En abril de 2016 me encontré con Bernie Sanders en la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, en el Vaticano. Yo era entonces embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede.
Las fotografías conservan aquel momento, pero para comprender su significado conviene recordar qué se celebraba y qué planteó allí el senador estadounidense.
El encuentro conmemoraba el vigésimo quinto aniversario de Centesimus annus, la encíclica de san Juan Pablo II. El 15 de abril, Sanders presentó una intervención titulada «La urgencia de una economía moral: reflexiones sobre el 25.º aniversario de Centesimus annus». Su exposición situaba la dignidad humana y el bien común en el centro de la discusión económica.
Sanders acudió a la doctrina social de la Iglesia, desde Rerum novarum, de León XIII, hasta Laudato si’, del papa Francisco. Denunció la concentración de la riqueza, la subordinación de la política al dinero y los efectos de la especulación financiera. Recordó que la crisis había dejado a trabajadores sin empleos, viviendas y ahorros, mientras los gobiernos rescataban bancos.
Su argumento reconocía la capacidad productiva del mercado, pero cuestionaba una economía en la que la búsqueda de beneficios desplazaba los derechos de los trabajadores y las necesidades de los pobres.
Al concluir, sostuvo que el mundo disponía de conocimientos y recursos para afrontar sus grandes problemas. Faltaba orientar las decisiones hacia el bien común. El desafío era, principalmente, moral.
Diez años después, esa preocupación reaparece ante una transformación que puede alterar profundamente el trabajo y la distribución de la riqueza: la inteligencia artificial.
En un artículo publicado el 1 de junio de 2026, Sanders sostuvo que la sociedad debía poseer la mitad de las grandes compañías de IA.
Su razonamiento parte del origen de esta tecnología: los modelos se construyen con conocimientos, obras y experiencias acumulados por generaciones.
Libros, canciones, investigaciones, periodismo, imágenes y programas informáticos forman parte de esa materia prima.
Para Sanders, esa contribución colectiva justifica una participación colectiva en los beneficios.
También plantea una cuestión de poder: quién decidirá cómo se desarrolla una tecnología capaz de transformar la vida de millones de personas. Su propuesta busca que los ciudadanos tengan influencia sobre ese futuro.
El 18 de junio 2026 presentó el American AI Sovereign Wealth Fund Act. El proyecto establecería un fondo soberano mediante un impuesto extraordinario pagado en acciones, con el objetivo de otorgar al público el 50 por ciento de la propiedad de las mayores empresas de inteligencia artificial.
Las acciones quedarían en el fondo, administrado por una comisión independiente de siete miembros, nominados por el presidente y confirmados por el Senado.
Esa comisión ejercería derechos de voto para defender el interés público. Las compañías con negocios de IA y otras actividades tendrían que separarlos.
Su oficina estimó que el fondo podría alcanzar inicialmente siete billones de dólares: siete millones de millones.
Según ese cálculo, una distribución anual equivalente al cinco por ciento permitiría pagos superiores a mil dólares por persona.
El crecimiento posterior podría contribuir a financiar salud, educación y vivienda. Son estimaciones ligadas al valor de las empresas y a la aprobación e implementación del proyecto.
Sanders añadió otra iniciativa el 23 de septiembre de 2026, junto al representante Greg Casar: prohibir la superinteligencia artificial, pausar el desarrollo de IA avanzada hasta establecer controles federales y crear un Departamento de Inteligencia Artificial. Esta propuesta responde a su preocupación por sistemas que pudieran superar la capacidad humana de control.
Ambas iniciativas abren debates difíciles sobre propiedad, innovación, seguridad y autoridad pública.
El fondo soberano sigue siendo un proyecto legislativo; sus beneficios prometidos requieren evaluación.
Al mirar las fotografías de abril de 2016, encuentro una continuidad entre aquel discurso y estas propuestas.
En el Vaticano, Sanders reclamaba una economía al servicio de la persona. En 2026 busca traducir ese principio en participación pública sobre la riqueza tecnológica.
La inteligencia artificial puede multiplicar la producción. La decisión de compartir sus frutos pertenece a la política y a la conciencia moral de nuestras sociedades.
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