LA CONDUCTA PERIHOMICIDA

Analicemos otros aspectos paralelos al crimen potencialmente esclarecedores, comenzando por esta ambición de riqueza material en el Mario Redondo de aquel momento. De que la misma era desmedida penetrando en el terreno de lo ilegal hay mucha evidencia: valoraba sobremanera posesiones para pura diversión tales como motocicletas o jet skis; acariciaba impacientes planes para instalar una franquicia de peluquería americana pero reunir el capital requerido seguía fuera de su alcance; según su amigo Moliné ganaba bastante –a sus ojos– fungiendo como prestamista entre sus relacionados y compañeros; lo que es más parlante, se probó y/o confesó que obtenía fraudulentamente y vendía exámenes a sus compañeros de estudios, que le robó dinero a alguno(s) en ocasión de un viaje grupal al extranjero, que comenzó a dedicarse al productivo tráfico de drogas, etc. Fue precisamente esta ambición la que lo llevó a involucrarse de cerca con la familia Palmas-Meccia (la madre a la sazón Embajadora argentina en el país; más adelante dedicaremos expresamente una sección al padre) cuyo nivel económico le deslumbraba (residencia, cantidad y lujo de sus vehículos, productivos negocios de vinos y otros, etc.) y uno de cuyos hijos fue su compañero de clases (Martín). Todo esto proporciona contexto e inicio de credibilidad a la versión del plan de secuestro como ‘empresa criminal’ rápidamente redituable, por más ilusorio que fuese – lo que viene a reforzar el carácter literalmente desmedido de tal ambición.

El hecho de terminar escogiendo sin mayores reparos a su propio primo como víctima de tal secuestro va en la misma dirección, demostrando su extremo egocentrismo más allá de cualquier consideración práctica, familiar, moral, o afectiva personal. Según consta en el expediente judicial este plan empresarial-criminal fue cambiando de objetivo por cuestiones de factibilidad: inicialmente se enfocó en la hija de un prominente empresario editorial; luego en un hijo del poderoso empresario periodístico Eduardo J. Pellerano N.; hasta detenerse en el infortunado y fácilmente accesible jovencito Llenas Aybar quien, según se afirma (no confirmado por nosotros), era también ahijado del empresario recién mencionado por lo que aspiraban a que éste ayudase a reunir la suma requerida. En todo caso, la disposición sin el menor reparo a traicionar a la familia, el flagrante engaño del pedido de permiso a la tía para ver una exhibición de motores, la falsa historia de haberlo devuelto sano y salvo, el burdo teatro de preocupación por su primito participando activamente en su ‘búsqueda’, los abrazos hipócritamente solidarios a sus tíos durante el velorio… todo ello pinta un cuadro desesperanzador de casi absoluta carencia de virtudes interhumanas en la personalidad del joven asesino.

Por demás el análisis conductual del crimen en sí plantea una presentación mixta, en parte organizado y en parte no (cf. Ressler, Burgess & Douglas 1992, cap. 8; Michaud & Hazelwood 1998, cap. 7), lo que puede ser también reflejo de haber sido dos personas distintas los perpetradores. El hecho de escoger a un pariente muy cercano como víctima puede indicar desorganización (Michaud & Hazelwood, p. 85; excepto por supuesto si se trata de entrada de un homicidio doméstico), pero obviamente hubo también cierto nivel de planificación (organización) como lo demuestra el haber traído el cuchillo y el rollo de gruesa cinta gris para dominarlo e inmobilizarlo (ya indicio de premeditación; ¿habrán traído además lo necesario para sostenerlo durante quién sabe cuántos días en Jarabacoa? ¿Y cómo pensaban explicar su propia y sospechosa ausencia de sus hogares respectivos en Santo Domingo, durante lo que seguramente sería una búsqueda desesperada por parte de toda la familia?), así como el desplazamiento fuera de la ciudad; pero la inexperiencia criminal pronto empezó a mostrarse a pesar del ‘exitoso’ inicio, cuando los acontecimientos empezaron a chocar con los planes: el vehículo defectuoso que casi enseguida comprometió todo el plan, darse cuenta entonces tarde de que no habían pensado en su anonimato por ejemplo cubriendo sus rostros, la terrible decisión de matarlo cuando el mismo victimario se convertiría inmediatamente en el 1er sospechoso al ser quien se lo llevó y el último en verlo con vida ante los ojos de la madre, el rematado excesivo con despersonalización de la víctima (de espaldas) y su abundante sangrado que seguramente se infiltró por doquier (baúl del vehículo y su contenido, ropas de los perpetradores), las prisas en descartar en la misma escena del crimen no sólo el cuerpo (sin mayor esfuerzo por esconderlo más allá de tirarlo al agua) sino también el arma y otras evidencias con su sangre (incluyendo la famosa cubierta de mascota con el número de teléfono que conduciría directamente a ellos)… Luego el victimario principal logró sin embargo bajar la intensidad y volver al comportamiento organizado y frío ofreciendo una historia creíble e imitando la conducta preocupada o finalmente consternada del resto de la familia, mientras que el cómplice había quedado muy asustado por el ensañamiento que presenció (declaró que hasta temió por su propia vida) confesándolo todo tan pronto lo ubicaron e interrogaron al día siguiente. En resumen, hubo un paréntesis desorganizado –por el cambio forzado de planes– dentro de un marco global organizado.

Pero mencionemos una última observación que de nuevo apunta a los afectos predominantes en Redondo: “Algunos asesinos cubren el cuerpo, lavan las heridas, o interactúan de alguna otra manera con el cuerpo, una reacción que demuestra remordimiento o cuidado por la víctima” (Ressler, Burgess & Douglas 1992, p. 57; nuestra traducción); tal parece que su primito no merecía ni siquiera eso de su parte.

PSICOSIS (LOCURA)

No es para nada inusual que en homicidios con características similares la defensa del imputado alegue un episodio psicótico, diagnóstico que puede ser un eximente de responsabilidad penal: tenemos el mejor ejemplo en el reciente caso parecidamente noticioso en el país del joven Jean André Pumarol quien años antes había sido diagnosticado padecer de la psicosis ‘esquizofrenia paranoide’, y un nefasto día atacó sorpresivamente con cuchillo primero a la doméstica de su casa, luego a su propio padre ahí presente, para a seguidas salir a tocar indiscriminadamente varias puertas de los vecinos del condominio hiriendo a varios y finalmente matando en su apartamento a una señora mayor de 36 estocadas, una agresión francamente desorganizada: como señalan Michaud & Hazelwood…

“…el agresor desorganizado es más como un perro rabioso… comete sus crímenes por impulso, en un frenesí, con poca planificación o preparación… Puede ser también mentalmente retardado o psicótico… puede matar a un amigo, pariente, conocido, o vecino, indiferente en ese momento al riesgo de que lo capturen” (op. cit., p. 85; nuestra traducción). El tribunal correspondiente lo declaró efectivamente inimputable liberándolo enseguida (aunque debió dictar prudentemente el internamiento en alguna institución psiquiátrica por su explícitamente demostrada peligrosidad).

05Es precisamente por esta razón que el Juez de Instrucción solicitó originalmente la evaluación mental de Mario José Redondo Llenas. A pesar de algunas similitudes con el caso anterior (una de cuyas víctimas declaró que “me atacó con una furia como si yo fuera su peor enemigo… nunca habia visto algo así”; compárese al testimonio de Moliné) la comisión pudo determinar que no estaba ‘loco’: no sólo los aspectos organizados previos, durante, y posteriores al crimen así lo sugieren (Michaud & Hazelwood 1998, cap. 7 p. 84: nótese que mientras Pumarol hubiese podido matar a cualquiera que se cruzara en su desorientado camino, del lado de Redondo se fueron descartando posibles víctimas que disponían de protección, de difícil acceso), sino que la valoración tanto clínica como a través de pruebas psicológicas de los colegas lo descartaron científicamente. Como muestra de ello en la forma ‘Z’ del test de Rorschach el F+% (porcentaje de formas ‘bien vistas’: grado de coincidencia de las formas de los seres u objetos etc. que vió en las ambiguas figuras-estímulo, con las tablas estándar de lo que la mayoría de los sujetos usualmente ve en ellas) alcanzó 94% indicando un pensamiento muy adaptado al del común de la gente, para nada irreal. La comisión de tres peritos con toda razón fue contundente al rechazar este diagnóstico de su estado mental.

Alberto A. Peralta

Psicólogo clínico

Psicólogo Clínico, Psicoanalista, Perito Forense, especialista en evaluación psicológica proyectiva. Doctorado en Bélgica, creador y 1er Director de la carrera de Psicología PUCMM, miembro Academia de Ciencias de R.D., en práctica privada (Psicociencia) con decenas de publicaciones nacionales e internacionales en 3 idiomas sobre la evaluación proyectiva (incluyendo su libro 'Retorno a Rorschach': Paris 2022, Buenos Aires 2025).

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