Hay periodistas que reportan la historia y hay periodistas que, en medio de la historia, deciden enfrentarse al poder aun cuando eso implique perder la libertad, el exilio o la vida misma.

La reciente exposición "La Prensa de los 12 Años", organizada por el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (Indotel), el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana y el Archivo General de la Nación, representa un ejercicio necesario de memoria histórica sobre uno de los periodos más tensos y dolorosos de la República Dominicana: los doce años del presidente Joaquín Balaguer (1966-1978).

La exposición honra a periodistas perseguidos, silenciados, encarcelados o asesinados durante un régimen en el que disentir podía convertirse en una condena.

La exclusión de la periodista dominicana Aleyda Fernández de la exposición ha generado indignación y pone de relieve una omisión injusta hacia quienes reconocen su papel fundamental en la historia del periodismo comprometido.

Si la organización considera que Aleyda Fernández no encajaba en la categoría de periodista perseguida y que estuvo vinculada a la protección de jóvenes relacionados con el MPD, entonces resulta indispensable recordar el contexto histórico de aquella época, en el que cualquier acto de solidaridad, defensa o cercanía hacia opositores al régimen podía interpretarse como una violación de las disposiciones políticas y represivas del Estado.

Todo esto ocurrió durante años en los que la libre expresión, la disidencia y hasta la defensa de la dignidad humana eran vistas con sospecha en un clima nacional marcado por el miedo, la vigilancia y la persecución política. Durante los doce años de Balaguer, la línea que separaba el periodismo, la defensa de los derechos humanos y la lucha por la supervivencia era prácticamente invisible. Periodistas como Aleyda Fernández, que denunciaban abusos o protegían a perseguidos, fueron actores clave en el enfrentamiento contra la opresión y se convirtieron automáticamente en enemigos del régimen.

Aleyda Fernández jamás conoció el silencio. No le temblaba el pulso al escribir, denunciar o proteger vidas humanas. Su inteligencia —profunda, rápida, estratégica y valiente— la convirtió en una mujer peligrosa para quienes querían un país dominado por el miedo.

La historia universal del periodismo demuestra que muchos de los periodistas más admirados no fueron perseguidos únicamente por publicar artículos, sino también por haber decidido ir más allá de la tinta y ponerse del lado de los perseguidos.

Varian Fry (1907-1967): el periodista que salvó miles del nazismo

Durante la Segunda Guerra Mundial, el periodista estadounidense Varian Fry llegó a Francia en 1940 bajo el régimen colaboracionista de Vichy, aliado de la Alemania nazi. Su misión inicial era periodística. Sin embargo, al presenciar cómo artistas, intelectuales, judíos y opositores políticos eran perseguidos por el nazismo, decidió actuar.

Fry organizó rutas de escape clandestinas y ayudó a miles de personas a huir de Europa. Entre quienes salvó se encontraban artistas, escritores y pensadores perseguidos por el fascismo. No se limitó a contar la persecución, sino que intentó impedirla. Por ello, fue vigilado, perseguido y expulsado de Francia. Décadas después, el mundo lo reconoció como un héroe humanitario.

La comparación entre Aleyda y Fry surge naturalmente: durante los doce años de Balaguer, proteger a los perseguidos implicaba desafiar al Estado. Como Fry, Aleyda entendió que la neutralidad podía ser complicidad.

Fry ayudó a salvar de dos a cuatro mil perseguidos, entre ellos al reconocido André Breton, padre del surrealismo, quien tuvo contacto con judíos e intelectuales europeos refugiados del nazismo en nuestro país. Breton fue uno de los que elogió el movimiento literario dominicano "La Poesía Sorprendida", que defendía la libertad artística en medio de la dictadura trujillista.

Ida B. Wells (1862-1931): escribir contra el terror racial

La periodista afroamericana Ida B. Wells vivió en Estados Unidos durante la era posterior a la esclavitud y al surgimiento de las leyes segregacionistas de Jim Crow.

En un tiempo en el que denunciar la violencia racial podía significar la muerte, Wells investigó linchamientos de afroamericanos y desmontó públicamente las narrativas oficiales que los justificaban. Su imprenta fue destruida y recibía amenazas constantes. Tuvo que abandonar ciudades para proteger su vida, pero nunca dejó de escribir. Wells comprendió que el periodismo desenmascara el odio estatal. Aleyda compartía este entendimiento.

En plena persecución política dominicana, cuando muchos callaban por miedo, Aleyda Fernández usó su inteligencia y valentía para exponer las injusticias y proteger vidas humanas, lo que reafirmó su papel central como periodista y defensora de la verdad. Ambas mujeres desafiaron estructuras de poder profundamente violentas en épocas en las que ser mujer, periodista y levantar la voz multiplicaba el riesgo.

Émile Zola (1840-1902): cuando una pluma desafía al Estado

En la Francia del siglo XIX, el escritor y periodista Émile Zola publicó el famoso artículo "J’Accuse…!" durante el caso Dreyfus, en el que denunció la corrupción, el antisemitismo y las mentiras del Estado francés. El gobierno respondió acusándolo de difamación. Fue condenado judicialmente y obligado a exiliarse en Inglaterra.

Zola asumió el costo personal de denunciar la injusticia. Esta misma esencia guiaba a Aleyda Fernández: talento y coraje eran requisitos para enfrentar al régimen.

Anna Politkovskaya (1958-2006): la periodista que escribió contra el miedo

La periodista rusa Anna Politkovskaya denunció abusos militares, torturas y violaciones de derechos humanos durante las guerras de Chechenia bajo el gobierno ruso contemporáneo. Fue amenazada, vigilada y, finalmente, asesinada en Moscú en 2006. Ella demostró que el periodismo valiente desafía a los regímenes autoritarios. Aleyda Fernández compartía esa tradición moral: escribía por la verdad, no para agradar.

Orlando Martínez (1944-1975): el símbolo dominicano de una prensa perseguida

Ningún análisis sobre el periodismo y la persecución durante los doce años puede ignorar al periodista dominicano Orlando Martínez, asesinado el 17 de marzo de 1975. Él se convirtió en un símbolo nacional porque denunció la corrupción, los abusos de poder y el autoritarismo durante el balaguerismo de la época. Su asesinato marcó profundamente la historia dominicana, pero Orlando Martínez no fue el único rostro de aquella época. Hubo periodistas encarcelados, exiliados y vigilados que protegieron a perseguidos políticos, aun sabiendo las consecuencias. Entre ellos, se destacó la periodista Aleyda Fernández, quien no solo informó, sino que también actuó para salvar vidas y desafiar la represión, consolidando así su papel fundamental como referente para futuras generaciones de periodistas.

Calificar a Aleyda Fernández de no perseguida durante los doce años de Balaguer simplifica y distorsiona su legado. Su acción al proteger a los perseguidos fue, en ese contexto, una forma de periodismo valiente que enfrentaba al aparato represivo. En ese período, cualquier voz incómoda podía ser criminalizada y la defensa de los perseguidos era parte esencial del periodismo de resistencia.

La memoria histórica no debe construirse silenciando figuras como Aleyda Fernández, porque su valentía representa el ejemplo de un periodismo comprometido que desafió el miedo y la opresión; su ausencia en la exposición es una ofensa a la tradición periodística que lucha por los derechos y cuya memoria inspira a futuras generaciones, especialmente a mujeres perseguidas.

Aleyda Fernández fue periodista en una época en la que escribir suponía un riesgo. Fue mujer en una época en la que alzar la voz era aún más desafiante. Fue perseguida cuando disentir podía costar la libertad y la vida. Aun así, el miedo nunca dominó su conciencia.

La valentía de Aleyda Fernández y su lucha inquebrantable por la verdad y la libertad no nacieron únicamente del carácter de una periodista valiente. Corrían por sus venas como parte de una herencia histórica profundamente ligada a las luchas por la soberanía y la dignidad de la República Dominicana.

Aleyda pertenecía a una familia marcada por generaciones de hombres que entregaron su inteligencia, su honor y, en muchos casos, sus propias vidas por la causa de la independencia y la libertad nacional. Desde el español Vicente Fernández Abreu, padre de su tatarabuelo general Fernando Fernández Félix, su tío tatarabuelo, general José Mauricio Fernández Félix, quien murió luchando por la libertad y eran vitales militares en la época de la Independencia y la Restauración del país, así como sus tíos bisabuelos, entre ellos Pasito Fernández Franco; hasta llegar a su primo, el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, símbolo de la lucha constitucionalista dominicana y uno de los nombres más respetados en la historia contemporánea del país y hoy considerado parte de los héroes nacionales.

En los Fernández Félix y en su descendencia, defender la verdad y la libertad nunca fue una consigna vacía; fue una responsabilidad moral transmitida de generación en generación.

Por eso, cuando Aleyda Fernández enfrentó la persecución durante los doce años de Joaquín Balaguer como periodista y como ciudadana, no actuaba movida por simple rebeldía, ni respondiendo a intereses políticos de la oposición, y menos aún por protagonismo. Actuaba guiada por la misma conciencia histórica que llevó a sus antepasados a enfrentarse a la injusticia, al autoritarismo y a toda forma de opresión.

Omitir el nombre de Aleyda Fernández en una exposición dedicada a periodistas perseguidos no es solo una omisión histórica. Es, de alguna manera, reproducir el mismo mecanismo de silenciamiento que caracterizó los doce años de Balaguer: censurar historias incómodas, borrar voces valientes y relegar al olvido a quienes defendieron la verdad en tiempos de terror.

Porque Aleyda Fernández no representa únicamente a una periodista perseguida. Representa el símbolo del periodismo íntegro, imparcial y profundamente humano en una época en la que decir la verdad podía costar la libertad, el exilio o la propia vida.

Hay personas que no desaparecen cuando mueren; permanecen vivas en las causas que defendieron, en las voces que inspiraron y en el coraje de quienes deciden continuar contando la verdad aun cuando el miedo intente imponer silencio.

Resulta profundamente irónico que Aleyda Fernández haya sido ignorada en esa exposición, dedicada a periodistas perseguidos durante los doce años de Balaguer, debido a una versión distorsionada de su historia, en la que su causa habría quedado reducida a "proteger a jóvenes del MPD". Esa explicación no solo simplifica injustamente los hechos, sino que desconoce el contexto histórico de una época en la que defender vidas humanas, denunciar abusos o negarse a colaborar con el miedo podía convertir automáticamente a cualquier periodista en un objetivo de persecución política.

La ironía histórica se profundiza aún más al recordar que el padre de Guido Gómez Mazara, actual presidente del Consejo Directivo del Indotel, Maximiliano Gómez, conocido como "El Moreno", fue secretario general del MPD, una de las organizaciones más perseguidas durante los doce años.

La intención de señalar este hecho no es abrir divisiones políticas ni personales, sino recordar que la historia dominicana jamás ha sido ni blanca ni negra. Ha estado marcada por persecuciones, silencios, exilios y contradicciones humanas profundamente complejas.

Precisamente por eso, proteger a jóvenes perseguidos políticamente no despoja a Aleyda Fernández de su condición de periodista perseguida; por el contrario, la coloca dentro de la misma tradición histórica de periodistas y ciudadanos que decidieron defender la dignidad humana aun cuando hacerlo implicara riesgo, cárcel, exilio y hasta la muerte.

Tal vez allí resida la lección más dolorosa de la historia: cuando la memoria pierde honestidad, incluso quienes alguna vez representaron las voces de los perseguidos pueden terminar reproduciendo los silencios de los opresores.

El educador brasileño Paulo Freire advertía que, en ocasiones, el oprimido puede convertirse en opresor cuando olvida el verdadero sentido de la dignidad humana y de la memoria colectiva.

Desvirtuar la historia de Aleyda Fernández, o reducir su valentía periodística a una etiqueta política, no honra la memoria de los doce años; corre el riesgo de repetir precisamente aquello que esa época representó: el silenciamiento de voces incómodas y la censura de quienes se atrevieron a decir la verdad.

Porque la memoria histórica no debe construirse desde conveniencias ideológicas, sino desde la honestidad, la valentía y el respeto hacia quienes enfrentaron el miedo cuando otros guardaban silencio.

Si semanas de vigilancia, si veintitrés días encarcelada, mientras los periodistas más importantes del país, en diferentes artículos de la época, denunciaban la persecución contra Aleyda; entre ellos, el mártir Orlando Martínez, Radhames V. Gómez Pepín, Orlando Figueroa, Silvio Herasme Peña, Luis Eduardo Lora, Claudio Chevalier, Víctor Grimaldi, Miguel Ángel Prestol, Pedro Caro, entre otros, quienes hacían comunicados firmando en conjunto y escribían diariamente sobre su caso, resaltando las injusticias y calumnias, al mismo tiempo exaltando la integridad y el impecable ejercicio periodístico de Aleyda Fernández, para luego ser deportada y exiliada de su propio país.

"Es la hora de la solidaridad y la acción de la clase periodística dominicana ante los intentos que pretenden cercar el paso a quienes tratamos de servir a la verdad. Acción frente a esta nueva agresión (Aleyda), que podría significar una intimación cercenadora de las libertades públicas y los derechos de los ciudadanos de manera definitiva". Así define el artículo escrito por esos grandes periodistas y personalidades importantes del país acerca del apresamiento y la persecución de Aleyda como periodista, publicado en el periódico Última Hora durante el apresamiento de la periodista Fernández en 1971. Si esto no constituye el retrato mismo de un periodismo perseguido, entonces todo esfuerzo por educar a una sociedad en memoria histórica, libertad de expresión y dignidad humana habrá sido en vano.

Omitir a Aleyda Fernández como periodista perseguida durante los doce años de Balaguer no solo constituye una injusticia histórica, sino que también refleja un profundo desconocimiento de su causa, de su encarcelamiento, de su deportación y de su exilio en España por defender la verdad, la transparencia y el espíritu humano de proteger la vida y la supervivencia de otros en tiempos de terror. Porque la memoria histórica merece rigor, honestidad y responsabilidad.

Porque borrar a quienes enfrentaron el miedo también es una forma de censura y, como sabiamente dice el pueblo: para hablar de historia y comer pescado hay que tener mucho cuidado.

Este escrito y reflexión histórica cuentan con el aval y respaldo de las hermanas de Aleyda Fernández, entre ellas Eva Fernández —quien estuvo a su lado cuando ambas fueron encarceladas durante los doce años de Balaguer—, mi madre, la periodista Vailma Fernández, la doctora pediatra Josefina Fernández y Karen Fernández, así como de sus sobrinos, entre ellos mi hermana Inessa Roca-Fernández, primos y de toda la descendencia de la familia Fernández Félix, comprometidos con preservar la verdad, la memoria histórica y el legado humano y periodístico de Aleyda Fernández Pantaleón.

Vailma Roca

Vailma Roca Fernández es abogada graduada de la Universidad Católica Santo Domingo, licenciada en Educación y Ciencias por la Universidad de Florida, donde también obtuvo una maestría en Comunicación con concentración en Periodismo Digital y Narrativa Multimedia. Escritora y servidora pública en el estado de Florida, actualmente publica en The Times of Israel y Alachua Chronicle. Su trabajo se centra en amplificar voces, contar historias con propósito y defender los derechos de los estudiantes con necesidades especiales y de sus familias. Como miembro de la Comisión Histórica del Condado de Alachua, promueve además la preservación de la memoria colectiva y el valor de las comunidades que forjan identidad. Su trayectoria entre el derecho, la educación, el periodismo y el servicio público refleja una profunda vocación por la justicia social, la verdad y la dignidad humana.

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