En su campaña presidencial, Donald Trump prometió acabar con el Departamento de Educación en Estados Unidos, al que señala de ser una pérdida de dinero y un brazo de la 'cultura woke' en el país. El ahora presidente estadounidense ha impulsado una agenda federal en contra del organismo, las universidades y los planes de estudio en la educación básica. ¿Cómo ha afectado la lucha contra la educación del trumpismo?

Donald Trump inicia su ofensiva en contra del sistema educativo estadounidense.

El presidente número 47 de Estados Unidos ha emprendido una avanzada política dentro de la Casa Blanca para desmantelar la cartera de educación. Su nominada para encabezar el departamento, Linda McMahon, fue confirmada por el Senado el pasado 4 de marzo, para después instruir a la plantilla del organismo que esté preparada para "el acto final" del departamento.

"Espero que se unan a mí para garantizar que cuando nuestra misión finalice (…) todos podamos decir que dejamos la educación estadounidense más libres, más fuertes y con más esperanza en el futuro", expresó McMahon en un correo electrónico enviado al personal del ala gubernamental que ahora encabeza.

La elección de McMahon, esposa del ex dueño de la empresa de lucha libre más importante del país y sin experiencia previa en el Gobierno o en un aula de clase, es el punto más visible del entramado trumpista para sacudir el sistema educativo estadounidense y moldearlo a partir de su visión del mundo. 

Sin embargo, la eliminación del Departamento de Educación podría ser solamente la 'ópera prima' de una estrategia mucho más compleja del presidente para conseguir su objetivo último: transformar la impartición, y los contenidos, de educación en Estados Unidos por los próximos cuatro años.

Recortes, congelación de fondos, la eliminación de los programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) y amenazas con deportar estudiantes universitarios extranjeros, son algunas de las tácticas que el magnate neoyorquino ha tomado en sus primeras semanas como mandatario. La 'cacería de brujas' de Trump no termina con la hipotética desaparición del Departamento de Educación.

¿Qué es el Departamento de Educación y por qué Trump quiere eliminarlo?

El Departamento de Educación es una de las agencias gubernamentales estadounidenses más reducidas, con aproximadamente 4.000 trabajadores activos y un presupuesto de poco más de 268.000 millones de dólares.

¿Su responsabilidad? Repartir los fondos que otorga el Congreso para asistir a los estados a que garanticen que las escuelas públicas cumplan con las leyes que protegen a los estudiantes vulnerables, además de verificar la repartición de los 1,6 billones de dólares en préstamos estudiantiles federales.

Contrario a como el presidente republicano quiere conceptualizar públicamente al Departamento de Estado – como un organismo que recibe una nómina billonaria y que reparte el dinero solamente a aquellas instituciones que cumplen con una agenda política determinada –, esta ala gubernamental es meramente una mediadora entre el Congreso y los estados, para supervisar que los fondos lleguen correctamente a las carteras de los Gobiernos locales.

Además del manejo de los préstamos estudiantiles para alumnos de educación universitaria, la cartera educativa estadounidense también se encarga de subvencionar distintos servicios para instituciones de educación básica que no puedan ser totalmente cubiertas por las administraciones estatales, como el transporte a las escuelas.

Con poco más de 40 años de existencia, el Departamento de Estado es una de las ramas gubernamentales más nuevas en Washington, por lo que sus funciones no están muy claras en el imaginario estadounidense. Empero, su posible eliminación es una de las medidas más impopulares de Trump; una encuesta realizada por YouGov en julio de 2024 mostró que el 62% de los encuestados rechazaban la idea.

"En general, la gente no sabe muy bien qué hace exactamente el Departamento de Educación, pero decir que se va a acabar con él se lee genéricamente como estar en contra de la educación", apuntó David Houston, profesor de educación en la Universidad George Mason, para la publicación estadounidense 'The 74′.

Desde sus épocas como candidato presidencial, Trump nunca escondió su fijación por eliminar el Departamento de Educación, repitiendo en varios mítines políticos que dicha dependencia gubernamental es una suerte de herramienta de adoctrinamiento juvenil impulsada por "lunáticos radicales de izquierda", como usualmente se refiere al sector progresista del país.

Además, el magnate neoyorquino argumenta que su existencia es un gasto innecesario de recursos, abogando por "devolverle a los estados" la educación de sus territorios. Actualmente, los estados ya son quienes realizan los programas educativos y deciden qué sí, y qué no, se enseña en sus escuelas. 

Aunque se pronostica que Trump firme una orden ejecutiva para su eliminación en las próximas semanas, no será tarea fácil. Para eliminar el departamento, el republicano necesita la aprobación de la Cámara Baja del Congreso y 60 votos en el Senado, donde actualmente solo tiene 53 asientos.

Trump deja a las universidades sin fondos

Fuera de la controversia por la posible eliminación del Departamento de Estado, la política trumpista ya ha trastocado otros rubros esenciales de la educación estadounidense a través de recortes unilaterales a las subvenciones públicas y la inversión para las investigaciones académicas en las universidades.

Tras el regreso de Trump al poder, las principales universidades del país han reportado una caída abrupta en las subvenciones y contratos de colaboración gubernamental que tenían antes del 20 de enero, lo que ha provocado que las instituciones tengan que cortar de manera abrupta la contratación de nuevos investigadores, profesores, además de recortar el tamaño de la matrícula en cursos de posgrado, que son uno de los principales recipientes de la ayuda federal.

La presidenta de la Universidad de Louisville, Kim Schatzel, anunció que la institución dejaría de contratar personal hasta el mes de julio, argumentando pérdidas de hasta 23 millones de dólares por el recorte fiscal implementado por Trump. El sindicato de estudiantes de la Universidad de Columbia reveló que la dirigencia propuso eliminar el 65% del cupo en los programas doctorales en la facultad de artes y ciencias.

"No quiero sonar fatalista, pero en este momento creo que están intentando acabar con la empresa académica. Y recortar la ciencia académica repercute en la misión educativa de toda la universidad", lamentó Kimberly Cooper, profesora de biología en la Universidad de California, para el diario 'The New York Times'.

La campaña de la Casa Blanca para recortar al máximo los fondos públicos reservados para la investigación educativa tienen, además de una presunta lógica económica, una connotación política.

"El presidente Trump está acabando con el fondo para sobornos de los decanos liberales del D.E.I.", escribió Kate Miller, parte del DOGE de Elon Musk, después de que la administración Trump anunciara sus intenciones por cortar alrededor de 4.000 millones de dólares de un plan destinado para la investigación médica en universidades y centros especializados.

Protestas propalestinas en los campus, silenciadas

Quizás, uno de los momentos claves para entender la campaña de desarticulación educativa empuñada por el líder republicano, y enfocada especialmente en contra de las instituciones de educación superior, este en el protagonismo que ha tenido una gran parte de estudiantes estadounidenses en el conflicto israelí-palestino. 

En los primeros meses del 2024, estalló una oleada de protestas estudiantiles en prestigiosas universidades del país. Yale, Columbia y UCLA fueron algunos de los escenarios que presenciaron decenas de campamentos en donde los jóvenes estudiantes manifestaron su descontento; primeramente, contra el actuar bélico de Israel en Gaza, y después, contra el apoyo de Washington a Tel Aviv. 

Por semanas, las cámaras del mundo estuvieron apuntando a las instalaciones de las universidades más prestigiosas del país para mostrar la fragmentación entre la juventud y el Gobierno estadounidense. Aunque Joe Biden encabezaba la Casa Blanca en ese momento, y su manejo del conflicto pudo haberle costado el voto joven el 5 de noviembre, Trump fue un ferviente crítico de las manifestaciones. 

Tras su investidura el 20 de enero, uno de los primeros decretos presidenciales que el republicano firmó en su regreso fue una orden ejecutiva para terminar con el supuesto "antisemitismo" en las instituciones de educación superior, afirmando que las protestas propalestinas de los estudiantes eran "ilegales". Además, Trump amenazó con deportar a los jóvenes extranjeros que hubieran participado en ellas.

"Los agitadores serán encarcelados y/o enviados permanentemente de vuelta al país del que proceden. Los estudiantes estadounidenses serán expulsados permanentemente o, dependiendo del delito, detenidos", escribió el presidente a través de su perfil de Truth el pasado 4 de marzo.

Entre tanto, la presión desde la Oficina Oval de la Casa Blanca ya ha tenido efectos dentro de la estructura universitaria estadounidense. La semana pasada, la Universidad de Columbia reafirmó su compromiso para "combatir el antisemitismo", después de que Washington amenazará con finalizar contratos con un valor de unos 50 millones de dólares con la institución, alegando su "continua inacción de la escuela ante el implacable acoso a estudiantes judíos". 

"Restringir la libertad de expresión recortando los fondos estatales, o más exactamente, crear un efecto amedrentador amenazando con hacerlo, es un sello distintivo de las tomas de poder autocráticas", apuntó Michael Schaeffer Omer-Man, director de investigación sobre Israel-Palestina en la organización sin ánimo de lucro DAWN, para el medio qatarí 'Al Jazeera'.

"Nuestro país ya no será 'woke'"

Las tácticas de presión financiera e intimidación política con las instituciones educativas están encapsuladas en una campaña más grande, más grande que la molestia de Trump con las protestas pro-palestinas o el 'ahorro' que pueda suponer el corte de millones de dólares a la investigación académica. El presidente le ha declarado la guerra a la 'cultura woke'.

Durante su primer discurso frente al Congreso el pasado 4 de marzo, Trump dedico una parte de su exposición al "progresismo" y la "cultura woke" en Estados Unidos, afirmando que el país de las barras y las estrellas "ya no será progresista", remarcando que uno de los objetivos de su agenda es desmontar todo lo que está presunta rama política ha conseguido dentro del Gobierno. 

Trump ha puesto una diana en todo lo que la cultura conservadora tilda como 'woke': los derechos de la comunidad LGBTQ+, los programas DEI, el feminismo, el derecho al aborto y, finalmente, las universidades. 

Desde su campaña, el republicano había delimitado la 'lucha contra lo woke' como una de sus metas políticas principales si llegaba a la Casa Blanca. "Prometo mantener la teoría crítica de la raza y la locura transgénero fuera de nuestras escuelas", lanzó durante un mitin de campaña en Carolina del Norte, el 14 de agosto de 2024. 

La lógica de Trump es repetida por otros miembros de su Gobierno, que conceptualizan a las universidades como un caldo de cultivo de lo 'woke'.

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"Si alguno de nosotros quiere hacer las cosas que queremos hacer por nuestro país y por la gente que vive en él, tenemos que atacar honesta y agresivamente a las universidades de este país", sentenció J.D. Vance, vicepresidente estadounidense, durante una conferencia en 2021 titulada ’Las Universidades son el Enemigo'.

Trump y su gabinete, además de personalidades públicas que lo siguen, han emprendido una campaña que ha intentado resonar con un sector de la sociedad que no se siente identificado con ello y que ha conceptualizado a este sector de la cultura estadounidense como el enemigo a vencer. 

"Trump y sus partidarios creen que los liberales están arruinando la educación pública al instituir lo que ellos llaman una 'agenda woke radical' que, según dicen, prioriza la política de identidad y el pensamiento grupal políticamente correcto a expensas de la libertad de expresión de quienes, como muchos conservadores, tienen opiniones diferentes", escribió Alex Hilton, profesor de Antropología, para el medio 'The Conversation'. 

Con AP, EFE, Reuters y medios locales

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