La puesta en circulación de El coraje que nos falta, de la escritora y gestora social Milagros de Jesús de Féliz, reunió en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña a un público sensible ante una de las realidades más dolorosas y persistentes de la sociedad dominicana: la niñez y la adolescencia en situación de calle.
El escritor y periodista Vianco Martínez tuvo a su cargo la presentación de la obra, concebida como un testimonio de denuncia, memoria y compromiso con quienes han permanecido durante décadas al margen de las políticas públicas y de la mirada colectiva.
En su intervención, Martínez destacó que el libro trasciende el reportaje social para convertirse en un acto de visibilización de seres humanos cuya existencia ha sido ignorada por la sociedad.
A través de las historias recogidas por la autora, subrayó, El coraje que nos falta interpela la conciencia nacional, reivindica la dignidad de los más vulnerables y plantea una reflexión profunda sobre la deuda histórica del país con sus niños, niñas y adolescentes más excluidos.
A continuación, la presentación del libro El coraje que nos falta a cargo de Vianco Martínez y fotografías de la jornada de autoría del fotógrafo César de la Cruz.
Buenas noches.
La brecha que hay en la República Dominicana entre lo que se dice y lo que se hace es grande, muy grande. Y en el ámbito de la niñez, la adolescencia y la juventud no es grande, es dramática.
Lo que ha hecho Milagros de Jesús de Féliz en el libro El coraje que nos falta es reportar una situación que todos conocemos, pero que nadie quiere conocer.
Este libro —el libro de Milagros— es casi un acto de magia, pues está dando visibilidad a un grupo que la misma sociedad ha vuelto invisible: invisible ante las miradas que le pasan por el lado, invisible ante las políticas oficiales —las políticas reales, no la retórica construida para las efemérides— e invisible ante la conciencia de la sociedad.
Esta es la historia de unos muchachos y unas muchachas que nacieron culpables y que crecieron tambaleándose al borde del abismo, la historia de su tristeza, la historia de su desolación. Algunos renacieron de las cenizas y hoy pueden mirar al sol de frente, pero otros perdieron su apuesta por la vida y se quedaron en el intento.
A Milagros de Jesús de Féliz las historias de estos chicos se le metieron por los ojos y se le quedaron en el cuerpo y en el alma, en lo más profundo de su ser. ¡Y eso consta en esta obra!
Los habitantes de este libro están librando una guerra para sobrevivir. En definición de don Bruno Rosario Candelier, son «protagonistas del dolor».
A todos Milagros los vio reír y los vio llorar, a todos los vio crecer en medio de su guerra. Estuvo a su lado cada vez que uno de sus sueños rodó despedazado por las cunetas y, en muchos casos, secó sus lágrimas y los acogió en su hombro, hombro que muchas veces resultó pequeño para tanto dolor. Fue la desdicha de estos muchachos lo que validó las verdades de este libro.
Estos duendes de cara triste llegaron a la calle, como palomas sin alas, con una historia rota. Proceden de familias destrozadas, de mundos sin oportunidades y del desprecio de la sociedad.
En una sociedad rabiosamente excluyente, rabiosamente injusta y rabiosamente desigual como la nuestra hay mucha gente que no tiene derechos. Pero si se habla de los niños y niñas de la calle, la cosa es peor porque no tienen derecho a tener derechos.
No tienen oportunidades ni caminos abiertos, pero cuando se salen del esquema establecido, generalmente arrastrados por su realidad, llegan puntualmente los policías, los fiscales y los jueces. Llegan primero que las escuelas, que las oportunidades, que los hospitales, que los programas sociales y que los puentes que conducen al futuro.
Cuando Milagros de Jesús dice que las acciones impulsadas en su favor «no lograron el impacto deseado» y cuando habla de «desafíos pendientes», quizás está diciendo, con la elegancia propia de la palabra literaria, que estamos sencillamente empantanados ante una realidad que nos supera y que nos hemos vuelto un tollo para afrontar.
Cuando el mundo comienza a romperse, siempre empieza por la sonrisa de los niños. Un niño al que se le muere la sonrisa en una esquina será siempre un fracaso para toda la humanidad.
Estos duendes de Milagros son una verdadera colección de tristezas y, en algunos casos, también de esperanzas. Y en ella hay que resaltar la historia de El Peje, un hombre que renació de las cenizas gracias a la mano amiga de Milagros y de Acción Callejera.
En su infancia rodó de una calle a otra y de una oscuridad a otra y, con solo diez años, terminó cargando sacos en un mercado, sacos que pesaban más que él. Y un día, un día cualquiera, bajo las implacables leyes de la calle, terminó recibiendo tres puñaladas que lo pusieron al borde de la muerte.
Pero la vida es sabia y donde pone una espina, pone una rosa, y con el tiempo salió adelante, y hoy es uno de los oficiales de Amet en Santiago de los Caballeros.
DIOSA DE NADA
Por las huellas que dejó, hay que leer detenidamente las lecciones —y las lesiones— que dejó la vida de Tulia, «la muchachita que ayuda».
Fue señora triste y diosa de nada. Se pasó la vida entera aferrada a la fe en un mundo mejor. Pero el mundo no cambió y para ella nunca nada fue mejor. Su vida fue tan triste, tan triste, tan triste que da la impresión de que fue ella quien inventó la tristeza del mundo.
Enclaustrada en las cuatro paredes de una casa ajena y de una familia que tampoco era la suya, no pudo tener familia propia ni patrimonio ni nada tangible. Atendiendo siempre a otros, nunca pudo tener vida propia. Su mayor vestido fue el silencio: callar y bajar la cabeza ante cada orden que recibía de sus amos. Como en los tiempos de la esclavitud.
Al final de sus días, hasta la luz de sus ojos se le negó. Y un día murió, calladamente, ciega, sin nada en las manos, sin vida propia y con el único patrimonio que la vida le dio: callos en las manos y silencio: silencio en su historia y silencio en su alma.
Pero donde se derramaron todas las aguas de este libro fue en la historia de Juancho.
Juancho quería tener sueños y volar, pero los sueños se le enfermaron de realidad. ¡Qué oportunidad va a tener! La mamá, trabajadora sexual y asesinada; la hermana, violada a temprana edad; y él mismo, con una sexualidad atormentada, tirado a la calle y a las peores formas del trabajo sexual.
Cuando ya la vida le había quemado el alma, entonces le rociaron gasolina en el cuerpo en una de las calles de la necesidad. Según cuenta Milagros en su libro, murió rogando a los médicos que lo dejaran morir para no seguir viviendo el martirio que era su vida.
Fue la injusticia la que lo borró del mapa. De él quedó solo una sombra difusa, y ni siquiera tuvo el derecho a ser una estadística.
EL ARTE DE RECORDAR
Dice Milagros que el olvido es una tumba. Y eso es cierto, en la medida en que convierte a los convidados del olvido en muertos en vida. Por tanto, hay que mirar este libro como una sublevación contra el olvido y una celebración de la memoria.
Nadie puede definir este libro mejor que José Luis Taveras:
No es una obra de dilección contemplativa: es una acusación que recrimina nuestras ausencias, omisiones, apatías y olvidos. Nos hemos consentido como sociedad tantas anuencias, pero permanecer ajenos a la tragedia social de la niñez de calle es crueldad.
Si es verdad que un libro tiene la facultad de cambiar mundos, este, el de Milagros, está llamado a cambiar al menos la mirada que tenemos y a detenernos en la sonrisa maltratada de la esquina.
Milagros nos está pidiendo, nos está rogando, nos está exigiendo que nos detengamos a sentir el latido de la calle y a escuchar el llanto de aquella niña que, como una flor en el pantano, está esperando siempre que le ocurra lo peor.
Nos está diciendo que allí, debajo del semáforo, hay un niño que quiere vivir y que se mueve como una culpa de la sociedad en un lugar donde hay una esperanza que espera.
«La memoria es un acto de voluntad», al decir de la escritora Claudia Piñeiro, y El coraje que nos falta, además de ejercer el arte de recordar, también es un regio, decisivo y soberano acto de voluntad. Es, en toda regla, un libro duro, arrasador.
Pero las durezas de estas historias se compensan cumpliendo con el requisito primero de la literatura: la belleza en la escritura. La mirada de la literatura siempre tiene que ser magia. Sin eso, la belleza literaria estaría incompleta. Y este libro, escrito con una prosa elegante y de paso fino, cumple con ese requerimiento, a pesar de su gramática del dolor.
La tristeza y el dolor tienen el efecto de endurecer a la gente, pero con Milagros se rompió el esquema porque los dolores que han pasado por sus manos, por sus libros y por su vida no han podido derrotar su vocación de amor a los demás ni su ternura.
Milagros nos contó en 380 páginas y en 10 capítulos la tristeza del mundo y salió invicta. Ni los dolores propios ni los ajenos han logrado vencer su vocación de amor. En este libro el amor funciona como un acto de resistencia, y la palabra, como un acto de sanación. Milagros ha cargado con los dolores propios y los ajenos, y lo ha hecho no solo con valor, también con una ternura invencible.
El pensador dominicano Luis Quezada definió a Milagros como una artesana de la vida, y todo el que la conoce sabe que ha librado batallas decisivas contra el desaliento y que siempre ha tenido la osadía de sonreír frente a la adversidad.
Quizás nos ha faltado coraje para soñar otro mundo y para hacerlo posible. Y eso, precisamente, es lo que quiere hacer el libro de Milagros.
Milagros se ha empeñado en salvar al mundo y lo está haciendo persona a persona. Como dice José Luis Taveras, impulsando una «revolución de los pequeños espacios».
Quizás, ante tantos olvidos juntos, deberíamos volver a tener rabia como motivo y la rabia como bandera. Y no olvidar nunca que de la rabia de la historia nació esta patria.
Un día, un poeta cantor dijo: «Los hombres sin historia son la historia». Y aquí está Milagros, con su libro en la mano. Convencida de que las historias pequeñas pueden ayudar a salvar el mundo, vino de Santiago, toda ella, para contarnos la historia de los seres sin historia. Vino a recordarnos los dolores de la desigualdad para que nunca dejemos de soñar, y para que un día la esperanza deje de esperar y se convierta en una hermosa, sentida y cotidiana canción de amor.
¡Muchas gracias!
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