El miércoles 24 de junio, mientras Venezuela celebraba el Día de San Juan Bautista con tambores y baile en sus costas, la tierra se abrió dos veces en menos de un minuto. Primero, un sismo de magnitud 7,2 con epicentro cerca de San Felipe, en el estado de Yaracuy. Apenas 39 segundos después, uno aún más potente —7,5— sacudió la misma zona. Dos golpes casi simultáneos que se encuentran entre los más fuertes que ha sufrido Venezuela en más de un siglo.
Al cierre de esta edición, las autoridades confirmaban 188 muertos y cerca de mil heridos. La cifra seguirá creciendo. El estado de La Guaira fue declarado zona de desastre. El principal aeropuerto del país cerró sus puertas. Las clases se suspendieron. El metro de Caracas dejó de funcionar. Y en los hospitales, ocho de estos evacuados, médicos y enfermeras fueron convocados de urgencia para atender una avalancha de heridos que desbordó las salas de emergencia.
Sería deshonesto hablar de estos terremotos sin hablar de Venezuela entera. El país que los sismos encontraron este miércoles no es el mismo de hace veinte años y los terremotos expusieron esa fragilidad con una crueldad implacable: edificios que no resistieron porque no estaban en condiciones de resistir, equipos de emergencia deteriorados, hospitales sin recursos para responder a la magnitud del desastre. No es un juicio político: es una realidad que los propios venezolanos conocen mejor que nadie y que la catástrofe volvió imposible de ignorar.
Esto no lo decimos para señalar culpables en el momento del dolor. Lo decimos porque entender la situación que se atraviesa es la única manera de ayudar con inteligencia y eficacia.
Ante la magnitud de lo ocurrido, la respuesta internacional no tardó. República Dominicana, México, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Suiza, Aruba y decenas de países más ofrecieron ayuda y equipos de rescate en las primeras horas. La presidenta encargada Delcy Rodríguez agradeció el gesto y anunció la creación de un fondo de emergencia de 200 millones de dólares para las labores de reconstrucción.
La República Dominicana también respondió. El presidente Luis Abinader se comunicó directamente con Delcy Rodríguez y anunció el envío de contingentes militares de socorro para apoyar las labores de rescate. Es el gesto correcto. Es el gesto humano. Y es, también, el gesto caribeño: nosotros, que sabemos lo que es que la tierra tiemble bajo los pies, que conocemos el peso de los escombros y la espera angustiante de noticias, no podemos mirar hacia otro lado.
El 12 de enero de 2010, Haití nos enseñó a todos que un desastre natural puede destruir en segundos lo que una sociedad tardó décadas en construir. Nos enseñó también que la solidaridad internacional puede salvar vidas, pero que llega tarde si no está organizada, y que se agota rápido si no hay voluntad política sostenida. Venezuela no es Haití, pero la lección sigue siendo válida: el momento de ayudar es ahora, no cuando las cámaras se vayan.
La comunidad venezolana en República Dominicana —que es numerosa, que trabaja, que construye aquí su vida— está hoy con el corazón partido entre dos orillas. Muchos no saben si sus familias están bien. Muchos esperan noticias que no llegan porque las comunicaciones colapsaron. Esa angustia también nos interpela.
Hay una forma correcta y una forma incorrecta de responder ante una tragedia de esta magnitud.
La forma incorrecta es convertir el dolor ajeno en munición política, usar las imágenes de los escombros para saldar cuentas ideológicas, o reducir el sufrimiento de un pueblo a un argumento de debate. Eso no ayuda a nadie. Eso solo alimenta el morbo y la división.
La forma correcta es la que ya están practicando miles de personas en toda América Latina: donar, informarse, amplificar los canales oficiales de ayuda, y —sobre todo— recordar que detrás de cada cifra hay un nombre, una familia, una historia.
El contingente dominicano tiene como propósito apoyar las labores de rescate, brindar asistencia médica inmediata y colaborar en la logística de distribución de ayuda humanitaria en las comunidades más impactadas por los sismos.
Los venezolanos, las venezolanas, no necesitan nuestra lástima. Necesitan nuestra solidaridad activa: la que se traduce en recursos concretos, en presión para que la ayuda humanitaria llegue sin obstáculos, en respeto a su dignidad como pueblo que enfrenta una catástrofe sin precedentes recientes.
El Caribe y América Latina han aprendido, a fuerza de huracanes, terremotos e inundaciones, que la geografía nos hace vecinos y el dolor nos hace hermanos. Esa solidaridad no tiene ideología. No pregunta por el pasaporte ni por el carné de partido.
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