En cada historia sobre un artista debe hacerse una investigación sobre su vida, su espacio, su proceso, su búsqueda y su tiempo; ya con todo esto se organizan los datos en cierto orden cronológico. Al final siempre se queda algo que uno no alcanza a ver, pero el acercamiento al personaje, si es sincero, redefine su valor en la escena artística y lo proyecta desde su esencia hacia toda la comunidad. Hago esta advertencia porque para hablar sobre el maestro Víctor Tavarez no haré ninguna investigación, sino que solo viajaré por mi pasado y compartiré mi experiencia real sobre el amigo, el maestro y todo lo que recuerdo de él que vale la pena compartir con ustedes.

Víctor Tavarez es de esos pintores particulares a quienes desde muy niños la naturaleza les asombró: la luz, la sombra, las formas; y dio indicio desde la escuela primaria de que sus motivaciones eran suficientes para ir a la Escuela de Bellas Artes y asumir sus tareas. Para bien pulir ese talento, fue un alumno destacado entre todos los que asistían en ese entonces, finales de 1970 y comienzos de 1980. Yo estaba bien jovencito, pero visitaba a los pintores para saber cómo era el asunto. Había un pintor llamado Rafael Santiago, una especie de pintor naif con manos extraordinarias para hacer su trabajo; tenía una tienda en la calle principal del barrio Pekín, en la zona sur de Santiago. Ahí le visitaba de vez en cuando, hablaba con él, le hacía preguntas, y fue él quien, arqueando las cejas como quien va a decir algo importante, me dijo: «¡Ahí al doblar, en la calle 20, está el taller de Víctor Tavarez, una joya, egresado de Bellas Artes!».

La curiosidad me empujó y de inmediato salí a hacer la visita. Temprano llegué ahí, toqué la puerta; primero salió el olor a óleo y trementina propio de los talleres de artistas, luego él abrió la puerta. Me presenté y le dije que yo estaba aprendiendo a pintar y por esa razón estaba ahí. Él me invitó a pasar y ese día tuve el primer gran asombro de algo que yo no podía hacer: en las paredes había varias pinturas, pero entre estas había una de una joven, un retrato de medio cuerpo. Me dijo que era una copia de un maestro francés llamado Eugène Delacroix, Huérfana en el cementerio; los ojos con una mirada perdida, su cabellera y sus brillos, la boca entreabierta con esa expresión de desolación y miedo. La pintura era tan real y bien lograda que por un momento pensé que era en vivo todo lo que estaba pasando; luego uno respira y celebra el descubrimiento de ese primer encuentro: el joven artista estaba descubriendo y aprehendiendo los secretos del maestro del arte romántico.

Dada la sólida preparación recibida por Mélido Lora y el maestro Jacinto Domínguez, sumada a su determinación de ser, así se inició esa amistad que hasta el día de hoy es, quizás, con el pintor que más he conversado y el taller que más he visitado. La pintura para esa época tenía mucha actividad; muchas personas querían comprar pinturas y el talento era demandado para mantenerse siempre produciendo. Recuerdo que en esos años, estando yo allá de visita, vino una señora canadiense que tenía una galería en Sosúa, la galería Viva —así se llamaba— y ella le pagó al maestro Víctor Tavarez 200 pesos por un cuadro. Señores, eso era mucho dinero en esa época. Yo corrí a mi casa y le conté a mi mamá lo que había pasado; mamá nunca me creyó que eso podía ser posible.

Siempre que hablábamos él citaba algo que había dicho el maestro Delacroix: «El color es elocuencia. El color habla y siempre es comprendido. El color no es un añadido a la forma, es su esencia. Un objeto bien coloreado ya tiene su dibujo, pues el color crea el relieve y la profundidad. La armonía lo es todo. En la naturaleza, el negro no existe. Las sombras no son ausencia de luz, sino colores opuestos que vibran bajo una luz distinta. Denme barro de la calle y, si me permiten rodearlo de los colores que yo elija, lo convertiré en la piel radiante de una Venus». Víctor lo recitaba como si rezara versos de un secreto abracadabra para abrir todas las puertas.

Bajo estos predicamentos Víctor se especializó en el dibujo de la figura humana como tema central de sus creaciones: eran hombres campesinos sobre burros, marchantas, vendedoras de flores, jóvenes mulatas en los ríos y en nuestros barrios, y de vez en cuando algunos paisajes. El maestro Víctor siempre fue una persona disciplinada, dedicada al oficio y al ensayo constante. Desde muy joven sabía que un conjunto de puntos formaba una línea, que un conjunto de líneas formaba un plano y que un conjunto de planos hacía un volumen; sobre ese volumen ha construido su gracia, atrapando en planos el gradiente de la luz de unos rostros caribeños de estos pueblos antillanos. Así se convirtió en el maestro Tavarez y todos a su alrededor le han respetado y admirado.

En los años 80 formó parte del Grupo Glorieta junto a pintores de Santiago de los Caballeros quienes exponían en la glorieta del Parque Duarte, frente a la Catedral. Este grupo reunía a los pintores Rafael Santiago, Tany Pérez, Eusebio Vidal, Ney Cruz, Narciso Polanco, Vinicio Castillo y Víctor Tavarez. En esos tiempos aún la pintura llevaba la primacía de las artes; los concursos solo tenían tres categorías: pintura, dibujo y escultura. El arte se hacía a mano y los centros tenían un calendario de actividades apretado todo el año. En el Hotel Mercedes abrieron una galería que se llamaba El Ágora, de la artista entusiasta estilo new wave Carolina Riggio, atendida por un señor decorador llamado Sergio Rodríguez; ahí se organizó una gran exposición de muchos artistas prominentes de Santiago y ahí Víctor llevó unas mujeres vendiendo flores. Era una pintura tan particularmente bella que el maestro Cuquito Peña, frente a ella y en medio de todos los presentes, dijo: «¡El joven artista ha superado a su maestro!». Esas eran palabras mayores. Al rato, el empresario y coleccionista don Manuel Bellón, emocionado, dijo: «Pónganle el punto rojo, que es mío».

Una noche emocionante donde descubríamos que el oficio auguraba prestigio y dinero para seguir. Esa noche conocí al pintor costumbrista don Hugo Mata, una verdadera escuela en su expresión; me lo presentó el maestro don Víctor Franco Santoni, un verdadero entusiasta. En el taller de Víctor Tavarez se reunían muchos pintores; ahí conocí a Vinicio Castillo, a Chiqui Mendoza —quien era compañero de estudio de Víctor y andaba en un motor saltamonte—, al talentoso Simón Martes y a Eusebio Vidal; a los dos pintores más rápidos de Santiago, Tany Pérez y Ubaldo Domínguez; también al gran amigo y colega José Anico, un joven de extraordinario talento quien leía muchos libros y jugaba al ajedrez con una mentalidad revolucionaria. Hago hincapié en todos estos colegas para afirmar que el taller del maestro Tavarez era un centro de reunión donde se discutía sobre arte y siempre había una pintura nueva que ver; desde ahí se habló del maestro Tavarez con sobrada razón como un cabecilla artístico de nuestra generación.

Y como si el cielo quisiera premiar la aplicación del joven maestro, contrajo matrimonio con la joven Julia Coralia Durán, una joven llena de entusiasmo y calidez para acompañar al pintor y darle su mayor regalo: su compañía incondicional y el tesoro de sus hijos Vitico y Paloma. Luego comenzó a trabajar como maestro de la Escuela de Bellas Artes de Santiago, junto a Mélido Lora y Chiqui Mendoza, y su maestro Jacinto Domínguez, quien daba el último curso. El gran marchante de arte del Cibao, don Juan José Ceballos, quien tenía sus oficinas en la 16 de Agosto cerca del Bar Bader, se interesó en la pintura del maestro Tavarez haciendo con este un compromiso que le permitió al maestro la construcción de su primera vivienda.

Así, en una exploración infinita, anduvo por varios estilos y formas, teniendo por un breve periodo residencia en la abstracción en una obstinada búsqueda del secreto del color, logrando en este periodo grandes aciertos; luego regresó a donde siempre ha sido una voz natural para ver y componer en torno a la hembra mulata antillana, como si ese color que reúne lo esencial de los grupos que aquí coincidieron le hubiese dejado la tarea de referenciar su gracia y su magia. Así, entregado a esa pasión, su arte se reafirma y se eleva testimoniando un itinerario de asombro alrededor de la mujer dominicana, de quien se siente ensimismado en esa elegancia que seduce para quedarnos un rato y, al retirarnos, volver a ver el donaire con que ha sido dicho. En ese renglón el maestro Tavarez representa un hito referencial para hacer un libro a todo color de sus aciertos y sus hazañas.

Como un cercano testigo del genio y su evolución, he admirado su carácter de hombre hogareño y tranquilo, atento a conservar vivos los valores eternos del espíritu humano; sin vicios de ninguna índole y una profunda atención a los elementos con que el oficio ofrenda una calidad exquisita a su trabajo. Repasando este escrito tengo que confesar que hace muchos años que debió ser el director de la Escuela de Bellas Artes, con poder real para nombrar, despedir y contratar los recursos humanos adecuados para saldar las deudas y enfrentar los retos que hoy enfrenta la escuela.

Su obra ha recibido mucho reconocimiento en nuestra nación y sus pinturas engalanan muchas colecciones dentro y fuera del país. Ha sido el mentor de varias generaciones egresadas de la Escuela de Bellas Artes de Santiago de los Caballeros y por su entrega y sus logros representa el oro entre todos nosotros.

Canto al maestro Tavarez

Desde muy pequeño sintió ese llamado,
la luz del paisaje y el sol encumbrado.
El agua, la lluvia, el árbol creciendo,
los niños jugando, la sombra, el reflejo.

Las manos, la gracia, sonrisa de luz,
muy ensimismado creció su virtud.
El lápiz en sus manos contó del camino,
las casas, el bosque y todos los vecinos.

Ensayó mil formas desde muy temprano
y esa memoria se quedó en sus manos.
Para seguir nombrando buscó en el color,
el aire que envuelve la forma y la flor.

Supo con Jacinto y Mélido Lora
de composición y aprehender las formas.
Y con Delacroix supo del color,
secreto elevado de corte mayor.

Con todo aprendido miró en la mujer
quien vendía flores y otro quehacer.
Viajando en los burros vestidas de linda

seduciendo el hombre para salir encinta

La vistió de gala con prendas y joyas
y el garbo galante se puso de moda.
Pintando el "nosotros" se ha hecho mayor,
Víctor es el maestro de sagrado don.

Ricardo Toribio

Artista visual y poeta

Ricardo Arsenio Toribio, Santiago de los Caballeros (1965). Creador dominicano. Pintor, músico, artesano y aprendiz de poeta. Tiene 42 años de experiencia creativa. En el (1991) tuvo su primera individual “Carnaval”en el Dominico Americano". En (1996) obtuvo el primer premio de pintura en la bienal Eduardo León Jimenez. En (1998) exhibe la individual “Paisaje de los dioses secretos” en el Museo de Arte Moderno, Santo Domingo. Ese mismo año se muda a San José de las Matas para trabajar en un proyecto artesanal de sillas y mecedoras. En el 1999 crea el grupo cultural “La Parcelita” junto con sus hijos y los hijos de los artesanos. Desde entonces vive en La Sierra trabajando con la comunidad, escribiendo textos que se cantan en la escuela y pintando la realidad que lo rodea. Sus pinturas son un auténtico referente del realismo mágico latinoamericano

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