Humanología General de Mateo Morrison (Santo Domingo, 1946). Poeta, escritor, líder cultural e integrante de la generación de posguerra. Premio Nacional de Literatura (2010), en 2024 se le dedicó la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, y un alongado etcétera de laudos dada su trayectoria impactante a disímiles niveles de nuestro lar insular y diaspórico. Testimoniamos un Mateo Morrison insolente, tamiz de los grandes. Homo intellectus vate historicu reconstruido en poesía y subsumido en abismales interrogaciones, (o respuestas ofrecidas a la indecisión particular de cada homo lectoris), fratricidios, eras insondables, olvidos de lesa humanidad, hogueras contra la intrepidez y la genialidad. Pacto testamentario que acopla ángulos intradiegéticos y extradiegéticos en su composición. El hombre de Vitruvio, cóncavo y converso, tangencial y radial, fundido en su universo.
No sabíamos qué hacer
Con nuestra niñez que esperaba el pan.
Nos rodea un adusto techado
Tres libros
Dos cuadernos
Y un lápiz.
Ancianas miradas
Congelaron nuestros sentidos,
Ahora los pájaros y las flores
Han partido. (P.62).
Hace dos millones de giros al sol, el homo erectus fue descubierto por el fuego. La flama alumbró la larga sombra de la noche y un estallido de flores incandescentes anegó los ojos del smilodon. Piedra de rayo, semilla solar clonando en pajonales de heno su cabellera ígnea. Frotación y soplo, orgasmo de sol y lucerna. Cielo de númenes transparentes y mares quejumbrados de tormentas. Gracias a Hestia, los últimos primates de aquella especie, toda extinción es el éxtasis de futuras incógnitas, usufructuaron la dosis exacta de calorías con que despertar la criatura que hoy atosiga de plástico las venas del mar.
¿Qué nocturnidad segó la llama
Que flameaba
En tus órbitas de cielo? (P.17).
Testimoniar la hoguera es rememorar liturgias que quemaron la tierra para que Atabeira, Gea, la Gran Madre de Todos reverdeciera el abdomen de la sabana y coloreara de frutos el espinazo trepidante de las cordilleras. Cada testimonio confluye en oscurecimiento de mentes brillantes y lengüetas incandescentes que redujeron a llanto los pergaminos de Alejandría. La hoguera es acertijo lanzado desde la admonición de la historia contra este ser ajeno a su indomités de sierpe boreal, attamen, logró domesticarlo y transustanciarlo en arma para constreñir los hijos de su misma Madre a la extinción.
Entendí que deberíamos continuar
Arrastrándonos en el polvo
Hasta llegar a un destino
Que permitiera reencontrarnos
Con Giordano. (P.73).
Descomponer la historiografía, o desmembrar su realidad en posibilidades demiúrgicas, requiere resiliencia de esteta frente a los engranajes del mundo que ha de sobrevivirnos. Redargüir el tiempo/espacio antes y por venir y sus capas de insatisfacción, porque puede que ningún otro ser sea capaz de confrontarse en el espejo de su responsabilidad etnológica es catar la Verdad: to pragma avto de los griegos, o la cosa tal como es, y exudarla a niveles de dolencia atañe a la adultez de las hijas Mnemósine. Ningún tema escapa de la vorágine del indagador. Reclamos inferenciados en esa rueca de permisibilidades al mejor apostador que es la supervivencia humana. Recuento de pasos en la arena cuando otro desanda tus huellas. Desglose en rizoma de yoes que trasvenan la otredad y sus circunstancias. Este Mateo, trashumante de virtudes y pecados, retorna heraclitianamente con toda la raigambre a clavar su versainografía en las puertas de la catedral de Apolo. Sí. El hombre de posguerra se reinventa sin congeniar una absolución para los que vendrán, de ahí su pervivencia; no hay redención mientras los males subsistan en este mirador de estrellas.

Amaneceres temblorosos
Ese techo que ya no podíamos mirar
Era el cielo.
Y nosotros, dos ángeles
Que no encontraron cobijo
A contraluz. (P.56).
Confrontar el Amor cuando los Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Mallarmé, tous les poètes maudits bebieron sin bajar la cabeza frente a Gedeón, intima un esfuerzo equiparable a la invención de un alma u operar un ventrículo del corazón con las manos dislocadas. Tocar el hombro de la Muerte después de Rulfo y Manríquez exige cojonería pantagruélica; enjuiciar la Historia y reclamarle a la Gran Ramera la virilidad de Giordano Bruno, pudo ser Boecio, Galileo o Juana de Arco, encarna un poeta transfigurado, y no, no por el componente social u ontológico, sino por la humanidad que fluye bajo la dialéctica de los sintagmas.
Pero Giordano Bruno no invocó a Dios-el-padre
Ni dijo que estaba abandonado.
Reiteró su visión cosmogónica
Donde el sol no era el centro del mundo
Ahí mismo apagaron sus destellos
Materiales de la luz. (P.70).
Confrontar a doña Mencía de Bahoruco y Elena de Troya en ambos lados de ultramar, toda orilla es una posibilidad de derrota, testimonia del bardo que escribe para desromantizar el Adiós y el Olvido, tautologías emanadas del clítoris agridulce de Pandora.
Mencía y Elena, territorio de luces en un trajinar de hervores. En el tercer sueño llegó la nocturnidad para Elena y esplendoroso día para Mencía. (P.76).
Testigos en la hoguera, (Valparaíso, 2026) representa la exaltación de un rapsoda desprovisto de ínfulas. Herrero de Damocles de Siracusa, de ahí esa pertinencia que proyecta demasiado en que pensar, lejos de ambivalencias presuntuosas. Testimonia, desde otro mirador, una respuesta particular a cada lector, por ambos lados del acto escritural.
Continuaré el verbo que inventamos
En el adiós que no parece tener sentido
De movimiento.
Es un sustantivo o pretende serlo.
Es una roca
Y en su inmovilidad
Nos conjuga. (P.40).
Mateo emancipado del maniqueísmo de los premios. La mercadotecnia del mundo es insuficiente para obtener un Poeta y, la Poesía se defiende sola o no es. El vate de Aquí se reconstruye en cada Poema, un silencio largo que camina, Poema del dolor no merecido o Enigma de un hermoso secuestro. Quedan formalmente invitados a ser Testigos:
Aquel día intenté traer
Un presente luminoso de África.
Burlé piratas femeninas
E inspectores de aduanas.
No entenderían
Que eran armas secretas
Que entregaría
Cuando el auténtico amor o algo parecido
Ondeara por mis venas. (P.47).
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