Lelé cumple cien años. Mi tía materna Irma Leda Eusebio Rodríguez acaba de cumplir cien años, sana, lúcida y de buen ánimo. La hija primogénita de Arismendy Eusebio e Idalia Rodríguez, la mayor de las hermanas de mi madre, ha llegado al siglo de vida. Provista de una salud envidiable (“Lelé no sufre de nada, solo de vejez”, dice mi madre) y de una memoria prodigiosa que ya empieza a fallarle, ha transitado con desbordante vitalidad todo el siglo veinte y el primer cuarto de este siglo veintiuno. Ha vivido con entusiasmo y pasión, y ha visto de todo, se ha codeado con tutumpotes y con hijos de Machepa, y sigue ahí, aferrada a la vida.
La tía Lelé es una de las personas esenciales de mi vida. La recuerdo desde mis años de infancia, cuando nos visitaba en la casa de los abuelos en San Cristóbal, para el día de las Madres o para las Navidades; la recuerdo en mi adolescencia y juventud, con su fuerte presencia en la familia, su personalidad extrovertida, su temperamento exaltado y su voz poderosa. Pero lo que más recuerdo de ella son sus anécdotas, divertidas, sus numerosas ocurrencias, sus “locuras”, que a todos nos llenaban de alegría y gozo.
Enérgica y temperamental, tía Lelé es una de esas personas que escapan a cualquier intento de clasificación. No hay forma de encasillarla, pues ella no es una tía o un familiar más: es una presencia inolvidable. Un roble, un tronco, aquel que nos quedó cuando la abuela Idalia partió de este mundo. Se podría crear un anecdotario en torno a su persona y aun así sería insuficiente. No hay modo de condensar un siglo de vida en una biografía convencional o un texto de ocasión. Porque de la tía Lelé se podría decir lo mismo que su nieta Pamela dice de mi madre: “Tía Ada no es una persona, es una fuerza de la naturaleza”.
Sensible y solidaria como todas las Eusebio, la tía Lelé siempre dijo presente cuando mis hermanas y yo necesitábamos de su ayuda para el colegio o los útiles escolares. “Yo te crié, Fidel, te pagué colegio y libro, por eso tú saliste tan estudioso”, suele recordarme. Y es cierto. La tía peleaba, discutía por cualquier cosa, especialmente por política (nadie podía meterse con su Peña Gómez y su PRD), pero siempre se podía contar con ella.
Mi madre nunca dejó de llevarme a visitarla en aquellos años de mi niñez y mi adolescencia. Recuerdo esas frecuentes visitas a su casa, en la segunda planta de la casa número 28 de la calle Duarte, en donde vivía con su hija Nayra, muy cerca del desaparecido cine Rialto. Allí pasé muy gratos momentos. La tía acumulaba la prensa de la época porque era una gran lectora de todo, de libros, revistas, periódicos. Yo llegaba y buscaba los periódicos en los cajones y me ponía a hojearlos y leerlos. Al hacerlo me daba cuenta de que ella lo leía todo, absolutamente todo: las noticias de primera plana, la página editorial, las sociales, las deportivas, los espectáculos. Nada escapaba a su lectura atenta, a su mirada minuciosa, a su memoria milimétrica, nada, ni siquiera los anuncios y clasificados. Creo que fue ella quien logró transmitirme ese amor que siento por lo impreso porque, además de libros, siempre he sido dado a acumular periódicos y revistas, y me da brega deshacerme de ellos.
Ha sobrevivido al dolor inmenso de perder a su hija única. Ha visto partir a hermanos y hermanas. Ha sido testigo de nuestra historia social y política de dos siglos. Ha conocido a políticos, artistas y empresarios. Conoció a Trujillo, a Bosch, a Peña Gómez, y a casi toda la vieja guardia del PRD y del PLD. Ha cultivado relaciones primarias, pero se ha mantenido al margen de prebendas y favores. Vivió toda la Era de Trujillo, el golpe de Estado a Bosch, la Guerra Patria de Abril, los Doce Años de Balaguer y los acontecimientos nacionales posteriores. Siempre le gustó la política y ser beligerante en la defensa férrea de sus opiniones. Recuerdo las acaloradas discusiones familiares que se armaban entre tíos y tías en la casa de San Cristóbal por motivos políticos. Tía Lelé solía llevar la voz cantante.
Hiperbólica en todo, exagerada y fantasiosa, desde que la recuerdo se viene quejando de su estado de salud: “Ay mi hijo, estoy mala, me estoy muriendo, no duro mucho”. Pero tiene una salud de hierro y no se enferma de nada, ni hay que internarla. Mi hermano Rafael, que la adora como a una madre, la provoca: “Lelé, pero si tú no sufres de nada, tú lo único que tienes es vejez”. Ella le responde, con la calma que le dan sus largos años vividos: “Y tú quieres algo peor que eso?”. A veces le gastamos bromas pesadas: “Lelé, dice Fidel que él quiere que tú seas la que lea su panegírico”. Ella responde sin inmutarse: “Bueno, si yo estoy viva no tengo problema en leerlo”. La broma mayor surge cuando fallece alguna persona conocida de avanzada edad o contemporánea suya. Para esas frecuentes ocasiones el tío Nandy ha patentado una frase cruel que alude a su asombrosa longevidad: “Otro que se tiró Lelé!”.
He pasado meses deseando con ansias que llegara ese momento único e inolvidable: ver a tía Lelé llegar a sus cien años. Ese día tan anhelado llegó y se lo hemos celebrado en familia, rodeada de los hermanos que le quedan (las tías Elsa y Ramonita, el tío Nandy, mi madre Ada), de sus sobrinos y de sus amistades más jóvenes, que son su público favorito. La hemos llevado a almorzar a un restaurante frente al mar Caribe y allí, con mariachis, le hemos cantado a coro su “Cumpleaños feliz” y su “Celebro tu cumpleaños”. Les digo a todos en broma: “Tía Lelé acaba de cumplir su primer centenario de vida”. Por momentos lucía alegre y feliz, pero luego parecía como ausente de todo. Es natural: no todos los días del mundo se alcanza esa cifra redonda tan respetable. Ella sabe que la queremos mucho, muchísimo, y que su larga vida ha sido para todos nosotros como una bendición del cielo.
Lelé cumple cien años y ahora me viene a la mente aquella maravillosa película de los años setenta del cineasta español Carlos Saura, Mamá cumple cien años. Lelé los cumple y hay que celebrarlos en grande. ¡Salud y larga vida, querida tía Lelé!
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