En 1967, durante un congreso literario en Caracas, Gabriel García Márquez relató una breve historia que, vista desde la perspectiva del siglo XXI, parece una profecía sobre las redes sociales.
El cuento se titula “Algo muy grave va a suceder en este pueblo.” La trama es sencilla. Una anciana despierta con un presentimiento: algo terrible ocurrirá. No tiene pruebas. No conoce hechos. No posee información privilegiada. Es apenas una intuición. Sus hijos ríen.
Pero el comentario comienza a circular de boca en boca. Lo que comienza como una ocurrencia doméstica se transforma en rumor. El rumor se convierte en una preocupación colectiva. La preocupación muta en miedo. El miedo altera el comportamiento de las personas. El comportamiento de las personas termina creando la tragedia que originalmente no existía.
Al final, los habitantes abandonan el pueblo e incendian sus propias casas para escapar de una desgracia imaginaria. La única calamidad que ocurre es la que ellos mismos provocan.
Sesenta años después, el escenario ha cambiado, pero la conducta humana sigue siendo la misma.
Ya no nos reunimos en la plaza del pueblo para intercambiar rumores. Lo hacemos a través de teléfonos inteligentes. El carnicero del cuento ha sido reemplazado por Facebook. La vecina alarmada por WhatsApp. El jugador de billar por TikTok, y el pajarito que aterriza en la plaza son hoy cualquier fotografía fuera de contexto, cualquier video editado o cualquier publicación diseñada para generar indignación.
Las redes sociales han democratizado la información, pero también el rumor. Una persona publica una afirmación sin verificarla. Otra la comparte porque coincide con sus creencias. Una tercera añade una interpretación personal. Miles la repiten. Millones reaccionan. De pronto, una percepción se convierte en una supuesta realidad.
Lo hemos visto durante crisis sanitarias, elecciones, conflictos internacionales, fenómenos migratorios e incluso desastres naturales. Con frecuencia, la velocidad de una noticia falsa supera ampliamente la de la verdad.
Y es que la razón es sencilla: los hechos requieren comprobación; las emociones no.
García Márquez entendió algo fundamental sobre la naturaleza humana. El peligro no reside únicamente en quien inicia el rumor, sino también en quienes renuncian al pensamiento crítico. Ninguno de los habitantes del pueblo se detiene a preguntar: “¿Cuál es la evidencia?” Nadie verifica. Nadie contrasta información. Todos reaccionan ante el miedo de los demás. Ese mecanismo continúa vigente.
Vivimos en una época en la que abundan los datos y la sobreinformación, pero escasea la reflexión. Donde muchas personas leen titulares sin abrir los artículos. Donde la lectura comprensiva es una utopía. Donde un video de treinta segundos puede tener más influencia que un informe de cien páginas. Donde la popularidad de una publicación suele confundirse con su veracidad.
La verdadera lección del cuento no es literaria, sino cívica.
Las sociedades no se destruyen únicamente por las amenazas externas. También pueden deteriorarse cuando el miedo colectivo reemplaza a la razón, cuando las emociones sustituyen a los hechos y cuando las multitudes dejan de preguntarse si aquello que comparten es cierto.
Quizás por eso la historia sigue siendo tan vigente, porque el pueblo de García Márquez nunca desapareció. Simplemente se mudó a Internet, a las redes sociales, además de irónicamente, a los teléfonos “inteligentes”.
Referencia:
García-Márquez, G. (1967). Algo muy grave va a suceder en este pueblo. Scribd. Algo muy grave va a suceder en este pueblo. García Márquez
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