Este primero de julio hará 56 años del atentado que culminó con la muerte a balazos de Julio Guzmán Silverio y dejó gravemente herido a su padre, el ingeniero José Delio Guzmán Domínguez, alto dirigente del Partido Revolucionario Dominicano.
En mi condición de hijo de José Delio Guzmán, me creo en el deber de revelar información y pormenores desconocidos o tergiversados hasta ahora, en relación a este hecho. Fue mi padre quien siempre nos pidió, a quienes manejábamos datos, nombres y detalles de ese acontecimiento, abstenernos de revelarlos. Según nos dijo, lo contrario despertaría sentimientos de venganza en nuestra familia y traería reparos innecesarios a personas inocentes relacionadas con los hechos.
Un hombre nacido en 1899
Para entender mejor este crimen es necesario hacer una breve descripción de José Delio: nació en 1899, último vástago de una familia de tabaqueros de Villa González, fue un exitoso industrial, hacendado, comerciante y sobre todo un prolífico constructor de obras públicas en todo el territorio nacional, destacando de tal manera que en 1942 recibió exequatur de ingeniero No.1537, siendo también matrícula 328 del Colegio Dominicano de Ingenieros (CODIA).
En 1960, cuando Joaquín Balaguer fungía como Presidente de la República, mientras el ingeniero José Delio Guzmán Domínguez construía la carretera Cruce Gran Parada – Gáspar Hernández, los servicios de inteligencia descubrieron la existencia de sendas células del movimiento “14 de junio” conformadas entre el personal que laboraba en dicha obra. 70 vinculados fueron hecho presos, entre ellos sus hijos José Delio y Julio Guzmán Silverio. Algunos, más desafortunados, terminaron muertos.
Joaquín Balaguer y José Delio se conocían desde niños. Arturo Balaguer, tío del primero, fue maestro de escuela primaria en Villa González, donde su sobrino solía pasar largas temporadas. Esa relación se extendió a las peñas juveniles de Santiago y se mantuvo activa a través de los años. En algunas circunstancias, José Delio le sirvió de apoyo ante la frugalidad en que siempre vivió el doctor Balaguer. Por eso, José Delio nunca entendió que éste, desde el encumbrado cargo que ostentaba, no le previniera de lo que él presumía podría estar enterado, pero mucho menos que no le ofreciera su solidaridad de amigo ante los hechos que acontecían.
Cabe declarar que José Delio no era un trujillista convencido ni decidido, sino más bien un actor circunstancial en las intríngulis del trujillismo. Venía del horacismo militante. En estricta intimidad revelaba su repudio a los desafueros del régimen.
Cuando Rafael Trujillo ascendió al poder fue rápidamente despedido de su cargo de Supervisor General de Obras Públicas en la región nordeste. Le siguieron años de rechazo, golpes e intrigas.
En una ocasión estuvo en la mira del matón José Estrella y salvó la vida gracias a la confidencia de su amigo don Luis Chestaro Bernechea. Muchos en su familia también habían sido golpeados. Los Perozo, sus primos, torturados y asesinados, son muestra fehaciente de lo que afirmo.
Llevó a Rosario Fermín, la viuda de Sónico Perozo, a vivir en San Francisco de Macorís para alejarlos de las zarpas del régimen y allí resultó vilmente asesinado su hijo, José Luis Perozo Fermín, de solo 14 años, tras una intriga adelantada por el entonces director del Liceo Secundario donde asistía, que lo acusó de ser el responsable de unos letreros en contra de Trujillo. Según el denunciante, su cómplice era José Delio Guzmán Silverio, hijo de José Delio, quien de milagro salvó la vida. Como un mordisco del destino, el director denunciante, Ángel Severo Cabral, instigador de ese asesinato, fue declarado más adelante como héroe nacional.
José Delio Guzmán Silverio y su hermano Julio, muerto este último en el atentado del primero de julio de 1970, tuvieron que ser escondidos en las montañas de Jarabacoa por casi dos largos años, para así evitar su muerte.
Ambos hermanos, apresados después junto con los demás vinculados a la carretera Gran Parada-Gáspar Hernández, fueron enviados a las tenebrosas cárceles de La 40 y el Nueve, respectivamente, siendo liberados meses después, flacos y maltrechos, junto a los demás integrantes del mencionado grupo que permanecían presos.
Todos estos acontecimientos fueron marcando una infranqueable distancia entre José Delio Guzmán y Joaquín Balaguer. Por eso, la familia Guzmán se volcó en respaldo al profesor Juan Bosch, y en las elecciones nacionales donde alcanzó el poder el doctor Joaquín Balaguer, el apoyo irreductible de José Delio al Partido Revolucionario Dominicano (PRD) era no solo relevante, sino también económicamente generoso y decidido.
Las insistencias de Balaguer
Sin embargo, con el pragmatismo político que siempre caracterizó al doctor Joaquín Balaguer, en 1967 éste envió a uno de sus mejores emisarios para invitar a José Delio a una reunión en el Palacio Nacional, reunión que obviamente fue en principio rechazada.
El emisario insistía y los más cercanos amigos y consejeros de José Delio le animaban acudir a aquella cita, como finalmente ocurrió.
Quien escribe, oyó de viva voz el relato de lo que sucedió ese día y lo escribo como todavía lo recuerdo: Al llegar al Palacio Nacional un oficial esperaba a José Delio en la puerta del perímetro presidencial; identificado su automóvil, fue conducido al parqueo interior y le indicaron detenerse en el mismo lugar donde lo hacía el auto del presidente; lo condujeron hasta el ascensor privado del mandatario; allí lo esperaba un oficial y lo hicieron pasar inmediatamente al despacho del mandatario.
Se saludaron. Rememoraron escenas de viejos tiempos y recordaron situaciones, personajes y amigos de sus primeros años. Balaguer le manifestó su interés de que José Delio colaborara con su gobierno y le ofreció terminar aquella carretera que había dejado inconclusa y, además, continuarla bordeando la costa hasta Samaná. Esa obra había sido evaluada en 17 millones de pesos, lo que constituía el más alto monto que se hubiera pagado en el país por una carretera, hasta entonces.
José Delio agradeció la tentadora oferta y le pidió que le diera tiempo para pensarlo. Su oportuna respuesta, vía interpósita persona, ante el asombro de muchos, fue que la obra no le interesaba. En la intimidad, dijo que no iba a trabajar para el gobierno de Balaguer, que eso era más de lo mismo; que el país necesitaba un verdadero cambio; que ese cambio lo representaba Juan Bosch y el Partido Revolucionario Dominicano; y que Balaguer ni siquiera había sido con él un amigo solidario y responsable. A partir de entonces José Delio se convirtió en el más decidido militante y colaborador del Partido Revolucionario Dominicano, poniendo su ingente fortuna al servicio de la causa contraria a ese gobierno.
Por supuesto, aquello tendría serias consecuencias, y las tuvo. Sus negocios fueron diezmados, hubo frecuentes allanamientos en sus casas y propiedades. Represión, amenazas y otras vías de hecho contra él y contra su familia, que no hacían más que acentuar la decisión de José Delio en contra de Balaguer. Mientras tanto, su militancia en el Partido Revolucionario Dominicano se hacía cada vez más sólida. Tenía bajo su responsabilidad las provincias de La Vega y las del nordeste, y lo asumía ciento por ciento de su tiempo. Por eso, siempre estuvo en la mira de las llamadas “fuerzas incontrolables” del gobierno de Joaquín Balaguer. Sin embargo, ni el riesgo ni el miedo le arredraron ni le hicieron retroceder un paso en la decisión que había tomado.
En el viejo PRD, el Comité Ejecutivo Nacional, del que era miembro, lo conformaban 36 personas. Todos ellos líderes de ascendencia geográfica, social, laboral, o profesional. La figura impoluta e incuestionable de Juan Bosch, su presidente, estaba acompañada de un joven revestido de dotes personales extraordinarias, y su nombre, José Francisco Peña Gómez, aún resuena tanto en nuestro país como en los confines del mundo. Cada uno de los integrantes del CEN llevaba consigo un peso específico especial para el partido.
La primera exploración de yacimientos de níquel
Es en ese contexto donde comienza el caso Falconbridge.
Aquel proyecto no era nuevo para José Delio. La primera exploración de los yacimientos de níquel en República Dominicana fue llevada a cabo por la japonesa Mitsubishi. José Delio fue un estrecho colaborador de esa empresa. El níquel era entonces un codiciado activo estratégico, esencial para la industria bélica y espacial. La revolución cubana de 1959 representó para los Estados Unidos la pérdida de los yacimientos cubanos de ese importante mineral. Por tanto, resultaba obvio que el urgente reemplazo no se encontraba lejos: el gobierno dominicano, que había rescindido la concesión a la Mitsubishi, la reasignó a la minera Falconbridge, de firma canadiense, por gestiones diplomáticas norteamericanas.
En su momento, Falconbridge resultaba ser la más grande inversión extranjera que se realizaba en la República Dominicana. Por tanto, constituía un salvavidas económico para el despegue del gobierno de Joaquín Balaguer.
En cambio, el profesor Juan Bosch, con argumentos revestidos de clara validez política, se oponía a los términos de esa concesión. José Delio, que personalmente no estaba en total desacuerdo con aquella explotación minera, era sin embargo el responsable de asumir las líneas políticas y las decisiones del partido en su jurisdicción. Y lo hizo con carácter, responsabilidad y decisión.
La construcción de la plataforma industrial que daría paso a la minera había iniciado ya para 1969. Tres empresas fueron responsables de esa obra: Brown & Root Overseas, de Texas, encargada de construir la planta de reducción metalúrgica; SVECA (Sociedad Venezolana de Electricidad), las plantas eléctricas; y CIMAN, subcontratista de SVECA, las edificaciones de dichas plantas.
Bonao se transformaba rápidamente en una excepcional fuente de trabajo. Cientos de obreros, profesionales y técnicos llegaban del interior del país y del extranjero, muchos de ellos con sus familias. Se afianzaba así el estilo propio de un pueblo minero.
Hasta entonces, las noticias de peligros y amenazas que frecuentemente le llegaban a José Delio no habían trascendido a malas. Se cuidaba. Andaba convenientemente acompañado y había tomado las precauciones que su experiencia le aconsejaba. Los demás en la familia hacíamos lo propio.
Una semana antes del atentado
Una afortunada coincidencia ocurrió unas semanas antes del atentado: llegó a Bonao un nuevo comandante de la policía, por entonces una compañía dirigida por un oficial capitán. Recién llegado, se presentó a nuestra casa vestido de paisano. No le conocíamos ni sabíamos quién era. Dijo que quería ver a José Delio y dio su nombre. Esperó unos minutos y se le hizo entrar. Como de costumbre, cuando visitaba un desconocido siempre había alguien cerca de José Delio. Se presentó y José Delio nos pidió, en cambio, que los dejaran solos.
Ese nombre no nos decía nada. Luego supimos que era nieto del único tío de José Delio que alcanzamos a conocer. Por avatares familiares no llevaba ninguno de nuestros apellidos. Hablaron y acordaron que le iría a ver una persona, discreta y de muy alta confianza, que sería su medio de contacto. Su nombre era Amantino Arias.
La comunicación era fluida, una o dos veces al día. Tanto como fuera necesario. Siempre por la misma vía. En verdad no sabíamos qué pasaba, pero Amantino, viejo amigo de José Delio, siempre tuvo entrada privilegiada a nuestra casa y a partir de entonces, también a cualquier hora y en cualquier circunstancia. Así se nos instruyó.
El malestar que condujo a la huelga minera llevaba ya varias semanas. La empresa, por su parte, había respondido con despidos y otras maniobras que dieron al traste con el agravamiento de la huelga, el 23 de junio de 1970.
El 25 de junio, contingentes de tropas mixtas del ejército y la policía nacional fueron enviadas a Bonao desde San Domingo, produciéndose docenas de arrestos indiscriminados entre sindicalistas, obreros y estudiantes que apoyaban la huelga. Por su lado, la empresa minera retalió despidiendo unos 60 dirigentes sindicales y huelguistas.
La huelga detuvo completamente la construcción. La situación se agravaba y con la mediación de monseñor Flores, obispo de La Vega, las partes en conflicto iniciaron las conversaciones.
Por el PRD, que tenía un enorme peso en el movimiento sindical dominicano, el sindicalista Vinicio Medrano llevaba las riendas junto con los representantes de la Confederación Autónoma de Sindicatos Cristianos (CASC), encabezados por Eugenio Pérez Cepeda. José Delio, por su parte, aunque no era parte del diálogo, representaba el brazo político y económico para la ejecución de la directiva que había tomado el Partido Revolucionario Dominicano.
La tensión en nuestra casa durante esas semanas era muy alta. Entraban y salían sindicalistas, políticos, amigos y alguno que otro informante que a veces se colaba.
El camino hacia la huelga resultó ser el punto de inflexión que desencadenó los demás acontecimientos que se dieron a continuación. El ingeniero A. Chamberlain, Gerente Constructor de la Falconbridge había declarado ya que el movimiento huelguístico y los acontecimientos que le precedían causaban un enorme perjuicio a Falconbridge de cara a sus acreedores internacionales, entre ellos el Banco Mundial y otras tres instituciones bancarias canadienses y norteamericanas. Se refería, especialmente, a las millonarias penalidades por incumpliendo de los plazos establecidos en el cronograma de construcción.
Chamberlain, principal responsable de la obra, solicitó una entrevista urgente al jefe de Estado dominicano, a la que acudió acompañado de Sacha Volman y Jon A. Leeth, éstos dos últimos se presumían vinculados a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y a la célula de esa organización que por esos tiempos funcionó en Bonao. Allí, el halcón tejano emplazó al presidente Balaguer a parar la huelga o asumir la retirada de la empresa minera por falta de garantías y seguridad para su instalación en el país, entre otras probables consecuencias.
La pregunta era obvia: y, ¿cómo cree usted que podríamos parar a esa gente? Entonces surge el nombre del que consideraba el principal instigador de la huelga y sostén económico de la misma, José Delio Guzmán. Balaguer pide que le llamen al entonces Jefe de la Policía, Rafael Guillermo Guzmán Acosta y le indica que iría a verlo una comisión de la Falconbridge, por lo de la huelga, para que resuelva eso.
Los comisionados fueron recibidos y el jefe policial tomó las medidas pertinentes, según su costumbre.
Al día siguiente llegó a nuestra puerta, vestido de paisano, con gorra y lentes oscuros un mayor policial nativo de Bonao a quien yo conocía. Tocó y cuando abrí la puerta entró rápidamente y cerró detrás de él. Preguntó si había alguien que no fuera de la casa. Le dije que no, y pregunté qué pasaba. Me dijo que tenía que decirle algo a José Delio pero que no le abriera a nadie más si alguien llegaba. Hablaron a solas y fue él quien le informó del plan y los integrantes del equipo que habían encargado de eliminarlo. Le dijo del vehículo en que andaban y otros detalles importantes. Se fue pidiéndome que no le dijera a nadie que él había estado allí.
Los detalles de lo que ahí se habló lo supe tiempo después. Todo cuanto dijo fue también corroborado por otras fuentes privilegiadas en los corrillos del Palacio Nacional. Amado Tapia Vargas (1935-1995) se jugó el puesto y quizás la vida con su valiente confidencia.
Al recibir tan delicada información, José Delio envió a mi hermano José Francisco a ver a Juan Bosch para ponerle al tanto del delicado asunto. Años después, éste me relató que pasó largo rato de casa en casa hasta encontrarlo en la residencia de su hermana Angelita. Allí José Francisco le informó de los pormenores, las confidencias y las medidas que estaban tomando. Juan Bosch, sorprendido, le dijo: “Dile a José Delio que pare, que esta gente es capaz de matarnos a todos”.
La información del oportuno confidente que arriesgándolo todo fue a dar la voz de alarma sobre el plan para matarlo fue también confirmada rápidamente por el capitán a través de su contacto. A partir de entonces comenzó el juego del gato y el ratón, que a fuerza de una amplia red de amigos, colaboradores, pueblo y familiares le permitía a José Delio esquivar con precisión cada acechanza.
Similar información nos llegó poco tiempo después por vía de la hermana de un oficial policial que servía en el departamento Contra Homicidios de la policía, dirigido entonces por el coronel Bautista Germán del Villar. Sin embargo, este último, que también era de Bonao y amigo de la familia, nunca mencionó aquel asunto.
El día 30 de junio, el contacto llegó a media mañana a la casa. Hablaron, como de costumbre, a solas, y minutos después vimos a José Delio salir y dijo, voy a resolver algo, vengo en un rato. Quedé extrañado por la prisa y más preocupado porque era tarde y, a pesar de que sus acompañantes no demoraron en volver, él no había regresado con ellos.
Al caer la tarde mi madre nos reunió en su habitación para informarnos que José Delio no regresaría esa noche, que él estaba en un lugar seguro y que regresaría cuando se pudiera. Nos informó de lo que había informado el contacto y nos preparamos para dar cara a la situación que nos estaban dando a conocer en ese momento.
El capitán le había mandado a decir que a los sicarios los estaban presionando para que terminaran el trabajo y, como no habían podido emboscarlo, decidieron que al día siguiente, temprano, irían a buscarlo preso a la casa, lo llevarían al cuartel policial y allí terminarían el trabajo; que se reveló y en el forcejeo sucedió, por accidente, lo del tiro.
Aquel 30 de junio José Delio recibió refugio solidario en Bejucal, en la casa de la familia Delgadillo-Mármol. Don Ramón Delgadillo, un líder en la zona y su esposa Andrea Mármol no habían dudado un instante en brindarle la protección que necesitaba. Pernoctó con ellos hasta el día siguiente y nosotros supimos de él por un campesino amigo llamado Parracho, que fue enviado a informarnos.
Al día siguiente, prevenidos de los acontecimientos que nos habían anunciado, sin mucho dormir, nos levantamos muy temprano. Yo, que era el abre puertas oficial, por así decirlo, estaba a la espera de que, siguiendo el plan, llegaran a buscarlo.
Con pasmosa precisión, a las siete de la mañana tocaron la puerta. Primero estaban el cabo Rojas y el cabo Plasencia, dos de los policías del Servicio Secreto que siempre permanecían en Bonao, a quienes saludé por su nombre. Estaban acompañados de un policía que nunca había visto. Todos vestidos de civil. La dotación de Bonao era pequeña y casi siempre conocíamos a los agentes de la policía.
Rojas preguntó por José Delio y le dije que no se encontraba. Me respondió que estaba allí porque el capitán quería verlo y que tenía instrucciones de acompañarlo. Le repetí que no estaba. Me preguntó si sabía adonde había ido y le dije que no, que había salido ayer y que no acostumbrara decir a dónde iba. Cumplí mis instrucciones al pie de la letra y los dos agentes se retiraron.
Al cabo de unos 20 minutos regresaron, el cabo Rojas y el cabo Plasencia, esta vez con otros dos agentes vestidos de paisano. Tenían mala cara, observé. Rojas dijo que había ido a buscar a José Delio y le respondí que ya le había dicho que no estaba. Dijo que iba a entrar a buscarlo. Abrí de par en par la puerta entreabierta y le repetí “te dije que no estaba”, entra y si lo encuentras puedes llevártelo. Se miraron y entonces se fueron. Esa mañana habíamos ganado la primera batalla del día.
Primero de julio de 1970
Ese primero de julio, el mismo campesino que el día anterior nos dio noticias de José Delio, fue a ver a José Suero Marmolejos (1946-2014), uno de sus hombres de gran confianza, con mensaje para que lo recogieran a las cuatro de la tarde en el mismo punto donde el día anterior lo habían dejado. A la hora exacta, Salvador De Luna Bautista (1930-2020), su chofer, y José Suero Marmolejos, dos veteranos, valientes como el que más, a bordo de una camioneta Ford V-8, lo trasladaron hacia Santo Domingo.
Estaban prevenidos de que había vigilancia en los puntos de salida del pueblo. Salieron por la carretera de Juma-Sonador tan raudos como el excepcional vehículo en que iban les permitía. Al pasar por Piedra Blanca, allí estaban los sicarios quienes rápidamente abordaron el automóvil en que andaban y les persiguieron.
Salvador Luna tomó ventaja y antes de cruzar La Cumbre entró a la antigua carretera Duarte, pasó el cuartel policial por detrás, ingresó a los cañaverales del Ingenio Catarey y esquivando la persecución, de batey en batey, llegaron a San Cristóbal, y de allí a Santo Domingo. Se dirigieron a la residencia Ares-Guzmán, en la avenida Lope de Vega 69. José Delio se desmontó y ellos regresaron a Bonao.
Al llegar, nos informaron de las novedades del viaje. Nosotros pensamos que allí en la casa de su hija, casada con José Ares Maldonado, estaría protegido y seguro.
En aquella residencia, incidentalmente, también se encontraban Julio Guzmán Silverio, su esposa y su hija de tres años, quienes residían en Constanza. Todos fueron escuetamente informados de lo que pasaba.
En ese mismo lugar, con la familia Ares-Guzmán, había vivido una temporada don Juan Bosch y su esposa doña Carmen. A pesar de ya se habían trasladado a su apartamento de la calle César Nicolás Penson, todavía seguían visitando la casa con mucha frecuencia.
Al rato, llegó el doctor José Francisco Peña Gómez preguntando si por allí se encontraba el ex presidente Bosch; le informaron que hacía un par de días que no les visitaba. Aprovecharon para informarle sobre la situación de José Delio. Oyó con preocupación lo informado y se marchó.
Al anochecer se sentaron en una terraza trasera de la casa. Todos menos Clement Guzmán Silverio y José Alberto, su hijo, que había ido a recogerle a la farmacia que tenía en el sector de Honduras. En esa terraza estaban José Ares Maldonado, su hijo José Delio Ares Guzmán, Julio Guzmán Silverio, su esposa Mildred Matías y su hija Rosa Mildred. José Delio estaba sentado al lado de Julio.
El personal de servicio le avisó a José Delio Ares Guzmán que tenía una llamada telefónica y éste entró a atenderla. Minutos después Mildred se retiró para acostar a la niña, que se había dormido. En la terraza quedaron José Ares Maldonado, Julio Guzmán Silverio, que escuchaba un juego de pelota en una radio portátil y José Delio.
Entonces, por el lateral de la casa. entraron rápidamente tres sicarios portando armas largas automáticas. Uno gritó “no se mueva nadie” y dispararon ráfagas de metralla hacia el lugar donde se encontraban José Delio y su hijo Julio.
José Delio sacó su pistola sin llegar a dispararla. Una bala casi le amputa la mano derecha a la altura del antebrazo. En total le alcanzaron nueve balas que recibió en distintas partes del cuerpo. Julio recibió ocho balazos, dos de ellos en la cabeza, por necesidad mortales. José Ares Maldonado con la agilidad que da la veteranía militar desenfundó su revolver e hizo tres disparos. Los sicarios, al percatarse del fuego que respondía se fueron raudos por el mismo callejón por donde habían entrado, abordando el automóvil donde un cuarto sicario les esperaba.
Los dos heridos cayeron al suelo mientras Ares Maldonado todavía se aseguraba de la huida de los matones al amparo de la oscuridad de la noche.
Los disparos alertaron a los demás en la casa, que acudieron rápidamente en auxilio de los heridos. En minutos llegaron Clement y José Alberto, montaron a los heridos en sendos carros y partieron rápido hacia el Centro Médico Nacional.
El primero en llegar fue el auto que transportaba a José Delio conducido por Ares Maldonado, sin más acompañantes. Por coincidencia salía por la puerta de emergencias el ingeniero Félix Germán Olivier, quien al ver la situación cargó a José Delio hasta dejarlo en una camilla. Ares Maldonado le explicó lo que había sucedido preguntándole si él estaba armado, al decirle que no, le pasó su revolver quedando en posesión de la pistola que minutos antes portaba José Delio.
Llegó el otro auto con Julio Guzmán Silverio muy mal herido. Ya el personal de emergencias se había movilizado y estaba entre ellos el doctor José Joaquín Puello. Félix Germán Olivier, que también había sido prisionero de Trujillo en la cárcel de La 40, se quedó hasta que el lugar fue asegurado.
La noticia corrió como pólvora y el primero en llegar fue Diómedes Mercedes Batista (1942-2016), dirigente político nativo de Bonao, quien brindó un apoyo invaluable. Pocos minutos después llegaron el general Antonio Imbert Barreras y don Juan Barceló.
Mientras tanto, en Bonao, yo me había ido a la cama porque había dormido poco. Entró mi hermano Rafael y me dijo: Levántate, a papá le hicieron un atentado. Creí que era una broma de mal gusto y entonces él me aseguró que era verdad, que me pusiera en pié y bajara. En segundos estaba con los demás percatándome de lo que pasaba.
El doctor Puello nos dio una síntesis de la situación, previniéndonos que las heridas en la cabeza de Julio Guzmán Silverio, aunque todavía vivía, eran por necesidad mortales. Una hora después nos fue confirmada su muerte. Mientras tanto, José Delio luchaba por su vida.
Mi madre, que había asumido los hechos con un temple que impresionaba, partió inmediatamente hacia Santo Domingo.
Cerca de las diez de la noche recibimos una llamada del nuevo jefe de la policía, el general Elio Osiris Perdomo, persona muy cercana a nuestra familia, que había sido designado en el puesto hacía solo dos días. Lamentó la situación y nos aseguró que él no tenía nada que ver con eso; que para él era una sorpresa; que iba a investigar a profundidad y que oportunamente nos informaría. Ofreció seguridad y le dijimos que estábamos bien. Se despidió reiterando su amistad con la familia.
En verdad, la casa estaba, como siempre, rodeada. Esta vez sin mucha discreción.
Al día siguiente llegué al Centro Médico Nacional junto con otros familiares a eso de las nueve de la mañana. Me condujeron al lugar donde se encontraba José Delio que resultó ser una habitación muy pequeña, casi improvisada, porque la clínica estaba a casa llena. Afuera estaba mi madre. Me animó como pudo y me dijo que pasara a ver a mi padre. Antes me previno que él no sabía que Julio había muerto. Entré y me miró con la fuerza acostumbrada. No se rendía. Con dificultad me preguntó que cómo estaba Julio, y yo le respondí que en otra habitación, sin dar más detalles. Sus ojos reflejaron profunda incredulidad y duda. Entonces yo salí.
Por supuesto, José Delio sabía que las heridas de Julio eran muy graves. En el mismo momento en que los iban a llevar al hospital pidió que llevaran a éste primero, mientras con la mano izquierda trataba de parar la profusa hemorragia que de su cráneo salía.
A Julio lo enterramos esa tarde. Yo no quise verlo en el ataúd. Quizás, para mi juventud era demasiado todo lo que había pasado. Había mucha gente en la funeraria. Familiares y amigos de todo el país. Juan Bosch también estuvo. Sin embargo, lo que no puedo olvidar es cuando llegaron Sacha Volman y Jon A. Leeth, como comisionados de la Falconbridge, a dar el pésame. La indignación que me causa ese recuerdo todavía me pesa.
José Delio fue cambiado de habitación y se le dijo sobre la muerte de su hijo Julio Guzmán Silverio. Su condición era grave. Le habían extraído cuatro proyectiles: dos del abdomen, uno del hombro izquierdo y otro de la pierna izquierda. Otro más se decidió dejarlo donde estaba, en el pecho, por su alto riesgo.
Además, recibimos la información de que habría un intento para completar el trabajo que aún no se había logrado. Por tanto, teníamos un amplio dispositivo de seguridad instalado. La situación médica no mejoraba convenientemente y semanas después se decidió sacarlo del país.
El 28 de julio de 1970, José Delio Guzmán Domínguez, después de 27 días interno en el Centro Médico Nacional viaja a New York para continuar el tratamiento de las heridas recibidas en aquel atentado. Le acompañaban su hijo el doctor Adolfo Guzmán Silverio, mi madre y mi hermano Jaime Guzmán Abreu. En Nueva York le esperaban también sus hijos médicos Rosa y Sandino Guzmán Silverio, y el doctor Víctor Cruz Valentín, esposo de Rosa. Recibió atención en el hospital de Elmhurst, Queens.
Mientras tanto, en los primeros días de agosto recibimos una llamada para anunciar que iría a vernos una comisión del Partido Revolucionario Dominicano que deseaba conversar con nosotros. Los comisionados Almanzor González Canahuate, Vicente Sánchez Baret y Rafael Moya llegaron acompañados de José Ares Maldonado. Primero se reunieron con mi hermano José Francisco y luego con el resto de la familia que allí vivía. El mensaje resultó ser muy corto: el partido había decidido que, en lo adelante, no se diría más que el atentado fue dirigido a José Delio. En cambio había que decir que el atentado fue dirigido contra Juan Bosch.
Después de meses de dificultades que culminaron con aquel atentado, para mí resultaba absurdo que se nos hiciera tal petición. Por lo tanto, fui el primero en reclamar el por qué de esa medida. La respuesta fue extremadamente escueta: porque eso es lo que políticamente conviene, dijeron. Quise argumentar, pero mi hermano José Francisco tomo las riendas y les garantizó que seguiríamos las instrucciones al pie de la letra. Y así se hizo.
Meses después José Delio regresaba al país tras una larga recuperación. Su mayor afán era no dar señales de debilidad ni mostrarse aquejado de lesión alguna. Aunque caminaba con una pequeña dificultad bajó la escalerilla sin titubeos, erguido y seguro. Abordó el automóvil que le aguardaba y se dirigió a su casa en Bonao. Al llegar mucha gente le esperaba. Solo después que quedamos solos pude aquilatar la tristeza que le embargaba. Se sentía culpable de la muerte de su hijo.
Mientras tanto, por diferentes fuentes llegaban las noticias de que la operación para eliminarlo seguía viva. La vigilancia cercana era más que evidente. Todos estábamos siempre en la mira. Fue entonces cuando acordó ir a ver al general Enrique Pérez y Pérez, que en ese momento fungía como jefe de la policía. Aquella gestión la había motivado su viejo amigo el licenciado Polibio Díaz, un influyente hombre del Palacio Nacional que sabía manejar circunstancias de alta delicadeza.
Allí, en presencia del general Pérez y Pérez, el licenciado Polibio Díaz explicó el motivo de la visita y la intención de averiguar con certeza si la validez de la orden todavía existía. La respuesta fue directa: sí, la orden existe, pero no la recibí yo. Esa orden ya estaba cuando a mí me nombraron en la policía. Polibio le reiteró su deseo de detener para siempre esa iniciativa. De nuevo su respuesta fue escueta: licenciado, esas son cosas del palacio y usted sabe mejor que yo como se arreglan.
Se despidieron cordialmente y en un corto tiempo José Delio fue avisado de que la vigencia de la orden había cesado.
En una grabación que conservo mi hermano José Francisco me dio los detalles que no conocía. Ian Keith, el gerente general de Falconbridge siempre tuvo un trato cercano con José Delio. El chofer que le manejaba, que aún vive, se lo recomendó José Delio porque antes le había bien servido.
También obtuve los nombres del equipo de sicarios que participó en el atentado.
Pero además resultó relevante que, a través de una amiga de la familia, fue invitado a conocer una persona que insistía en hablarle. Accedió y de aquella casa pasaron a la vivienda vecina. Aquel hombre se encontraba ya en cama, en la fase final de un cáncer que le consumía. Ella los presentó y el desconocido comenzó diciendo que la perspectiva de la muerte lo atormentaba porque no había podido pedir perdón por un crimen que había cometido.
Éste resultó ser el jefe de los sicarios que perpetraron el atentado. José Francisco le escuchó atentamente. No hubo absolución ni ansias de venganza. Recordó las palabras de José Delio. Esa orden emanó del palacio. Salieron y el destino hizo finalmente su parte.
José Delio Guzmán Domínguez falleció el 16 de mayo de 1983. A los 84 años. 12 años, 10 meses y 15 días después de aquel fatídico atentado.
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