Una noche cualquiera, mientras compartía con unos amigos en el polígono central, la conversación de una mesa cercana comenzó a mezclarse con la nuestra. No porque estuviéramos de “come bocas”, sino porque los dominicanos hablamos alto, nos interrumpimos y convertimos cualquier coro en una especie de panel improvisado. En aquella mesa se hablaba de todo: del restaurante de moda, de ropa, de relojes, de carros y, cómo no, del tapón eterno de la Lincoln.
La escena parecía una representación bastante fiel de cierta clase media aspiracional atrapada en una versión tropical del síndrome de Doña Florinda: gente que vive de un salario, pero construye buena parte de su identidad alrededor de la necesidad de distinguirse de quienes percibe como socialmente inferiores. Para algunos, esa distancia se mide en un viaje a los “Yunaires”, un iPhone financiado o la posibilidad de consumir determinadas marcas.
En medio de aquella combinación de consumo, ansiedad económica disfrazada de estilo de vida y obsesión por aparentar éxito, alguien comentó lo caro que está todo. Otro respondió de inmediato, enlazando una queja con otra: que si el gobierno, que si los políticos, que si este país nunca va a cambiar. Fue entonces cuando escuché una frase que ya he oído demasiadas veces.
—Yo soy apolítico. La política aquí es para tigueres y ladrones… al final, todos son iguales.
Lo dijo con orgullo, como quien anuncia una forma superior de pureza moral. Parecía convencido de que mantenerse lejos de la política equivalía a mantenerse lejos de la corrupción y del pecado; como si hubiera encontrado la salida limpia de un cuarto sucio.
No era un caso aislado. Declararse “apolítico” —a veces confundiendo el término con apartidista— se ha convertido en una postura cada vez más frecuente dentro de ciertos sectores de la sociedad, y suele expresarse con el mismo aire con que alguien presume una maestría, un maratón o un emprendimiento. Una especie de higiene espiritual.
El problema es que esa distancia no suele presentarse como una renuncia a lo público, sino como una señal de superioridad moral. Como si debatir, asumir una posición o involucrarse en política fuera algo vulgar, indigno o contaminante. Frente a esa postura, siempre vuelvo a la misma idea:
—Lo peor que puede pasarle a una sociedad no es el exceso de política, sino la renuncia colectiva a ella.
La política no desaparece porque alguien decida ignorarla. Sigue ahí, sentada a la mesa de nuestras casas. Se manifiesta en el precio de la comida, en la educación de nuestros hijos, en la atención médica que recibimos, en la seguridad del barrio y en las oportunidades que tendrán las próximas generaciones.
Está en el trabajador que llega a fin de mes con el agua al cuello, en la madre cuyo seguro no cubre el tratamiento que necesita y en el envejeciente cuya pensión no alcanza ni para las pastillas. Está en quién paga impuestos y quién recibe privilegios, en el estado de las calles, en la protección de los ríos y en los valores que una sociedad transmite dentro de las aulas. En definitiva, uno puede desentenderse de la política, pero no puede escapar de sus consecuencias.
Ahora bien, hay algo todavía más peligroso que la indiferencia del apolítico: la antipolítica. Mientras el apolítico se retira, se desconecta y renuncia, el antipolítico actúa, moviliza y corroe.
La antipolítica comienza cuando la crítica o el ejercicio del poder dejan de señalar y corregir conductas concretas y pasan a desacreditar la política, la representación y las instituciones democráticas como tales. Su operación más sofisticada ocurre en el lenguaje: envenena palabras como “política”, “partido”, “institución” o “representación” hasta hacerlas sonar inevitablemente a fraude. Cuando eso ocurre, el debate democrático comienza en desventaja.
Lo más delicado es que la antipolítica no vive exclusivamente fuera de los partidos ni de otras formas de organización. Muchas veces nace, crece y se fortalece dentro de ellas.
Esto resulta especialmente grave porque los partidos, con todos sus defectos, forman parte del tejido vivo de las sociedades democráticas. No constituyen la única vía de participación política, pero sí uno de los principales mecanismos mediante los cuales una sociedad organiza intereses, disputa el poder y canaliza sus conflictos sin destruirse a sí misma.
Creer que una democracia puede prescindir de toda estructura de representación es como creer que un cuerpo puede vivir sin órganos. El problema, por tanto, no es la existencia de esos órganos, sino las prácticas que los invaden, los deforman y terminan volviéndolos contra el cuerpo democrático. Ahí comienza el cáncer.
La antipolítica se reproduce en el interior de los partidos cuando estos abandonan sus principios, prometen reformas que nunca piensan impulsar o sustituyen las ideas por marketing emocional. Se fortalece cuando cierran sus puertas a la renovación, convierten la participación en una escalera de favores y reducen la democracia interna a una ceremonia. También se propaga cuando las candidaturas se reparten por lealtad personal, herencia o capacidad económica; cuando el Estado se convierte en botín; cuando se habla de institucionalidad en público mientras se negocian privilegios en privado; y cuando los dirigentes se encierran en laboratorios de imagen cada vez más alejados del sufrimiento real de la gente.
Ese deterioro tiene consecuencias. El descrédito de la política no nace únicamente del cinismo, la desinformación o el deseo de sentirse moralmente superior. También se alimenta de experiencias reales: promesas incumplidas, impunidad, desigualdad ante la ley, burocracias que humillan y organizaciones políticas que solo recuerdan a la ciudadanía cuando necesitan su voto.
El desencanto, por tanto, es comprensible. El problema comienza cuando deja de exigir cambios y se convierte en la certeza de que nada puede cambiar.
Es entonces cuando la antipolítica encuentra terreno fértil fuera de los partidos. Toma esa frustración y la transforma en una condena indiscriminada de toda la vida pública. La crítica es indispensable en una democracia, incluso cuando resulta radical o áspera. Pero cuando deja de distinguir responsabilidades y reduce la política a un espectáculo en el que “todos son iguales”, “todos roban” y “nada sirve”, deja de vigilar al poder y comienza a demoler la confianza colectiva.
Ese discurso produce ciudadanos cínicos, agotados y emocionalmente retirados de la vida pública, un repliegue que beneficia, sobre todo, a quienes desean acumular poder sin controles.
Pierre Bourdieu explicó que la dominación alcanza una de sus formas más eficaces cuando quienes la padecen terminan percibiéndola y reproduciéndola como algo natural. Tal vez una de las grandes victorias del poder consista en haber instalado la idea de que participar en política es algo sucio o inútil, hasta conseguir que los propios ciudadanos custodien su abandono. De ese modo, la gente se retira, los espacios colectivos se vacían y los oportunistas ocupan el lugar que dejaron quienes decidieron no mojarse el fundillo.
Toda sociedad necesita ciudadanos críticos, pero también comprometidos, capaces de cuestionar y de comprender que la respuesta a la mala política no es menos política, sino mejor política. Eso no significa defender cualquier partido ni justificar instituciones que han dejado de cumplir su función, sino exigir su transformación sin caer en la tentación de desacreditarlas por completo, debilitarlas hasta volverlas inútiles o eliminarlas bajo la promesa de que, una vez desaparecidas, todo funcionará mejor.
Al fin y al cabo, nadie vive fuera de la política. Hace política quien protesta, quien calla, quien defiende derechos y también quien decide retirarse de la vida pública creyendo que así deja de formar parte de ella. Porque la política no desaparece cuando dejamos de mirarla; simplemente continúa sin nosotros.
Las democracias rara vez mueren de un solo golpe. Primero se deteriora la confianza; luego se degrada el lenguaje; después se debilitan las instituciones y, al final, la gente deja de creer que vale la pena defenderlas.
Cuando la antipolítica entra por la puerta, la democracia no sale caminando: salta por la ventana. Entonces el autoritarismo encuentra libre la entrada principal y, en sus expresiones más extremas, también el fascismo, casi siempre disfrazados de orden, limpieza y salvación. Para entonces, el cáncer ya ha hecho metástasis.
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