Stanislaw Peña: Se ha reiterado que la narrativa dominicana se divide en un antes y un después de Juan Bosch, en caso de que Bosch no hubiese existido, ¿a cuál escritor (o escritora) se le podría extrapolar tal apreciación?
Emilia Pereyra: Es una ucronía literaria fascinante. Probablemente, ese sitial de «antes y después» en términos de modernidad técnica y ruptura se le otorgaría a Virgilio Díaz Grullón. Mientras Bosch revolucionó y universalizó el cuento de corte sociológico y rural, Díaz Grullón fue el gran artífice del salto hacia la narrativa psicológica y urbana en el país, que despojó al cuento local del exceso de costumbrismo. Otro nombre ineludible sería Hilma Contreras, quien también rompió esquemas con su prosa intimista y de vanguardia.
S. P.: ¿Cuál es su opinión con relación a que Bosch llegara a afirmar que había logrado un dominio acabado de la técnica del cuento?
E. P.: Su afirmación, aunque puede sonar sumamente categórica, está plenamente respaldada por su obra y su enorme rigor analítico. Bosch no solo era un creador intuitivo. Era también un estudioso de la anatomía del relato (como lo demuestra magistralmente en sus Apuntes sobre el arte de escribir cuentos). Él logró desentrañar los mecanismos de la tensión narrativa, la economía del lenguaje y la importancia del final sorpresivo o epifánico. Su «dominio acabado» se refiere a ese control arquitectónico y consciente del género, algo que indudablemente poseía.
S. P.: ¿Recrea la cuentística de Bosch la Técnica Icerberg de Ernest Hemingway?
E. P.: Sí, lo hace de una manera adaptada a nuestra idiosincrasia antillana. Al igual que en la «teoría del iceberg», donde la mayor parte del peso emocional y el conflicto real yacen bajo la superficie de la anécdota, Bosch omite detalles explícitos para que el lector infiera la inmensa tragedia social o psicológica. Cuentos emblemáticos como La mujer o Luis Pie sostienen su dramatismo no en lo que se explica o se adjetiva, sino en lo que las acciones rápidas y despojadas de sentimentalismo revelan sobre la brutalidad y la injusticia sistémicas.
S. P.: A propósito de Hemingway, ¿cómo pondera la afirmación de Joaquín Balaguer cuando afirmó que la novela El viejo y el mar fuera una imitación del cuento Rumbo al puerto de origen de Bosch?
E. P.: La afirmación de Balaguer debe entenderse dentro de su conocida inclinación a la exaltación hiperbólica de los valores nacionales y, en ocasiones, en el marco de la compleja dialéctica política e intelectual que mantuvo con Bosch. Si bien ambos textos comparten el arquetipo clásico de la lucha estoica del hombre contra las fuerzas inmensas de la naturaleza y la fatalidad, reducir El viejo y el mar a una «imitación» es un exceso crítico. Es mucho más certero hablar de coincidencias temáticas universales, tratadas por dos maestros de la narrativa que observaron y entendieron el mismo escenario humano frente al mar Caribe.
S. P.: Independientemente de que Juan Bosch señalara los escritores que influyeron en su formación literaria, ¿cree usted que se pudieran agregar otros?
E. P.: Aunque Bosch reconoció de forma explícita a maestros de la tensión y la atmósfera como Maupassant, Chéjov, Horacio Quiroga y Jack London, su obra también dialoga, de forma quizás más asimilada que imitada, con la tradición del realismo social latinoamericano y el criollismo. Hay ecos temáticos de autores como Rómulo Gallegos o Mariano Azuela, aunque el gran mérito de Bosch fue precisamente limpiar su prosa del pintoresquismo excesivo y del lenguaje recargado que lastraba a esa corriente literaria.
S. P.: ¿De qué manera vincula usted la prosa poética de Juan Bosch con la de Juan Rulfo?
E. P.: Ambos comparten la genialidad de haber elevado el habla y el imaginario campesino a la categoría de literatura universal, sin caer jamás en la caricatura ni en el paternalismo sociológico. Existe un vínculo profundo en la forma en que logran capturar el fatalismo, la desolación y la tragedia del habitante rural. Mientras Rulfo se inclina más hacia el terreno de lo espectral, los murmullos y lo mítico, Bosch se ancla firmemente en la brutal realidad física y social del campesino dominicano. Sin embargo, ambos utilizan una economía de palabras donde cada frase campesina está dotada de un peso poético y telúrico inmenso.
S. P.: ¿Existe una divergencia estilística entre los cuentos de Bosch y sus dos novelas?
E. P.: Indudablemente. En el cuento, Bosch opera como un relojero o un escultor: es preciso, económico, enfocado en un solo hecho y en mantener una tensión unidireccional hasta el desenlace. Sus novelas (La Mañosa y El oro y la paz), por el contrario, presentan una estructura más laxa, discursiva y episódica. La Mañosa, por ejemplo, funciona más como un brillante retablo de costumbres y una reflexión histórica sobre el caudillismo, que como una maquinaria narrativa tensa. En la novela, Bosch se permite divagaciones y exploraciones panorámicas que su propia teoría del cuento le prohibía estrictamente.
S. P.: ¿Por qué insistir en un contexto físico rural casi exclusivo?
E. P.: Porque esa era la médula espinal de la República Dominicana durante su época de formación y de mayor producción cuentística. Bosch entendió temprano que, para retratar verdaderamente el «alma nacional» y denunciar las estructuras históricas de explotación, su mirada debía enfocarse en el campo. Era allí donde la ignorancia, la pobreza extrema y el abuso de poder se manifestaban de forma más descarnada y dolorosa. El contexto rural no era para él un simple paisaje de fondo, sino el escenario principal del drama humano y sociológico de la nación.
S. P.: En el caso hipotético de que Bosch no se hubiese retirado de la narrativa para dedicarse a la política, ¿cree usted que se hubieran dado las condiciones de que hubiera saltado del cuento rural al cuento urbano o lo hubiese cultivado ambos a la vez?
E. P.: Conociendo su finísima y aguda capacidad de observación sociológica, es posible que Bosch transitase transitado hacia el cuento urbano, o al menos hacia la literatura que retrata la marginalidad de las ciudades en crecimiento. El propio exilio, sus viajes y el evidente cambio demográfico que sufrió el país (el éxodo del campo a los cinturones de miseria de la capital) le habrían proporcionado una nueva materia prima insoslayable. Bosch era un cronista de las desigualdades humanas. A medida que la pobreza y el conflicto se urbanizaban, su literatura irremediablemente los habría seguido.
S. P.: ¿De qué manera interrelaciona usted esta cuaterna en la obra narrativa de Juan Bosch?: Influencias literarias-Temática-Estilo-Sensibilidad social.
E. P.: Se interrelacionan como una maquinaria muy bien engranada donde ningún elemento sobrevive sin el otro. Las influencias literarias le otorgaron el andamiaje técnico y la disciplina de la forma, mientras que la temática le dio el anclaje identitario y el sujeto literario vivo, es decir, el dominicano y su entorno. Por su parte, el estilo —una prosa depurada, directa y de gran hondura— fue el vehículo idóneo, limpio de distracciones retóricas, para que la historia impactara al lector. Finalmente, la sensibilidad social fungió como el motor vital de todo el conjunto: el propósito ético profundo que impidió que sus cuentos fueran meros ejercicios de estilo, convirtiéndolos en verdaderas radiografías inmortales de la condición humana.
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