En nuestro artículo anterior establecimos que la Historia Militar Dominicana no debe limitarse a la historia institucional de sus Fuerzas Armadas. Si pretendemos comprender cómo evolucionaron el poder, la defensa y el control territorial en el espacio histórico donde posteriormente surgiría la República Dominicana, debemos conocer primero qué organización encontraron los castellanos cuando llegaron a La Española en 1492.
La pregunta que corresponde ahora es más precisa: ¿qué capacidad real poseían las sociedades taínas para organizar la defensa de sus comunidades y territorios?
Responderla exige abandonar dos extremos. No debemos imaginar un ejército indígena semejante a los europeos del siglo XV, pero tampoco una sociedad desorganizada y militarmente indefensa.
La realidad se encontraba entre ambos.
El cacicazgo era también una estructura de poder
Frank Moya Pons, en su Manual de historia dominicana, explica la sociedad taína como una organización jerarquizada alrededor del cacique, los nitaínos, los bohiques y los naborías. Irving Rouse, en The Tainos: Rise and Decline of the People Who Greeted Columbus, permite situar esas estructuras dentro de un proceso cultural antillano mucho más amplio.
Desde nuestra perspectiva, lo novedoso consiste en observar esa organización mediante una categoría propia de la Historia Militar: capacidad de movilización.
El cacique no era un comandante militar en el sentido moderno. Su autoridad reunía dimensiones políticas, económicas, sociales y ceremoniales. Pero precisamente esa concentración de autoridad le permitía convocar hombres y recursos cuando las circunstancias lo requerían.
La estructura política podía convertirse, llegado el conflicto, en estructura de movilización.
Esta es nuestra primera conclusión: el poder militar taíno no constituía una institución independiente; estaba incorporado al poder político del cacicazgo.
Los nitaínos: una pieza importante
Dentro de aquella estructura, los nitaínos merecen especial atención.
Las fuentes coloniales y la historiografía posterior los presentan ocupando posiciones jerárquicas relevantes. Aunque sería impropio atribuirles automáticamente rangos militares modernos, su relación con el cacique y con determinadas responsabilidades dentro de las comunidades permite comprender cómo podía transmitirse autoridad hacia niveles inferiores.
Esta organización ofrecía una ventaja: permitía movilizar combatientes sin mantener permanentemente un ejército profesional.
Pero contenía también una debilidad.
Si la capacidad militar dependía considerablemente de relaciones personales, comunitarias y políticas alrededor del cacique, la neutralización del liderazgo podía afectar la cohesión de la resistencia.
Este elemento adquirirá enorme importancia cuando estudiemos posteriormente a Caonabo y las estrategias utilizadas por los castellanos para capturar dirigentes indígenas.
¿Existía un “ejército taíno”?
La respuesta más rigurosa es: no en el sentido institucional europeo.
No disponemos de evidencia suficiente para hablar de un ejército permanente, profesional, uniformado, remunerado y organizado mediante unidades comparables con las estructuras militares castellanas.
Pero esto no significa que no existieran guerreros ni capacidad de combate.
Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, y Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Historia general y natural de las Indias, describieron armas y enfrentamientos indígenas. Ambos deben utilizarse críticamente, pero sus testimonios permiten reconocer capacidad para movilizar hombres armados.
Aquí debemos distinguir dos conceptos: ejército permanente y fuerza movilizable.
La sociedad taína parece responder fundamentalmente al segundo.
Esa diferencia tendrá consecuencias cuando deba enfrentar a hombres cuya experiencia militar procedía de conflictos europeos caracterizados por mayor especialización de las funciones de guerra.
Las armas estaban adaptadas a su propio mundo
Las armas indígenas respondían a los recursos disponibles y a las características de sus conflictos.
Macanas, arcos, flechas y lanzas aparecen descritos en las fuentes tempranas. No debemos evaluarlos preguntándonos simplemente si eran “mejores” o “peores” que las armas castellanas.
La pregunta metodológicamente correcta es otra:
¿para qué tipo de guerra habían sido diseñadas?
Durante generaciones habían servido dentro de un escenario antillano donde los adversarios poseían tecnologías relativamente comparables.
El problema surgió cuando ese sistema tuvo que enfrentarse repentinamente a espadas de acero, ballestas, protecciones corporales, armas de fuego todavía rudimentarias y, posteriormente, caballería.
No ocurrió simplemente una confrontación entre armas.
Ocurrió una brecha tecnológica del equilibrio militar existente.
La principal ventaja indígena estaba en el territorio
Si la tecnología acabaría favoreciendo a los castellanos, la geografía ofrecía inicialmente una ventaja importante a los habitantes de la isla.
Conocían el terreno.
La Española posee cordilleras, valles, ríos, bosques, llanuras y costas que condicionan cualquier operación militar. Una población familiarizada con ese espacio podía desplazarse, localizar alimentos, identificar rutas, buscar refugio y reconocer obstáculos con mucha mayor facilidad que una fuerza recién llegada.
Desde la Historia Militar podemos denominar esta capacidad inteligencia territorial acumulada.
No necesitaba mapas modernos.
Estaba incorporada a la experiencia colectiva.
Y constituía probablemente uno de los recursos estratégicos más importantes de las sociedades indígenas.
El territorio también condicionaba la logística
Existe otro elemento poco visible pero decisivo: los alimentos.
Toda fuerza necesita sostenerse.
Las comunidades indígenas conocían sus ciclos agrícolas, zonas productivas, fuentes de agua y mecanismos de distribución.
El conquistador, en cambio, llegaba inicialmente desde el exterior y debía aprender cómo sobrevivir dentro del nuevo espacio.
Esto significa que durante las primeras etapas del contacto los castellanos poseían superioridad tecnológica, pero también importantes dependencias logísticas.
Necesitaban información y alimentos.
Necesitaban guías.
Necesitaban comprender las rutas.
La superioridad militar europea de 1492 todavía no equivalía, por tanto, a capacidad inmediata de dominio territorial.
Tendría que construirse.
El gran problema: poder fragmentado
Aquí aparece probablemente la vulnerabilidad estratégica más importante del sistema indígena.
La Española no constituía un Estado políticamente unificado.
La historiografía ha organizado tradicionalmente su geografía política alrededor de Marién, Maguá, Maguana, Jaragua e Higüey. Como advertimos anteriormente, esos espacios no deben imaginarse como provincias modernas con fronteras perfectamente establecidas.
Lo esencial es que no existía una autoridad central capaz de dirigir conjuntamente todos los recursos humanos y materiales de la isla.
Cada cacique respondía a sus propios intereses y relaciones.
En condiciones normales, esa estructura podía funcionar dentro del equilibrio político indígena.
Frente a una amenaza exterior con intención de ocupar progresivamente el territorio, se convertía en una vulnerabilidad.
Porque una amenaza común necesita, para ser enfrentada eficazmente, algún grado de estrategia común.
Superioridad demográfica no significa superioridad militar
Este punto permitirá interpretar correctamente los acontecimientos posteriores.
Las poblaciones indígenas eran numéricamente muy superiores a los primeros contingentes castellanos.
Pero población no equivale automáticamente a fuerza militar.
Para transformar hombres en poder de combate es necesario organizarlos, concentrarlos, abastecerlos, transmitir órdenes y dirigirlos hacia objetivos comunes.
Podemos expresarlo mediante una fórmula conceptual: población + organización + mando + logística = capacidad militar efectiva. Es decir, es la capacidad militar efectiva que tiene una sociedad, comunidad o estructura política para organizar, movilizar, dirigir y sostener recursos humanos y materiales con el propósito de defenderse, ejercer control sobre un territorio o enfrentar una amenaza organizada.
Si uno de esos elementos falla, la superioridad numérica pierde parte de su valor.
Esta será una de las claves para comprender cómo contingentes europeos relativamente pequeños pudieron producir efectos militares extraordinariamente superiores a su número.
La información también estaba fragmentada
La descentralización política tenía otra consecuencia.
Cada cacicazgo poseía conocimientos privilegiados sobre su propio espacio, pero no necesariamente existía un sistema insular centralizado para reunir información, evaluar una amenaza exterior y coordinar una respuesta conjunta.
Los castellanos aprenderían progresivamente a explotar esa circunstancia.
Podían negociar con unos.
Enfrentarse con otros.
Obtener guías.
Conseguir alimentos.
Identificar rivalidades.
Y utilizar información indígena contra otros actores indígenas.
Aquí encontramos una de las grandes enseñanzas estratégicas de la conquista: el conocimiento del adversario puede convertirse en un multiplicador de fuerza.
La vulnerabilidad no estaba solamente en las armas
La explicación tradicional de la conquista suele concentrarse en acero, caballos y armas de fuego. Todos fueron importantes, pero desde nuestra metodología de Historia Militar debemos mirar más profundamente.
La principal asimetría que comenzaría a surgir no dependía únicamente de la cantidad de hombres, armas o recursos disponibles, sino de la capacidad para organizarlos, dirigirlos y emplearlos eficazmente. La superioridad tecnológica adquiría verdadero valor cuando estaba acompañada de estructuras de mando capaces de coordinar las fuerzas, sistemas de información que permitieran conocer el territorio y anticipar las acciones del adversario, y alianzas que ampliaran las capacidades propias. En consecuencia, la ventaja estratégica no procedía exclusivamente de los recursos poseídos, sino de la capacidad de integrarlos, coordinarlos y convertirlos en poder efectivo para alcanzar objetivos políticos y militares.
Frente a ella, las sociedades indígenas poseían población, conocimiento territorial, capacidad de movilización y adaptación al medio, pero carecían de una dirección política insular unificada.
Por eso la futura derrota no puede explicarse mediante una supuesta inferioridad humana o cultural.
Debe explicarse mediante una asimetría de sistemas militares.
La paradoja de 1492
Cuando Colón llegó a La Española encontró una situación estratégica paradójica.
Los indígenas eran superiores en número y conocimiento territorial.
Los castellanos eran superiores en determinadas tecnologías y experiencia militar.
Pero ninguno poseía todavía control completo sobre el otro.
El resultado no estaba decidido el primer día.
Tendría que construirse mediante decisiones políticas y militares.
Y allí aparecería una variable decisiva que todavía no hemos analizado en profundidad: las alianzas.
Si una fuerza extranjera pequeña conseguía incorporar conocimiento, alimentos y cooperación procedentes de actores locales, podía compensar rápidamente algunas de sus principales debilidades.
La fragmentación indígena podía entonces convertirse en ventaja castellana, ese sería el comienzo de la transformación, porque el dominio de La Española no se construiría únicamente mediante espadas.
También se construiría mediante: información, alianzas, fortificaciones y control progresivo del territorio.
Ese será el próximo paso de nuestra Historia Militar.
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