La historia del Panteón es la historia de nuestra propia evolución. El edificio, originalmente erigido por la Orden de los Jesuitas entre 1714 y 1745 como parte de su convento, fue durante décadas el epicentro de la vida espiritual y educativa de la colonia. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el inmueble sufrió un proceso de degradación y reinvención, sirviendo como depósito, mercado, teatro y hasta oficina gubernamental, perdiendo por momentos su dignidad original. No fue hasta mediados del siglo XX que la conciencia nacional comprendió la urgencia de otorgar a nuestros fundadores y mártires un lugar de reposo que estuviera a la altura de su sacrificio.
La promulgación de la Ley 4463 del 2 de junio de 1956 no fue un acto administrativo casual; fue un imperativo moral. El Estado dominicano reconocía, por fin, que un pueblo sin un altar dedicado a sus héroes es un pueblo sin brújula.
La transformación de este regio monumento en un mausoleo de solemnidad inigualable fue una labor excepcional que se extendió de 1957 a 1961, bajo la maestría y dirección del arquitecto español Javier Barroso Sánchez-Guerra . Él supo devolverle al edificio su aura de recogimiento y monumentalidad, respetando su clásica estructura colonial y adaptándola a su nueva función cívica. Finalmente, en 1974, bajo la presidencia del doctor Joaquín Balaguer, el Panteón fue formalmente inaugurado, consolidándose como el espacio donde se honra y se venera a los constructores de nuestra identidad nacional.
La Sala de los Inmortales
Al caminar hoy por esta nave solemne, uno no solo recorre una estructura de piedra; recorre la historia misma de nuestra patria. Con 55 nichos actualmente ocupados por héroes, próceres y figuras egregias, el Panteón se alza como un legado vivo de nuestra soberanía. Cada nombre grabado en estas paredes es un recordatorio de que la libertad no se hereda, se defiende. La presencia de estos 55 inmortales convierte a este lugar en el corazón palpitante de la nación, donde cada ciudadano debe sentirse invitado a la reflexión.
Hacia una Gestión del Siglo XXI
Sin embargo, después de setenta años de su consagración y cincuenta y dos de su inauguración, la institución que custodia este invaluable tesoro debe evolucionar. Las leyes, al igual que los monumentos, requieren mantenimiento y adaptación al paso del tiempo.
En mi calidad de director, reconozco que, para honrar verdaderamente el mandato de 1956, es imperativo actualizar nuestro marco legal. Nos enfrentamos a la necesidad de incorporar disposiciones vitales que garanticen, con mayor rigor, la transparencia, la solemnidad y la excelencia en el manejo de este símbolo de la memoria nacional. Es preciso señalar que, durante el recorrido de estos setenta años de consagración legal, se han creado tres extensiones del Panteón mediante los decretos presidenciales: 1211-00 y 480-09, que requerirán en su momento de la aprobación legal bajo el mismo principio jurídico de los casos anteriores, para poseer un estatus institucional definitivo.
No buscamos cambiar la esencia del Panteón, sino blindarla contra los desafíos de la modernidad. Queremos asegurar que la gestión de los restos de nuestros próceres y las actividades que aquí se realizan sean, por siempre, un modelo de veneración, respeto y honorabilidad.
El Panteón de la Patria no es un museo estático; es un legado vivo. Sigamos trabajando para que este recinto continúe siendo, por generaciones, el faro que ilumine el camino de quienes construyen el mañana de nuestra amada República Dominicana.
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