Aquel sábado la sala se convirtió en otra cosa. Dejó de ser un espacio físico —con sus sillas, su luz, su temperatura— y se transformó en algo más parecido a un espejo colectivo. Eso fue lo que ocurrió en la Biblioteca Abigail Mejía cuando la escritora y periodista Karina Sainz Borgo tomó la palabra ante un grupo de mujeres dominicanas, durante el reputado y necesario festival Mar de Palabras 2026,  organizado por la Fundación René del Risco que durante tres días convirtió la Ciudad Colonial en el epicentro cultural del Caribe.

Yo estaba ahí. Y lo que escuché me obligó a pensar… A re-pensar.

Una venezolana que habla desde las entrañas

Karina Sainz Borgo —caraqueña, periodista, novelista, afincada en España desde 2006— no llegó a darnos una conferencia, tampoco se imaginaba el sufrimiento posterior por el cual atraviesa su país. Llegó a contarnos algo. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas, y esa diferencia es precisamente lo que hace que ciertas voces perduren y otras se evaporen en el aire acondicionado de los auditorios.

El conversatorio "Mujeres que resisten: literatura, memoria y supervivencia", organizado por la Escuela de Igualdad Magaly Pineda del Ministerio de la Mujer y encabezado por la ministra Gloria Reyes, fue el espacio institucional responsable. Pero lo que Karina construyó adentro fue otra cosa: un trazado biográfico, íntimo y político al mismo tiempo, que la pedagoga Mary Cantisano supo reconocer de inmediato como un gesto hacia las nuevas lectoras. No era una escritora hablando de sus libros. Era una mujer hablando de lo que cuesta ser mujer.

La periodista Margarita Cordero, con su ojo siempre afilado, perspicaz, lo dijo sin rodeos: eran las palabras más feministas que le había escuchado a Karina Sainz Borgo. Y tenía razón. No porque usara el vocabulario de los manifiestos, no lo usó, sino porque habló desde el lugar más honesto que existe: la propia historia.

El listón que nos dejaron

"Si mi abuela hubiese estudiado en la universidad, madre mía, lo que hubiese hecho", expresó Karina para devolver sentido a la obra de Abigaíl Mejía, de María Trinidad Sánchez… De Petronila Angélica Gómez, de mi abuela Margot (Margarita).

La frase cayó en la sala como una piedra en agua quieta. Karina la dijo casi de pasada, entre risas, pero en esa ligereza había una carga enorme. Estaba hablando de deuda. De genaología. De la responsabilidad que implica haber llegado a donde llegamos sobre los hombros de mujeres que no tuvieron las mismas reglas del juego.

Yo pensé también en mi madre, Aidee de Jesús Peña, que se hizo licenciada en Educación luego de que terminamos la secundaria, y decidió cursar su máster tras el fallecimiento de mi hermana, la médico psiquiatra Haydee Carolina (EPD). Supongo que todas pensamos en esa mujer que ha superado duras batallas y sigue, sigue…

Y es que Karina habló de lo que ella llama "el cariño severo" de su mamá —nacida en una ciudad pequeña del interior de Venezuela, una de ocho hermanos, la única universitaria de la familia—, ese "tira pa’lante" que no era frialdad sino una forma de amor que no podía permitirse el lujo de la queja. Y habló de Borges. Citó un verso que me persiguió el resto del día: "Me legaron valor y no fui valiente".  Lo dijo como una advertencia. Como una pregunta que cada una de nosotras debería hacerse antes de dormir.

El listón, dijo, está alto. La resiliencia no es una virtud abstracta: es no ser menos que las que vinieron antes. Las mujeres que nos antecedieron.

Desobedecer, pero con inteligencia

Hubo un momento en que la conversación giró hacia algo más político, más urgente. Lo que esperaba. Karina habló de no dar nada por sentado: ni las estructuras democráticas, ni la prosperidad, ni la libertad de circular. Y entonces dijo algo que me pareció uno de los gestos intelectuales más lúcidos de la tarde: "Siempre hay que desobedecer aquello que se espera". 

No lo dijo como consigna. Lo dijo como estrategia de supervivencia.

Desobedecer, aclaró, no es vandalizar. Es negarse a hacer lo que alguien —un sistema, un algoritmo, una estructura de poder— quiere que hagamos para mantenernos quietas. "Hay alguien que le interesa que estemos viendo gatos en Instagram", dijo, y la sala se rió porque era verdad y porque duele cuando la verdad es tan precisa.

Yo, que llevo años cubriendo política y economía desde una perspectiva de género, reconocí en esa frase algo que vivo cada semana en la redacción: la presión sutil —y a veces no tan sutil— de ocupar ciertos espacios y no otros, de hablar de ciertos temas y no de los que realmente importan. La desobediencia de Karina no es la de la rabia ciega. Es la de quien sabe exactamente qué está en juego.

El oficio y las redes: una conversación que no termina

Desde mi lugar en esa sala —periodista, editora, mujer que ha visto cómo las redes sociales transformaron el oficio en algo que a veces no reconocemos—, el encuentro me dejó pensando en algo que Karina no dijo explícitamente pero que sobrevoló toda la tarde: la tensión entre la profundidad y la velocidad, entre el periodismo que construye memoria y el ruido que la destruye.

Ella viene de ese periodismo que todavía cree en la frase bien construida, en la investigación que tarda, en la historia cenicienta que merece ser contada aunque no genere clics inmediatos. Sus novelas —La hija de la españolaEl tercer país, y ahora Nazarena, publicada bajo el sello Alfaguara— son, en cierto modo, el reverso de las redes: lentas, densas, habitadas.

Espacios como Mar de Palabras existen, precisamente, para recordarnos que ese otro tiempo es posible. Que hay lectoras. Que hay mujeres que quieren más que titulares.

No te sabotees

Al final de la tarde, cuando el aplauso se apagó y la sala volvió a ser una sala, me quedé con una imagen: Karina hablando de las mujeres que la antecedieron con una mezcla de gratitud y exigencia que no suele verse junta. No era nostalgia. Era llama de valor.

"No te sabotees", dijo hacia el final, dirigiéndose a las más jóvenes. "No te pongas más piedras de las que ya tienes".

Es el consejo más feminista que existe, aunque no lleve esa etiqueta. Es lo que le decimos a nuestras hijas (Amelie y Judith), a nuestras estudiantes, a las periodistas que empiezan y que ya tienen suficiente con el mundo que les toca. Es lo que nos decimos a nosotras mismas en los días en que el oficio pesa.

Gloria Reyes reivindica un diálogo “íntimo e intergeneracional”

La ministra de la Mujer, Gloria Reyes, abrió un encuentro con la periodista y escritora Karina Sainz Borgo destacando el sentido “íntimo” e intergeneracional del espacio y subrayando que la actividad buscó reflejar “toda la diversidad que representa a la mujer dominicana”.

En sus palabras ante la audiencia, Reyes valoró la convocatoria como una reunión plural, con mujeres “de mucha trayectoria”, pero también con “adolescentes dominicanas”, participantes de comunidades, periodistas, académicas, profesionales, feministas y pastoras. “Del alma gracias por tener esta sensibilidad, por tener este compromiso con las mujeres”, expresó, al tiempo que resaltó la importancia de poner “en perspectiva la voz de la mujer latinoamericana” en espacios que invitan a pensar y crear.

La ministra remarcó una convicción que atravesó su mensaje: “las mujeres tenemos un potencial enorme que debemos apoyar todas”. Y en esa línea explicó por qué, según dijo, era importante generar una instancia de cercanía con Sainz Borgo y con las invitadas: que también pudiera funcionar como un modelo para las más jóvenes.

“Por eso quisimos invitar a las jóvenes, porque creo que hay una necesidad muy importante”, afirmó. Reyes se dirigió a las lideresas presentes y planteó la urgencia de que las adolescentes puedan ver de cerca ejemplos concretos de liderazgo y trayectoria: “que nuestras jóvenes vean ejemplos”, señaló, mencionando tanto a la invitada como a otras mujeres presentes en la sala.

Las adolescentes llegaron por la labor constante de la viceministra de Cultura de Igualdad del Ministerio de la Mujer, Lily Luciano, de sembrar autonomía en la juventud y las adolescentes.

En ese repaso de referentes, Reyes aludió a doña Margarita Cordero como “un referente del periodismo dominicano”, y celebró el valor de los encuentros cara a cara: “Qué bueno que estamos aquí, qué bueno que nos podemos ver, que nos podemos acercar”.

Me fui de la Biblioteca Abigail Mejía con el verso de Borges todavía en la cabeza y una certeza renovada: el listón está alto, sí. Pero también está puesto ahí para que lo alcancemos.

Elvira Lora

Subdirectora

Periodista especialista en investigación, documentación y derechos humanos. Doctora en Periodismo & Comunicación de la #UAB. Productora transmediática y fundadora de una plataforma de periodismo feminista Ciudadanía Fémina.

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