“El ave canta, aunque la rama cruja, porque conoce lo que son sus alas.” — Anónimo
Alas abiertas, de Melba Marrero Munné, publicado por Editorial El Diario en 1950, es un poemario que propone una interpretación de la poesía como expresión del inconsciente y de los conflictos existenciales del ser humano. La obra plantea que la voz lírica atraviesa diversos estados psicológicos fundamentales: búsqueda, angustia, contemplación, crisis espiritual y deseo de trascendencia. Desde esta perspectiva, la escritura poética funciona como un proceso de autoexploración psíquica.
Desde una mirada psicológica profunda, los símbolos presentes: alas, sombras, tormentas y silencios representan contenidos del mundo interior. Las alas simbolizan el pensamiento y el impulso de libertad mental; la sombra encarna la dimensión oscura de la conciencia, aquello desconocido del ser; la tormenta refleja conflictos emocionales internos; y el silencio actúa como el espacio donde emerge la reflexión íntima.
Escuchad.
No es el cielo quien ruge
sino el espíritu.
Las nubes
son viejas preguntas
que se desgarran en relámpagos.
La lluvia cae
como si el universo
estuviera aprendiendo a llorar.
Y entre los árboles
una conciencia despierta:
la vida es una tormenta breve
que atraviesa la eternidad.
Bajo este enfoque, la poesía aparece como una forma de catarsis psicológica mediante la cual el sujeto lírico procesa sus conflictos existenciales. El texto sugiere, además, una idea central: la conciencia humana se encuentra escindida entre fuerzas opuestas. El pensamiento puede ser simultáneamente creación y decadencia, lucidez y delirio. Desde el punto de vista psicológico, esto remite al carácter contradictorio de la mente humana, donde conviven esperanza y angustia, conocimiento y duda.
Antes de cruzar el umbral,
previo a lanzarse a la cuerda floja,
ella se sumerge en un soliloquio donde una duda residual acorta múltiples distancias. El espanto aparece envuelto en vocablos que la cubren.
En la cúspide toma el control absoluto,
y entonces el vuelo se restablece con la esperanza en lontananza: algún ascenso, incluso adverso,
sin abandonar del todo los bosques del espíritu al borde de la última hora.
Descúbreme en la trayectoria de un colibrí que muy abstraído atraviese tu ámbito de luz.
Este libro de poemas revela una poética profundamente filosófica en la que se entrelazan reflexiones sobre la existencia, el tiempo, la muerte, el lenguaje, la trascendencia y el sentido del ser humano. No se trata de una poesía meramente estética, sino de una meditación ontológica que utiliza imágenes simbólicas: alas, sombras, tormentas, silencio, nubes, paz, para explorar la condición humana.
Las composiciones reflexionan sobre problemas fundamentales de la filosofía: la muerte, el tiempo, el sentido de la existencia y la relación entre el ser humano y lo divino. El individuo aparece como una conciencia que reconoce su limitación, pero que al mismo tiempo aspira a comprender lo infinito. Esta tensión se observa con claridad en el poema “Impotencia”, donde el sujeto lírico desea acercarse a Dios, aunque reconoce su incapacidad para hacerlo.
La reiteración de la expresión “¡Si pudiera…!” revela la distancia entre el ser humano y lo absoluto. El yo poético anhela alcanzar el perdón, expresar un amor verdadero y comprender el misterio divino, pero siempre desde la imposibilidad. Filosóficamente, esta experiencia recuerda la angustia religiosa descrita por Søren Kierkegaard, donde el individuo percibe el abismo entre la limitación humana y lo absoluto.
Dios aparece así como destino, misterio y horizonte inalcanzable.
Uno de los ejes centrales del poemario es la conciencia trágica del ser. En textos como “Aro de sombras” y “Falsa paz”, la muerte aparece no como un final dramático, sino como una presencia constante dentro de la vida. El sujeto lírico imagina su propio ataúd, la materia que se descompone, los cuerpos que regresan a la tierra. Esta visión recuerda la tradición existencialista que considera al ser humano como un ser para la muerte, concepto desarrollado por Martin Heidegger.
Cuando la voz poética afirma:
“En mi ataúd de pino estaré toda recta”, no solo anticipa su propio final, sino que integra la finitud como fundamento de la conciencia.
El conflicto entre espíritu y materia aparece también como una tensión permanente. En el poema “Desnudez”, el yo lírico expresa el deseo de despojarse de todo sentimiento:
“Yo ansío despojarme de todo sentimiento.
Desvestirme de lágrimas, descalzarme de anhelos”. (página 50)
Quise despojarme del mundo.
Dejar caer
los nombres,
las voces,
los gestos.
Ser apenas una forma
de piedra blanca
levantada en el centro
de un pensamiento.
Sin esperanza.
Sin miedo.
Solo el rumor del tiempo
erosionando lentamente
las estatuas del corazón.
Esta aspiración recuerda una antigua problemática filosófica presente desde Platón: la oposición entre el mundo material y la aspiración del alma hacia una realidad más pura. La poeta parece insinuar que la materia está vinculada al dolor, al movimiento y al sufrimiento, mientras que la quietud mineral podría representar una forma de liberación metafísica. Sin embargo, el propio poema sugiere que esa liberación absoluta resulta imposible.
El tiempo aparece en el poemario como una fuerza cósmica. En el poema “Curiosidad”, el tiempo es personificado:
“Dime tiempo, señor de los temporales, ¿a dónde llevas esa nube rosada tan crecida y con alas?” (página 25)
Aquí el tiempo deja de ser una medida física para convertirse en una entidad que gobierna los procesos de la naturaleza y la vida humana. Esta intuición conecta con la concepción filosófica de Henri Bergson, quien entendía el tiempo como un flujo vital continuo. La nube que se desplaza en el cielo funciona como símbolo de la transformación constante: la vida humana, al igual que la nube, cambia, se desplaza, se transforma y finalmente desaparece.
Otro de los aspectos más profundos del libro es la reflexión sobre la relación entre palabra y silencio. Melba Marrero sugiere que el lenguaje surge del silencio interior. Esto implica una idea filosófica fundamental: el silencio no es ausencia de significado, sino el origen del pensamiento y de la palabra.
En el poema “Voz enfática”, la autora plantea preguntas esenciales:
¿Dónde florece el odio?
¿Qué separa el alma del silencio?
¿Es la esperanza una expresión o algo más?
El lenguaje aparece entonces como insuficiente para expresar plenamente la experiencia interior. Esta problemática recuerda las reflexiones de Ludwig Wittgenstein, quien sostuvo que el lenguaje tiene límites y que lo más profundo de la existencia muchas veces queda más allá de las palabras.
Por eso la poeta afirma:
“Si la palabra va de mi garganta al mundo, es que tengo el silencio bostezando en los labios”.
El silencio se convierte así en la raíz misma de la palabra.
Otro tema significativo es la paradoja de la paz. En el poema “Paz desmedida”, la paz no se presenta como armonía sino como desolación. Se describe una calma llena de tierra herida, carne podrida y ausencia de reflejos. Esta visión sugiere que la paz absoluta podría equivaler a la inmovilidad de la muerte. De este modo, el poemario plantea una reflexión filosófica: el conflicto y el movimiento son parte esencial de la vida; una paz total podría significar la desaparición de la vitalidad.
El símbolo de las alas aparece reiteradamente a lo largo del libro: alas abiertas, alas en las ideas, alas para alcanzar a Dios, alas para perseguir una distancia. Estas alas representan la aspiración humana hacia lo infinito. Sin embargo, en el poema “Persigo una distancia” la voz poética concluye con una afirmación profundamente existencial:
“No soy más que un planeta sin órbitas ni rueda”.
Esta imagen revela una visión del ser humano como un ser desorientado en el cosmos, una idea cercana al pensamiento de Albert Camus, quien describía al hombre como un ser que busca sentido en un universo indiferente.
En conjunto, la obra propone una imagen del individuo como un ser dual. El ser humano pertenece simultáneamente a diversas dimensiones: la materia, el cuerpo, el tiempo, la muerte, el misterio, el pensamiento, la imaginación y el deseo de trascendencia. Habita entre la tierra y el infinito.
La poesía aparece entonces como una forma de conocimiento del alma, una vía de reflexión sobre la existencia y un puente entre lo visible y lo invisible. La escritura funciona como una “fórmula alquímica inseparable”, donde percepción y pensamiento se fusionan para transformar la experiencia en conocimiento estético.
La poética de Melba Marrero recoge la emoción intimista sin diluirla en la decantación de la idea. El sentimiento conserva su intensidad mientras la reflexión lo conduce hacia el pensamiento. De este modo, la experiencia personal se convierte en un universo de reflexión.
El énfasis en lo íntimo y personal sitúa la obra dentro de una tradición donde el sujeto es el centro de la experiencia poética. La escritura se transforma en una forma de autoconocimiento. Este intimismo no es superficial: conecta con la esencia del ser humano y con una búsqueda de autenticidad que rechaza lo artificioso.
En este sentido, la poesía se aproxima a diversas corrientes filosóficas: el existencialismo, al considerar la experiencia individual como base del sentido, y la fenomenología, al entender la vivencia subjetiva como punto de partida del conocimiento.
Cuando el texto advierte que la emoción no debe diluirse en la decantación de la idea, también cuestiona la pretensión de una racionalidad absoluta. Sugiere que existen dimensiones de la experiencia: emociones, intuiciones, presentimientos que no pueden reducirse a conceptos.
La referencia al asombro resulta fundamental. Desde la filosofía clásica, el asombro ha sido considerado el inicio del conocimiento. La poesía mantiene vivo ese estado de sorpresa, evitando que la realidad se vuelva mecánica o trivial.
Finalmente, el “desprendimiento del pensar” indica una liberación: abandonar esquemas rígidos, cuestionar lo establecido y abrirse a nuevas formas de comprender la realidad.
La poesía de Melba Marrero Munné puede entenderse así como una profunda meditación sobre la condición humana. Sus versos exploran la finitud de la vida, el misterio del tiempo, la distancia con lo divino, la insuficiencia del lenguaje, el deseo de trascendencia y la tensión entre espíritu y materia.
Cada imagen simbólica se convierte en un intento de responder a la gran pregunta filosófica:
‘’¿Qué significa existir?’’
En la poesía de Melba Marrero Munné se despliega una geografía interior donde el alma humana aparece suspendida entre el temblor de la existencia y la vastedad del misterio. Sus versos no son meras imágenes líricas: constituyen una meditación ontológica sobre el ser, una exploración psicológica del vacío y una plegaria espiritual que intenta reconciliar al individuo con la totalidad del universo.
El conjunto de poemas ‘’Alas abiertas’’, ‘’Aro de sombras’’, ‘’Impotencia’’, ‘’Curiosidad’’, ‘’Paz desmedida’’, ‘’Voz enfática’’, ‘’De mi silencio a ti’’, ‘’Falsa paz’’, ‘’Acuarelas pequeñas’’, ‘’Tormenta’’, ‘’Persigo una distancia’’ y ‘’Desnudez’’ conforma una especie de cosmología íntima donde el sujeto lírico atraviesa diversas estaciones del espíritu: la inquietud metafísica, el reconocimiento de la muerte, la impotencia frente a lo divino, la curiosidad ontológica ante el tiempo, la búsqueda de la paz, el diálogo con el silencio y, finalmente, la aspiración a una desnudez esencial del ser.
La voz poética aparece como un alma que transita distintos estados interiores: búsqueda, angustia, purificación, contemplación y deseo de unión con lo divino. La poesía se convierte así en una experiencia espiritual de autoconocimiento y trascendencia.
Estos textos, en su conjunto, parecen sostener una intuición profunda: la conciencia humana es un territorio desgarrado entre la materia y el infinito.
El poema “Alas abiertas” inaugura el recorrido con una poderosa metáfora: el pensamiento humano como una estructura viva que se abre en el espacio de las ideas.
El “relicario de nácar” y el “caracol destinado” sugieren la imagen de una conciencia que guarda en su interior un eco eterno, como si la mente humana fuese una espiral donde se depositan los residuos del tiempo y las huellas del espíritu.
La poeta describe el pensamiento como un organismo dual:
“alma de doble filo
hirviendo y destilando amarillos de fuego
y retornos de moho verde”.
En esta dualidad se manifiesta una intuición filosófica profunda: la mente humana es simultáneamente creación y decadencia. En ella conviven la claridad del fuego (símbolo del conocimiento) y la humedad del moho (símbolo de la memoria y del desgaste del tiempo).
Las “alas en las ideas apocalípticas” revelan una visión crítica de la especie humana. Las ideas no siempre liberan: a veces también condenan. La inteligencia humana es capaz de construir paraísos imaginarios, pero también abismos.
He querido construir alas
con la sustancia del pensamiento.
Alas de silencio,
de duda,
de oración.
Porque el hombre
no vuela con plumas,
sino con preguntas.
Y cada pregunta
abre un cielo.
Quizá Dios
no sea una respuesta.
Tal vez sea
esa distancia luminosa
que nunca dejamos
de perseguir.
En ‘’Persigo una distancia’’, la voz lírica se define como un planeta sin órbitas ni ruedas.
Esta imagen expresa una sensación de desarraigo cósmico. El ser humano aparece como un cuerpo errante en el universo, buscando un centro que quizá no exista.
La distancia perseguida no es geográfica.
Es espiritual.
Es la separación entre lo que somos y lo que anhelamos ser.
Persigo una distancia
que no está en los cielos
sino en la grieta del alma.
Allí donde la luz
se vuelve pensamiento
y el pensamiento
una ceniza lenta.
He visto girar los mundos
como relojes sin dueño,
planetas cansados
de sostener su destino.
Y comprendí entonces
que el universo no es vasto:
es apenas
una herida abierta
dentro del hombre.
Este libro de Melba Marrero de Munné presenta la poesía como un espacio donde la emoción no se opone a la razón, sino que la complementa.
La experiencia personal se transforma en reflexión universal, y el lenguaje funciona como un medio de exploración del ser.
La obra ‘’Alas abiertas’’ aparece, así como una propuesta estética y filosófica que busca reconciliar lo humano en su totalidad: sentir, pensar y percibir como un solo proceso.
Se plantea una escritura donde lo sensorial (la percepción) y lo racional (la reflexión) no están separados, sino integrados en una “fórmula alquímica”.
Esta metáfora sugiere transformación, creación y profundidad estética.
El lenguaje simbólico del libro, en expresiones como: “fórmula alquímica”, “decantación de la idea” y “universo reflexivo” aportan una carga evocadora que eleva el discurso poético.
Al mismo tiempo, el tono intimista sitúa la obra en el ámbito de la experiencia interior. La poesía no se disuelve en abstracciones: conserva su raíz en la vivencia subjetiva.
Desde esta perspectiva, el libro mantiene afinidades con la sensibilidad del Postumismo, corriente dominicana que busca autenticidad, sencillez expresiva y profundidad espiritual.
Filosóficamente, el libro propone que el conocimiento no es solamente racional: también es emocional.
La verdad emerge de la interacción entre sentir y pensar.
La introspección aparece entonces como una vía de conocimiento. El sujeto se convierte en objeto de reflexión, lo que conecta con corrientes filosóficas como el Existencialismo, donde la experiencia individual constituye el punto de partida para comprender el sentido de la existencia.
El asombro ocupa también un lugar central. Desde Aristóteles, el asombro ha sido considerado el origen de la filosofía. La poeta lo expresa con intensidad:
“Al cuarto color del espectro solar estoy cantando.
Yo no sé qué misterio palpita en los árboles, de la raíz al tallo”. (página 10)
Lo inesperado abre paso a la reflexión. Destellos de fuerza creadora irrumpen y sorprenden.
En el lenguaje de Melba Marrero fluye, como un río desbordado, un hálito sideral de las cosas que pueblan la tierra y su entendimiento.
En su palabra hay una trampa maravillosa del verbo: un caudal de joyas-orvallos, un estrépito desvestido que llega precediendo la sonoridad.
Melba fue tras su horizonte reiteradamente. Exigió el cumplimiento de lo pactado con el cosmos. Miró con sabiduría su lugar en la tierra, contempló las espesuras consagradas en su luz y desterró el espanto.
Se arriesgó a la libertad de su conciencia.
El céfiro la llamaba a voces.
Ella solo anhelaba ser una voz danzando en la naturaleza.
Dejó volar sus deseos.
El cosmos le devolvió sus alas.
Y con ellas, una lluvia inmensa que, al leer sus poemas, todavía nos salpica por dentro.
Y así, en la lectura de estos poemas, comprendemos que la verdadera travesía de la obra no ocurre únicamente en el lenguaje, sino en la conciencia del lector.
La poesía de Melba Marrero de Munné no pretende ofrecer respuestas definitivas. Su propósito es abrir grietas en la certidumbre, despertar preguntas y recordarnos que el ser humano es, ante todo, una criatura que busca.
En sus versos el pensamiento se vuelve vuelo, la emoción se convierte en conocimiento y el silencio adquiere una densidad casi sagrada. Cada poema funciona como una puerta hacia la interioridad, un espacio donde el asombro, la duda y la contemplación se entrelazan.
Leer ‘’Alas abiertas’’ es, en última instancia, aceptar una invitación: mirar el mundo con ojos renovados y escuchar el rumor invisible que habita en todas las cosas.
Porque cuando la poesía logra tocar esa zona secreta del espíritu, ya no es solamente literatura.
Se convierte en conciencia.
Y entonces comprendemos que las alas que la poeta buscaba no estaban hechas de palabras, sino de aquello que las palabras apenas logran rozar:
la profundidad del ser, el misterio del universo y la incesante necesidad humana de elevarse más allá de sí misma.
Maravillosa, grande, sublime. ¡Melba!
En el vuelo de tu pensamiento, tu forma asciende a la cumbre de la luz.
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