Reconozco mi ignorancia en muchos temas, acerca de los cuales procuro siempre no opinar, pues qué arrogante es el ignorante que opina sobre aquello que no conoce y, sobre todo, cuando ostenta cierto poder, con frecuencia el poder de un micrófono sea o no, comunicador certificado. Opinar, no es conocer con certeza.
En mi juventud, muchas veces, pequé de arrogante, pues creía tener respuesta a casi todas las preguntas. Con los años, cada vez hago más conciencia que lo que más han crecido en mí son las dudas. Algunas certezas de antes han pasado a formar parte de las dudas hoy. Mientras más conozco, más dudas afloran en mí.
Hace varios años, una mujer a quien admiré y respeté siempre, sobre todo porque desarrolló su vida en un mundo del predominio masculino, sin que ninguno de ellos opacara su pensamiento y, mucho menos, su ser, al presentarme a la amiga que le acompañaba dijo:
“Él es Leo Valeirón, que acerca de lo que hace es referente en el país, y me atrevo a decir, que de otros países de América Latina (siento que se pasó), pero – dijo ella- es demasiado humilde, y no se hace “valer”.
Por supuesto, agradecí el gesto, pero le dije, “no exagere”; y sí, lo soy, creo, y eso lo aprendí de mi madre, una mujer extraordinaria, cuyas palabras –generalmente muy pocas- siempre estaban llenas de una sabiduría exquisita, que, aunque no letrada, encerraban lecciones de ética, de moral y buenas costumbres.
De ella aprendí a reconocer lo que sé, de aquello que desconozco y, sobre todo, lo que otros pueden enseñarme.
Viví en una familia muy particular, como imagino son particulares todas las familias. Tuve una madre que completó la escuela primaria, pero me llamaba la atención dos cosas: su caligrafía, bella; pero, al mismo tiempo, una lectora permanente. En los ratos en que los quehaceres domésticos se lo permitían, siempre la vi leyendo.
Mi padre, un ebanista extraordinario, diría, un artista de la madera que, de igual manera, tenía una caligrafía impecable, y era un lector principalmente de filosofía. Me introdujo, siendo apenas un adolescente, en ese fascinante mundo, leyendo los Diálogos de Platón, José Ingenieros, entre otros.
Muchas veces lo veía totalmente ensimismado con La Razón Pura y la Razón Práctica de Kant. No sé cuánto podía entender de aquello, pero en más de una ocasión, me hizo referencias a otros autores, que también leía, advirtiéndome de sus limitaciones al abordar algún tema, comparándolo con alguna frase reflexiva de Enmanuel Kant.
Definitivamente, la escolaridad no es sinónimo de sabiduría, como tampoco los títulos académicos garantizan humildad intelectual, tan necesaria hoy.
En ese ambiente, todos éramos lectores. A una de mis hermanas, le teníamos el sobrenombre de enciclopedia o diccionario ambulante, pues no nos pasaba una, cuando el uso inadecuado de un término afloraba en nuestros decires.
La humildad es un don, una cualidad, una virtud humana que nos coloca ante la vida en una actitud de reconocimiento de nuestras propias limitaciones y debilidades, guiando nuestro actuar en ese sentido. La persona humilde es modesta, no se siente más importante o mejor a las otras. Se valora y valora a los demás, en su justa medida.
Es una virtud que se ve disminuida en ciertos ambientes en el cual predomina sobre todo la soberbia, ese sentimiento o actitud de sentirse superior y por encima de los demás, acompañado del deseo desordenado de ser preferida y, por supuesto, con un cierto menosprecio del otro.
¿Qué sucede cuando la arrogancia se instala en la política, los medios de comunicación, las academias o las demás instituciones?
Vivimos una época en donde parece más importante tener una opinión sobre las cosas que disponer de los conocimientos necesarios para comprenderlo. Así, el micrófono, la pantalla y, más reciente, las redes sociales, han multiplicado las voces, aunque no necesariamente la reflexión, la prudencia y mucho menos, la sabiduría.
Sin embargo, admitámoslo, la ignorancia, en sí misma, no constituye un defecto moral. Todos, de alguna manera, somos ignorantes respecto de innumerables cuestiones. El mayor problema viene dado cuando desconociendo nuestras propias limitaciones, pretender imponer nuestras opiniones como verdades.
Hagamos la distinción necesaria: no es la ignorancia la que debe avergonzarnos, más bien, la arrogancia de quien, ignorando, presume saber.
Acompañada del poder, la arrogancia puede tener consecuencias mayores. Quien se cree saberlo todo no solo no escucha, sino que además difícilmente aprende, convirtiendo sus propias limitaciones en decisiones que pueden afectar mucho la vida de los demás.
Con los años he aprendido a valorar cada vez más a aquellas personas capaces de decir “sobre eso, no sé”; a quienes, antes de juzgar, preguntan; a quienes, antes de responder, escuchan; y, por supuesto, a quienes reconocen que siempre tienen algo de qué aprender y del alguien de quien aprender.
Mis padres, que no tenían títulos académicos, me enseñaron mucho más que el valor de la lectura. Me enseñaron, con sus vidas, que el conocimiento no debería conducirnos a sentirnos superiores a los demás, más bien, a comprender mejor nuestra propia condición humana.
Hoy, a mis setenta y cinco, casi, setenta y seis años de vida, mis antiguas certezas, sobre todo de juventud, se han convertido en preguntas, en dudas. Quizás la verdadera sabiduría empieza cuando somos capaces de reconocer, sin vergüenza y, muchos menos, sin arrogancia, nuestra propia ignorancia de muchas cosas.
Por el momento, termino con la siguiente reflexión: “La humildad intelectual no es simplemente una virtud individual, es también una condición necesaria para el diálogo, el aprendizaje, la convivencia democrática y el ejercicio responsable del poder, tan necesaria en el mundo y en el país que vivimos”.
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