.

Esta edición tiene dos nombres que merecen una mirada particular. José Mármol, Premio Nacional de Literatura 2013, será el autor homenajeado, mientras Panamá tendrá la condición de país invitado de honor. No son dos referencias colocadas en el programa para cumplir con una formalidad. La presencia del poeta y ensayista José Mármol permite mirar hacia una trayectoria fundamental de la poesía y el pensamiento dominicanos de las últimas décadas, mientras que la participación panameña abre una ventana hacia una producción literaria y artística con la que compartimos región, historia y algunas preocupaciones, aunque cada sociedad las exprese desde sus propias circunstancias.

Mármol pertenece a esa generación de escritores para quienes la poesía nunca ha estado demasiado lejos de la reflexión. En sus textos conviven la preocupación por el lenguaje, las preguntas filosóficas y una permanente exploración de la condición humana. Su escritura ha transitado por distintas etapas sin abandonar una característica esencial: la búsqueda de sentido. Por consiguiente, homenajear a un autor que ostenta el Premio Nacional de Literatura implica reconocer una trayectoria de especial relevancia dentro de nuestras letras, pero también poner su obra nuevamente frente a los lectores, especialmente frente a quienes todavía no han tenido la oportunidad de acercarse a ella.

En tal sentido, este segundo aspecto me parece particularmente valioso. Los homenajes literarios adquieren verdadero significado cuando consiguen que una obra vuelva a circular. El reconocimiento institucional puede durar una jornada; una página leída por primera vez puede quedarse durante años. Un joven que se acerque a un poema de Mármol por curiosidad, porque un profesor se lo recomendó o simplemente porque lo encontró entre las actividades de la feria, puede establecer con ese autor una relación que ninguna ceremonia podría producir.

Algo parecido puede ocurrir con Panamá. Su condición de país invitado de honor ofrece la posibilidad de conocer otras voces de nuestra misma región sin tener que buscarlas necesariamente en grandes circuitos internacionales. La literatura panameña llegará acompañada de creadores y expresiones artísticas que permitirán mirar ese país desde ángulos distintos a los que suelen ocupar las noticias. Un país no se conoce solamente por su geografía, su economía o su historia oficial; también se conoce por las historias que sus habitantes cuentan sobre sí mismos.

Por todo lo antes expuesto, ese intercambio tiene particular interés para el Caribe y Centroamérica, territorios próximos que muchas veces han vivido de espaldas unos a otros. Compartimos mares, migraciones, procesos históricos y una intensa mezcla cultural, pero todavía conocemos poco de determinadas expresiones intelectuales de nuestros vecinos. La Feria puede contribuir a disminuir esa distancia. Escuchar a un escritor panameño hablar de su sociedad o descubrir cómo un poeta interpreta su paisaje puede revelar semejanzas inesperadas y, al mismo tiempo, diferencias que enriquecen la conversación.

Hay otra razón para mirar con atención este acontecimiento. La relación de las nuevas generaciones con la lectura ha cambiado. No tendría sentido ignorarlo ni lamentarlo como si el pasado pudiera regresar. Los jóvenes leen en pantallas, consultan contenidos digitales, escuchan audiolibros, siguen autores en redes sociales y combinan distintas formas de acercarse al conocimiento. En esta concepción, el desafío no consiste en enfrentar esas herramientas con el libro impreso, sino en conseguir que ninguna de ellas sustituya la capacidad de pensar con detenimiento y construir una mirada propia.

La velocidad de la comunicación contemporánea ha hecho que muchas veces conozcamos una opinión antes de conocer los argumentos que la sostienen. Pasamos de un titular a otro, de una imagen a otra y de una discusión a la siguiente sin disponer siempre del tiempo necesario para comprender aquello que estamos consumiendo. En tal virtud, la lectura prolongada introduce una pausa distinta. Permite acompañar una idea, regresar sobre una frase, establecer relaciones y descubrir que una respuesta aparentemente sencilla puede esconder un problema mucho más complejo.

Por consiguiente, una feria literaria también tiene una dimensión educativa. No hace falta que todos sus visitantes aspiren a convertirse en escritores. Basta con que alguno encuentre un texto que le despierte curiosidad, una conferencia que le provoque una pregunta o una conversación que lo lleve a buscar información por su cuenta. La educación no ocurre únicamente dentro de las aulas. También sucede cuando una persona descubre algo que no sabía que quería conocer.

La Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte ofrece, además, un escenario especialmente apropiado para ese cruce. En sus espacios conviven instituciones dedicadas al patrimonio, las artes y el conocimiento. Durante la feria, ese entorno adquiere una dinámica diferente: las personas llegan por un libro y terminan escuchando música; entran a una actividad y descubren una exposición; acompañan a un familiar y terminan participando en una conversación. La experiencia no tiene por qué seguir un recorrido establecido. Parte de su atractivo está precisamente en aquello que aparece sin haber sido buscado.

También resulta importante que una actividad de esta magnitud pueda trascender a quienes ya poseen hábitos de lectura y frecuentan librerías, bibliotecas y encuentros literarios. Si la participación se concentra únicamente en ese público, se estaría dejando fuera a otros sectores que también pueden encontrar en el libro una oportunidad para acercarse al conocimiento y a la cultura. El verdadero desafío está en ampliar ese encuentro y propiciar que quienes todavía no tienen una relación habitual con la lectura puedan descubrirla. En ese propósito, las escuelas, los colegios, las instituciones de educación superior, las familias, las bibliotecas y los distintos espacios comunitarios desempeñan un papel fundamental para estimular ese primer acercamiento y fortalecer posteriormente el vínculo con el libro.

Una feria puede vender miles de ejemplares y, sin embargo, su mayor resultado estar en otra parte. Puede estar en una estudiante que descubre que quiere estudiar literatura; en un adolescente que encuentra una novela que le hace compañía durante una etapa difícil; en un profesor que incorpora una nueva obra a sus clases; en un lector que vuelve a buscar después de muchos años al autor que alguna vez lo acompañó. Esas consecuencias son silenciosas y no siempre caben en una estadística, pero forman parte del verdadero movimiento de una actividad cultural.

La presencia de José Mármol permite mirar hacia nuestra propia tradición intelectual; Panamá nos invita a mirar hacia fuera. Entre ambas referencias aparece una posibilidad interesante: leer desde aquí sin encerrarnos en nosotros mismos. Conocer lo dominicano sin convertirlo en una frontera y acercarnos a otras culturas sin perder nuestra propia perspectiva.

Tal vez ese sea uno de los mayores atractivos de esta vigésima octava edición. No llegar a la Plaza de la Cultura únicamente para asistir a un programa, sino permitir que el recorrido produzca algún descubrimiento. Una conversación inesperada. Un nombre desconocido. Un libro que no estaba en la lista. Una idea que obligue a detenerse un momento.

Porque los libros tienen una particularidad que los diferencia de muchas otras formas de entretenimiento: no terminan necesariamente cuando cerramos la última página. Algunas historias continúan acompañándonos; determinadas frases reaparecen cuando una situación de la vida las vuelve pertinentes; ciertos autores regresan después de años, cuando nosotros mismos hemos cambiado lo suficiente para leerlos de otra manera.

Por todo lo antes expuesto, del 24 de septiembre al 4 de octubre, Santo Domingo tendrá nuevamente esa oportunidad de encuentro. José Mármol ocupará el centro del homenaje y Panamá tendrá un lugar especial como país invitado de honor. Habrá escenarios, presentaciones, conversaciones y múltiples expresiones artísticas. Pero cada visitante llegará con una experiencia distinta y saldrá con otra, aunque solo sea porque encontró una página que antes no conocía.

Quizá ahí esté la parte más interesante de una feria del libro: nadie puede determinar de antemano cuál será el encuentro que terminará importándole a cada lector. Y eso deja abierta una posibilidad que ninguna programación puede controlar por completo: que entre tantos títulos, tantas voces y tantos rostros, alguien encuentre justamente aquello que necesitaba leer.

Víctor Ángel Cuello

Docente UASD

Publicista, docente universitario y dirigente social. · Docente de la Escuela de Crítica e Historia del Arte de la Facultad de Artes, UASD. · Asistente técnico de la Vicerrectoría de Extensión, UASD. · Miembro activo de organizaciones de servicio social y comunitario.

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