Gabriel García Márquez dominaba el arte de empezar. Basta volver a las primeras líneas de Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o El coronel no tiene quien le escriba para advertirlo. Pero quizás esa no sea la observación más interesante, vista en conjunto, su obra parece sostener una continuidad interna. Sus inicios vuelven sobre ciertas obsesiones y van entretejiendo, libro tras libro, un mismo territorio narrativo: la memoria, el tiempo, la espera, el amor y la soledad.
Aunque ninguno alcanzó la resonancia del inicio de Cien años de soledad, donde parece resumirse la experiencia de todo lo vivido y narrado.
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”
La frase avanza hacia una ejecución y termina deteniéndose en una memoria de infancia. El futuro aparece primero. El asombro llega después. Entre ambos extremos, el recuerdo termina dando forma al relato. El coronel está frente al pelotón, pero la narración decide mirar hacia otra parte: hacia un padre, un hijo y una tarde remota.
Ese movimiento no aparece aislado dentro de la obra de García Márquez. Crónica de una muerte anunciada comienza con un destino conocido: “El día en que lo iban a matar…” El lector conoce el desenlace desde la primera línea y, aun así, continúa avanzando. En El amor en los tiempos del cólera, el amor entra acompañado por la muerte: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.” En El coronel no tiene quien le escriba, la espera ocupa el centro de la vida del personaje y termina extendiéndose sobre toda su existencia.
Leídos uno junto al otro, esos comienzos producen una impresión singular. Las historias cambian, pero ciertas preocupaciones permanecen. El tiempo vuelve convertido en recuerdo; la muerte aparece antes del desenlace; la espera adquiere el peso de una vida. Cada novela parece avanzar por su propio camino y al mismo tiempo regresar sobre unas pocas preguntas.
Cuando Cien años de soledad apareció en 1967, la literatura latinoamericana atravesaba una de sus etapas de mayor transformación. Rulfo había convertido un pueblo en una memoria colectiva; Cortázar empujaba la novela hacia nuevas libertades formales; Lezama Lima llevaba el lenguaje hacia una expansión poco frecuente en la literatura hispanoamericana. Si Paradiso parecía construir desde el desborde verbal, García Márquez avanzaría por otra dirección: la memoria convertida en estructura narrativa.
Su obra dialoga con esas corrientes. La relación entre tiempo y recuerdo ya había encontrado en Virginia Woolf una expresión notable; Juan Rulfo había mostrado que una comunidad podía contener el peso entero de una cultura; Cortázar abría posibilidades nuevas para la forma novelesca. García Márquez recibió parte de esas influencias y las llevó hacia el Caribe.
A ellas añadió otra escuela, menos citada y quizás decisiva: el periodismo. Antes del Nobel estuvo el reportero. El cronista que recorrió el Caribe colombiano, escuchó historias y aprendió el ritmo de una oralidad que luego regresaría a sus libros. Allí también se formó una parte del oficio. El periodista aprendió economía narrativa; el Caribe le ofreció el oído; la literatura le dio la forma. No parece casual que la primera frase de Cien años de soledad posea la precisión de una crónica y, al mismo tiempo, la amplitud de una saga. En una sola oración conviven la violencia política, la memoria familiar, la infancia y el asombro. El reportero aporta la síntesis; el narrador abre el tiempo.
Tal vez por eso el niño llevado a conocer el hielo convive con el coronel frente al pelotón de fusilamiento. La historia avanza, pero la memoria obliga a regresar; esa tensión recorre buena parte de la obra de García Márquez. El que conoció el hielo no quedó solo en Macondo; regresó bajo otras formas: en las esperas del coronel, en los recuerdos de Florentino Ariza, en las historias familiares que vuelven una y otra vez sobre sí mismas.
Leídos en conjunto, los inicios de García Márquez parecen enlazarse. No porque repitan una fórmula, sino porque regresan sobre unas pocas preguntas que atraviesan su obra: el tiempo, la memoria, el amor y la soledad. Muchos años después, los lectores siguen regresando a aquella tarde remota. Allí permanece el inicio de una novela; pero también una de las entradas posibles al universo narrativo de Gabriel García Márquez.
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