Durante casi veinte años de trabajo en la educación intercultural he visto llegar a la República Dominicana a jóvenes y voluntarios que apenas conocían nuestro país. Venían a quedarse algunos meses: vivir con una familia, estudiar, colaborar con una organización. Muchos regresaron a sus lugares de origen llevando algo que no figuraba en el programa: amistades, recuerdos y una relación personal con la sociedad dominicana.
También he visto partir a jóvenes dominicanos que, sin cargo oficial ni credenciales diplomáticas, terminan representándonos ante otra comunidad. La impresión que dejan y los vínculos que construyen influyen en cómo otras personas entienden nuestro país.
Esas experiencias me han enseñado algo: las relaciones internacionales más duraderas no siempre comienzan con la firma de un acuerdo. A veces nacen alrededor de una mesa familiar, en un aula, en una actividad comunitaria.
Eso también es diplomacia pública.
La República Dominicana ya la practica, aunque casi nunca la llamemos así. Ocurre cuando promovemos nuestra cultura en el exterior, cuando la diáspora construye puentes, cuando recibimos estudiantes internacionales o enviamos jóvenes a intercambios, cuando un festival o una alianza entre organizaciones acerca comunidades de distintos países.
No partimos de cero. El problema es que esas iniciativas se desarrollan dispersas, desde instituciones diferentes, sin reconocerse como parte de una misma estrategia. Tenemos voces y experiencias de sobra. Nos falta la partitura.
Otros países entendieron hace tiempo que su influencia internacional no depende solo de sus embajadas ni de su peso económico. Finlandia tiene el Finland Promotion Board, una red que coordina la proyección internacional del país entre la administración pública, el sector privado y el tercer sector. Corea del Sur dotó su diplomacia pública de una ley, un comité interinstitucional y planes plurianuales. Suecia mantiene redes de antiguos becarios que siguen vinculados con sus embajadas años después de graduarse.
No hay que copiar esos modelos; cada política debe responder a las capacidades y aspiraciones de su propia sociedad. Pero sirven para aterrizar la conversación. Van, entonces, cinco ideas con las que podríamos comenzar.
Primera: un espacio multisectorial de coordinación.
La diplomacia pública no puede ser tarea exclusiva del Ministerio de Relaciones Exteriores, porque gran parte de ella ocurre fuera de la Cancillería. Turismo proyecta la imagen del país. Cultura promueve nuestra identidad. Las universidades reciben y envían estudiantes, las industrias creativas llevan nuestra música y nuestra gastronomía al mundo, la diáspora construye vínculos todos los días.
Un Consejo Dominicano de Diplomacia Pública, coordinado por el MIREX, podría reunir periódicamente a esas instituciones junto con empresas, municipios y organizaciones de la sociedad civil. No haría falta una nueva estructura burocrática. Su primera función sería más modesta: que quienes ya actúan internacionalmente se conozcan, compartan información y encuentren oportunidades de colaboración. Coordinar no es uniformar. Es reconocer que acciones distintas pueden empujar en la misma dirección, y que el resultado es mayor cuando cada quien sabe lo que hacen los demás.
Segunda: un inventario nacional de capacidades.
Antes de crear programas nuevos convendría saber qué estamos haciendo hoy. ¿Cuántas becas internacionales gestiona el país? ¿Cuántos estudiantes extranjeros reciben nuestras universidades? ¿Qué programas de intercambio existen, cuántas organizaciones dominicanas participan en redes globales, qué festivales o iniciativas municipales nos proyectan afuera?
Sospecho que descubriríamos mucha más actividad de la que imaginamos. También duplicaciones, vacíos y experiencias exitosas que merecen ampliarse. Ese inventario debería ser público y actualizarse periódicamente. Permitiría que una universidad interesada en recibir estudiantes extranjeros encuentre aliados, que una embajada sepa qué iniciativas dominicanas puede promover, que un municipio descubra experiencias aplicables a su territorio. A veces la primera innovación no es crear algo nuevo, sino hacer visible y conectar lo que ya existe.
Tercera: definir las historias que queremos contar.
La diplomacia pública no es publicidad ni se reduce a una campaña de marca país. Su propósito es que las fortalezas reales de una sociedad sean conocidas y reconocidas. Finlandia construyó su narrativa alrededor de la educación y la confianza en sus instituciones; Corea del Sur, alrededor de su cultura y sus industrias creativas.
¿Cuáles son las nuestras? La cultura caribeña, la hospitalidad, la estabilidad democrática, el dinamismo económico, nuestra vocación de punto de encuentro regional… la lista es larga, y ahí está precisamente el problema: no podemos comunicarlo todo al mismo tiempo. Una estrategia seria escogería tres o cuatro temas prioritarios por período y facilitaría contenidos y datos para que cada institución los incorpore desde su propio ámbito. Una universidad, una compañía artística y un consulado no hablan igual ni a los mismos públicos, y está bien que así sea. La meta es que nuestras múltiples voces, sin perder su diversidad, transmitan algunos propósitos compartidos. Y que lo que contemos podamos demostrarlo con experiencias y resultados, no solo afirmarlo.
Cuarta: una red de amigos de la República Dominicana.
Miles de personas han estudiado, trabajado o hecho voluntariado en nuestro país. Muchas siguen emocionalmente vinculadas años después: regresan, mantienen contacto con las familias que las acogieron, hablan de nosotros con un conocimiento que no tiene quien solo nos visitó unos días. Pero esos vínculos dependen de la iniciativa personal de cada quien. Nadie los cultiva de manera organizada.
Suecia sí lo hace: sus redes de egresados participan en actividades con consulados, universidades y empresas. La relación no termina con el vuelo de regreso. Nosotros podríamos crear una red que vincule a antiguos estudiantes, voluntarios, cooperantes, docentes y artistas que pasaron por el país. Las embajadas y los consulados podrían mantener contacto con ellos, invitarlos a actividades, conectarlos con instituciones dominicanas. No todos se volverían promotores activos, claro. Pero algunos abrirían puertas, impulsarían proyectos o defenderían una visión mejor informada de nuestra sociedad. Cada persona que vivió una experiencia significativa aquí es una relación que no deberíamos abandonar en el aeropuerto.
Quinta: un fondo para iniciativas de diplomacia pública.
Muchas de las mejores ideas no saldrán del Gobierno central. Pueden nacer en una universidad que propone un programa regional, en un municipio que quiere hermanarse con otra ciudad del Caribe, en un colectivo cultural capaz de llevar una expresión dominicana a nuevos públicos. Un fondo competitivo, aunque fuera modesto, permitiría apoyar proyectos alineados con las prioridades nacionales: intercambios académicos, redes de jóvenes, proyectos con la diáspora, colaboraciones entre municipios, encuentros de industrias creativas.
Cada proyecto debería incluir indicadores sencillos: personas vinculadas, alianzas creadas, relaciones que continúan. Porque tenemos una práctica frecuente que conviene superar: hacer actividades internacionales sin preguntarnos qué queda cuando terminan. La diplomacia pública no se mide por la cantidad de eventos realizados. Se mide por cuántas relaciones sobrevivieron y qué puertas se abrieron.
Estas cinco ideas no exigen que nos comportemos como una gran potencia, ni empezar con una institución costosa o una campaña mundial. Exigen algo más elemental: reconocer lo que ya hacemos, conectar a quienes lo hacen y decidir qué relaciones queremos construir.
La diplomacia pública rinde a largo plazo. Una experiencia educativa se convierte años después en una alianza académica; un intercambio juvenil, en una relación empresarial; un antiguo estudiante, en un aliado del país. Lo he visto ocurrir en los vínculos que sobreviven a la distancia y al paso de los años. Por eso estoy convencido de que esto no es un tema abstracto reservado a especialistas en política exterior. Es una capacidad que ya tenemos, aunque todavía no la gestionemos de manera deliberada.
Nuestro país ya habla al mundo a través de su gente, su cultura y sus organizaciones. El siguiente paso es que esas voces, sin perder autenticidad, empiecen a sonar como parte de una misma partitura.
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