En Zimbabue, el mundo rural ve cómo la crisis climática le hace cortes de manga y las formas de vida se extinguen. La tierra es cada vez más inhóspita y muchos se van para no volver, exacerbando dificultades en contextos ya de por sí frágiles. Un reportaje de Irene Savio desde el terreno, que habló con varios de los afectados de la crisis climática en curso. 

Sikhululekile Nkati habla mientras llora. "Cómo quisiera que estos niños no vivieran así", dice. Una trabajadora humanitaria intenta consolarla. Pero no hay manera. Las pupilas nubladas de Sikhululekile se vuelven a encoger hasta volverse casi diminutas.

La trabajadora humanitaria insiste, e incluso prueba a decirle que "lo siente". Cuando Sikhululekile se repone, explica.

"Tengo 70 años, soy viuda, ciega, y tengo a estos seis niños pequeños que dependen solo de mí. Son los hijos de mis cinco hijos que se han tenido que ir, ya no recuerdo cuándo, para buscar trabajo", afirma, al mirar a Beauty, de 12 años y que intenta asistir a su gogó (abuela, en lengua ndebele) en la choza en la que viven como puede, aunque no siempre logren comer más de una vez al día y que encontrar agua sea, a menudo, una auténtica odisea. 

Estamos en el distrito de Umguza, en una zona rural del oeste de Zimbabue, un rincón de gran belleza natural e indescriptibles padecimientos humanos.

Según Panji Kajani, director regional de Mary’s Meals —una ONG que proporciona comida a dos millones de niños en Zimbabue, Zambia, Malaui y Mozambique—, el sufrimiento que la crisis climática ha inoculado en la vida de miles de zimbabuenses explica incluso los desplazamientos frenéticos de gente hacia otras zonas de Zimbabue y países cercanos.

"Las cada vez más frecuentes sequías están poniendo una dura prueba a la agricultura, de la que aquí mucha gente depende para no pasar hambre, y esto lo está alimentando las migraciones masivas y rompiendo hogares. La gente se mueve cada vez más y cada vez más lejos", afirma. 

Las cada vez más frecuentes sequías, inundaciones y olas de calor síntomas del cambio climático están poniendo patas arriba la vida heredada de generaciones de Zimbabue, un país en el que unos 11 de sus 15 millones de habitantes (el 67 %) viven en áreas rurales donde el sustento del 90 % es la agricultura y el 95 % de ellos necesitan que la lluvia riegue sus cosechas —sobre todo maíz, trigo, sorgo y mijo— para poder alimentarse.

Por ello también Zimbabue es considerado uno de los países del mundo más vulnerables al cambio climático. En concreto, según la Universidad de Notre Dame (EEUU), Zimbabue ocupaba en 2023 el puesto 174 en cuanto a su vulnerabilidad climática, cuando el país más vulnerable del mundo, Chad, se situaba en el puesto 187. 

Un terreno ya frágil

Los ancianos Ezra, Mkhohlisi, Sethi y Ngwuisa, son jefes de comunidad en el distrito de Nkayi. Todos ellos tienen entre 58 y 72 años y, como Sikhululekile, también son abuelos-padres.

Están a cargo de diversos niños pequeños, nietos o hijos pequeños de parientes, una realidad cada vez más común aquí.

"Cuando yo era joven también éramos pobres pero al menos teníamos comida, vivíamos con lo que nos daba la tierra", razona Sethi. "Ahora todo es peor, y las familias sufren", añade.

Otro caso es el de Georgina Ncube, cuya vida parece un purgatorio en la tierra. Con apenas 36 años, es madre de seis hijos de un primer esposo que la abandonó y de otro más, de apenas dos meses, cuyo padre solo ha visto al bebé una vez.

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El niño nació tras un embarazo durante el cual Georgina tuvo que buscar trabajos precarios después de que su huerta se secara durante la gran sequía del año pasado, cuando el fenómeno de El Niño llevó a Zimbabue a declarar el estado de catástrofe por clima extremo.

"Por eso también mi hija mayor, Privilege, que tuvo a su hijo con 15 años, está ahora trabajando", cuenta. "Las mujeres son las más vulnerables a la crisis climática porque el peso de la familia recae a menudo sobre sus espaldas", razona Kajani, el directivo de Mary’s Meals.

Si bien la población conoce desde hace ya décadas en Zimbabue la vida en un entorno difícil, la crisis climática está exacerbando esas dificultades ambientales y económicas, desestabilizando un terreno ya de por sí frágil

Otras instituciones aportan más datos. "Históricamente, el desplazamiento [de personas] en Zimbabue ha sido provocado por los conflictos, el desarrollo y los desastres naturales. Pero ahora los desastres naturales son el principal factor", analizaba un reciente estudio del Scalabrini Institute for Human Mobility in Africa.

Más calor, menos lluvia

Los datos del propio Gobierno zimbabuense, en el informe Zimbabwe’s First Biennial Update Report 2020, uno de los más completos con datos gubernamentales, también definen la situación.

"La temperatura media anual de la superficie nacional aumentó aproximadamente 0,9 ° grados Celsius entre 1900 y 2018, y la precipitación anual media disminuyó en torno al 5 % en todo el país durante el mismo periodo", destaca el documento. Con ello, "la frecuencia de sequías aumentó del 10 % entre 1902 y 1979 y del 25 % entre 1980 y 2018″.

La situación se ha vuelto a agravar recientemente, cuando la sequedad extrema llegó a más de siete millones de personas en estado de inseguridad alimentaria, la mitad de la población del país.

Asimismo, Gordon Sibanda lo ha vivido en carne y hueso. Hijo de una familia de agricultores, abandonó ese trabajo hace diez años, cuando sus tierras ya no producían lo suficiente. Entonces se dedicó a la ganadería. Pero primero murieron las vacas y la última sequía mató a 15 de sus 21 cabras.

“Así que ahora solo tengo cinco, pero están tan raquíticas que no sirven de nada”, relata, al explicar que, por ello, también intentó conseguir trabajo en la minería, un sector que el Gobierno local promueve ante la proliferación de inversiones extranjeras. “Pero es un trabajo durísimo y peligroso", afirma.

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Zimbabue es, de hecho, riquísima en minerales, algunos cada vez más demandados por las transformaciones verdes de muchas economías avanzadas. Pero eso tampoco representa un 'El Dorado' para muchos zimbabuenses que huyen del campo.

*Tendai —nombre ficticio por cuestiones de seguridad— lo ha visto con sus propios ojos.

"Busqué trabajo en una mina, pero un día una parte colapsó y murió gente. Por eso lo dejé", afirma.

Otra consecuencia son los conflictos intercomunitarios que, de acuerdo con fuentes consultadas sobre el terreno para este reportaje, también derivan del avance de la minería en Zimbabue.

Se prevé que el sector crezca un 7% tan solo en 2025 y el Banco Mundial destaca su enorme potencial sin explotar para minerales de transición energética como litio, cobre y níquel.

La razón es que se trata de una actividad resistente al clima extremo, pero que también degrada el medioambiente —con la erosión de la tierra y la contaminación del agua— y, al mismo tiempo, no beneficia lo suficiente al ciudadano de a pie.

Elefantes con hambre 

Pero no solo las relaciones entre humanos han empeorado.

Los conflictos entre personas y fauna silvestre, como elefantes, leones e hienas, provocaron la muerte de al menos 18 personas en todo el sur de Zimbabue entre enero y abril de este año, lo que llevó a las autoridades a sacrificar a 158 animales "problemáticos" durante ese período (siendo unas 300 las personas fallecidos entre 2019 y 2024, según ZimParks, la Autoridad de Parques y Vida Silvestre de Zimbabue).

Situación que diversos analistas sostienen que también tiene una relación directa con el cambio climático, puesto que han aumentado los señalamientos de animales que se acercan con mayor frecuencia a asentimientos humanos en busca de alimento y agua, lo que destruye cultivos e infraestructuras. 

Tanto es así que, el año pasado, la propia ZimParks se vio obligada a poner en marcha un nuevo programa de alertas —basado en un sistema GPS— que avisa cuando manadas de elefantes se dirigen hacia aldeas cercanas al Parque Nacional Hwange, cerca de la frontera con Botsuana.

Con ello, en cuanto llega la información, se difunde en grupos de WhatsApp o directamente cara a cara a todos los residentes afectados.

El proyecto aún necesita tiempo para que puedan evaluarse sus resultados, aunque el clima de debate sigue siendo tenso.

Prueba de ello fueron, el año pasado, las protestas de diversos grupos ecologistas luego de que se informara de la propuesta de Zimbabue y Namibia de sacrificar a cientos de elefantes salvajes y otros animales con el fin de alimentar a los residentes afectados por el hambre en medio de la grave sequía.

Una decisión que Zimbabue, que posee la segunda población más grande de elefantes de África después de Botsuana, confirmó este junio pasado. 

France24

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