Sigo metido en el análisis del mundo musical. Desde hace algún tiempo he venido acercándome a determinadas canciones populares no solamente como piezas sonoras destinadas al entretenimiento, al baile o a la memoria afectiva, sino como verdaderos inventarios culturales de una época. Esta aproximación forma parte también de las asignaciones realizadas en la asignatura Etnomusicología y Patrimonio Cultural, dentro de mis estudios doctorales, espacio académico que me ha permitido volver sobre músicas que forman parte de nuestra experiencia cotidiana para interrogarlas desde otras perspectivas. Así tal cual nos hizo saber el maestro que nos acompañó en el proceso de formación.
Hace poco compartí un trabajo sobre Siña Juanica, intentando descubrir en aquella composición una especie de radiografía de la vida popular, los saberes comunitarios, las precariedades, las prácticas de cuidado y las formas de interpretar la enfermedad. Ahora vuelvo a la carga sobre otro tema aparentemente distante, pero igualmente fértil para la mirada antropológica: Los Diseñadores, en la interpretación del gran maestro de la música dominicana Dioni Fernández y El Equipo, con las voces de Sergio Vargas y Charlie Rodríguez.
Me interesa esta canción porque pocas piezas de la música popular dominicana de los años ochenta ofrecen un inventario tan explícito de objetos, marcas, estilos, aspiraciones y formas de consumo. Allí aparecen marcas desde Yves Saint Laurent, Paco Rabanne, Cardin, Cacharel, Coco Chanel, Sergio Valente, Vidal Sassoon, Calvin Klein, Gloria Vanderbilt, Gucci, Valentino, Cartier y, en un giro particularmente significativo, hasta presenta una marca nuestra por excelencia, la Óscar de la Renta. No estamos, por tanto, frente a una simple acumulación de nombres comerciales. Por esa razón reitero, no estamos ante un vocabulario social, ante una manera de nombrar aquello que una persona considera deseable, moderno, distinguido o capaz de otorgarle reconocimiento frente a los demás. La canción puede escucharse como merengue, pero también puede leerse como un documento cultural que registra la relación de una sociedad con la moda, las marcas, el viaje, la apariencia y el deseo de pertenecer.
La historia de la pieza agrega otra dimensión a esta lectura. De acuerdo con nuestra investigación encontramos que el tema Los Diseñadores fue compuesto por el músico cubano Willy Chirino y apareció originalmente en su álbum Chirinísimo, publicado en 1982; los registros de derechos de autor identifican la obra como creación de Chirino y sitúan su publicación original el 14 de diciembre de ese año. Dos años después, Dioni Fernández y El Equipo incorporaron la canción al repertorio dominicano en el álbum Los Diseñadores, publicado en 1984. La interpretación dominicana quedó asociada particularmente a los artistas Sergio Vargas y Charlie Rodríguez. Mientras que la prensa musical de la época documentó además la circulación del álbum en el mercado latino de Nueva York: en abril de 1985, y la Billboard colocaba Los Diseñadores de Dioni Fernández y El Equipo en el cuarto lugar de su lista correspondiente a Nueva York.
Ese tránsito de una canción nacida en Miami a una versión convertida en merengue dominicano es, por sí mismo, un fenómeno antropológico. Las músicas viajan, pero cuando llegan a otro territorio no necesariamente permanecen iguales: son reinterpretadas, apropiadas, transformadas y dotadas de nuevos sentidos. Lo interesante, entonces, no es únicamente preguntarnos qué quiso decir Willy Chirino cuando compuso la canción, sino qué ocurrió cuando aquella sátira sobre las marcas y la ostentación entró en el universo sonoro dominicano de 1984. Y es allí comienza otra historia.
Los años ochenta: viajar, consumir y entrar en la modernidad
Para comprender Los Diseñadores necesitamos regresar al escenario social en el que la canción se convirtió en merengue. Los años ochenta fueron una época de profundas contradicciones económicas y culturales en América Latina y el Caribe. En el caso dominicano, el año 1984 estuvo marcado por tensiones económicas y sociales, pero simultáneamente se encontraba en expansión una industria turística que comenzaba a modificar las relaciones del país con el exterior. Las estadísticas recogidas posteriormente en la Historia General del Pueblo Dominicano muestran que las llegadas por vía aérea pasaron de 301,070 visitantes en 1980 a 413,285 en 1984 y 497,280 en 1985, mientras el número de habitaciones hoteleras pasó de 5,389 a 7,133 en el mismo período 1980-1984.
Datos del propio Fondo Monetario Internacional también registran el crecimiento de las llegadas de visitantes extranjeros, de aproximadamente 301 mil en 1980 a 497 mil en 1985 y 958 mil en 1990, acompañado por una expansión particularmente importante de Puerto Plata y, posteriormente, Punta Cana.
Este proceso no debe interpretarse únicamente como crecimiento turístico. El viaje comenzó a formar parte de un nuevo imaginario social. Viajar significaba conocer otros lugares, pero también entrar en contacto con mercancías, marcas, formas de vestir, perfumes, tecnologías y estilos de vida que circulaban con mayor intensidad. Refieren crónicas de la época que la ciudad de Miami ocupaba un lugar fundamental dentro de ese imaginario caribeño. Ese dato lo confirma una entrevista realizada a Willy Chirino por Vogue Mexico, donde refiere que el propio Chirino explicó que Los Diseñadores surgió como una burla hacia personas que utilizaban las marcas para exhibir una posición social, en un contexto de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta en el que ese comportamiento era visible en Miami.
La versión dominicana adquirió, sin embargo, una dimensión particular. El merengue hizo bailable un catálogo internacional de la moda. Y esto importa porque el consumo no ocurre solamente en las tiendas: ocurre también en el lenguaje, en la conversación, en la imaginación y en la música. Antes de poseer un objeto, una persona puede desearlo; antes de comprar una marca, puede aprender a reconocerla; antes de viajar, puede imaginar aquello que encontrará al otro lado del aeropuerto. La cultura del consumo empieza, muchas veces, mucho antes de la transacción económica. Ese fenómeno ocurría en esos años y ahora también, pero transformados.
En ese sentido, Los Diseñadores si lo analizamos desde la perspectiva antropológica, funciona como un paisaje sonoro, término acuñado por el canadiense R. Murray Schafer o, de forma aún más precisa, etnografía sonora, que centra en cómo el sonido o un tema musical construye cultura e identidad.
La canción enumera prendas, perfumes, relojes, accesorios, muebles y hasta objetos cuya extravagancia contribuye precisamente al carácter humorístico de la composición. Pero detrás de esa enumeración existe algo más profundo: la transformación del objeto en signo y simbología. Ya no importa únicamente para qué sirve una camisa, un reloj, un perfume o un pantalón. Importa quién lo diseñó, qué nombre lleva y qué comunica cuando aparece sobre el cuerpo.
Por eso nos adentramos en lo que estudia Thorstein Veblen, cuando en sus observaciones desde finales del siglo XIX determinaba como los bienes podían convertirse en instrumentos para hacer visible la posición económica y el prestigio social, y en la obra The Theory of the Leisure Class, publicada en 1899, desarrolló el concepto de consumo conspicuo, mediante el cual determinados bienes dejan de ser valorados exclusivamente por su utilidad y adquieren una función demostrativa, permitiendo hacer visible la capacidad de consumir determinados objetos (Veblen, 1899). Aunque la sociedad dominicana de los años ochenta no puede reducirse mecánicamente al modelo descrito por Veblen, su propuesta ofrece una herramienta útil para leer la insistencia de Los Diseñadores en las marcas como signos de reconocimiento y eso es precisamente el interés de este análisis.
La canción, además, tiene una particularidad que me parece esencial: exagera. Claro que sí, ya que su humor funciona porque lleva la lógica de las marcas hasta el absurdo. Por ejemplo, al decir una bicicleta de Cartier, un cenicero de Gucci o una enumeración casi interminable de diseñadores producen una sensación de exceso. Pero la exageración también revela algo: para que una broma funcione, el público tiene que reconocer los códigos que la hacen posible. El chiste depende de que las personas sepan que esas marcas significan algo.
Vestirse para pertenecer o la cultura material
Aquí es donde la antropología de la moda permite profundizar la lectura. Georg Simmel sostuvo que la moda contiene una paradoja fundamental: permite simultáneamente distinguirse y pertenecer. La persona se viste de determinada manera para expresar individualidad, pero al mismo tiempo adopta códigos compartidos por un grupo. La moda crea comunidad y diferencia; homogeneiza hacia dentro y separa hacia fuera (Simmel, 1957). Esta doble condición aparece de manera extraordinariamente clara en Los Diseñadores, incluso desde aquella expresión que atraviesa la canción: “como toda la gente”.
La frase parece contradictoria frente a la enumeración de marcas. Si se trata de objetos que supuestamente distinguen, ¿por qué la canción afirma que son “como toda la gente”? Precisamente porque ahí reside la ironía antropológica de la canción. La persona quiere distinguirse utilizando signos que también le permiten demostrar que pertenece a un universo social determinado. La marca funciona como una especie de lo que en estudios culturales se llama contraseña cultural.
No solamente dice “esto tengo”, sino también “sé lo que esto significa” y, en consecuencia, “sé dónde quiero ubicarme”, eso es pertenecer y ahí entra la cultura material.
Otro que claramente puede entrar como base teórica para este análisis es Pierre Bourdieu, y su trabajo que estudia el gusto y la distinción social. En La distinción, publicada en 1979, mostró cómo las preferencias relacionadas con la comida, la vestimenta, el arte, la música y otros bienes culturales pueden estar vinculadas con posiciones sociales y formas diferenciadas de capital cultural y económico. El gusto, desde esta perspectiva, no constituye simplemente una elección individual y espontánea; también se encuentra atravesado por aprendizajes, experiencias y estructuras sociales (Bourdieu, 1979). La canción de Dioni Fernández puede ser leída desde allí como una pequeña pedagogía del gusto: enseña nombres, los ordena, los pone a circular y convierte las marcas internacionales en parte del vocabulario cotidiano de quienes escuchaban el merengue.
Pero existe otro elemento que no podemos dejar fuera: el cuerpo. La moda no existe únicamente en la vitrina; adquiere significado cuando se incorpora al cuerpo. Joanne Entwistle (2000) ha planteado precisamente que vestir el cuerpo constituye una práctica social situada. El cuerpo vestido participa de las relaciones sociales y comunica identidad, género, posición, pertenencia y contexto. Desde esta perspectiva, Los Diseñadores no habla solamente de ropa: habla de cuerpos que quieren presentarse de determinada manera ante otros cuerpos.
Por eso el título de la canción adquiere una ironía adicional. Los “diseñadores” no son únicamente quienes producen las prendas. También están diseñando una imagen de la persona que las utiliza. La ropa diseña al sujeto social. El perfume, el corte de cabello, el reloj, el jean, la cartera o el traje, todos intervienen en la construcción pública de quien los lleva. El consumidor termina convirtiéndose, simbólicamente, en una especie de vitrina ambulante.
Y aquí aparece una dimensión particularmente dominicana. En medio de esa larga lista de referencias internacionales emerge Óscar de la Renta, un gran dominicano convertido para entonces en una figura internacional de la moda. Su presencia introduce una tensión muy interesante entre lo global y lo local. La canción puede leerse, por tanto, no simplemente como una celebración de lo extranjero, sino como un registro de la manera en que la cultura dominicana estaba negociando su lugar dentro de un mundo cada vez más conectado. La referencia a De la Renta permite pensar que la circulación global no implicaba necesariamente abandonar lo dominicano: también podía producir figuras nacionales capaces de insertarse en los circuitos internacionales de prestigio.
El caso de Sergio Valente es quizás todavía más revelador. El nombre que aparece repetidamente en la canción estaba asociado a los jeans que alcanzaron gran popularidad en Estados Unidos durante aquellos años. Un reportaje retrospectivo de Los Angeles Times, analizado por nosotros para enriquecer el abordaje, señala que los jeans Sergio Valente comenzaron en 1979 y llegaron a registrar ventas extraordinariamente altas durante los primeros años de la marca. La marca, por tanto, no aparece en el merengue por casualidad: pertenece a un universo comercial reconocible de aquella época. Cuando hoy escuchamos “Sergio Valente”, quizá escuchamos una palabra antigua; para quien vivió los años ochenta, podía funcionar como una imagen inmediata de modernidad, juventud, viaje y consumo.
La canción se convierte así en una suerte de museo sonoro de la cultura material, como mencionamos anteriormente. Sus objetos han envejecido, algunas marcas han desaparecido o perdido protagonismo, y otras se han transformado. Pero la música conserva el momento en que esos nombres significaban algo. Allí reside una de las posibilidades más interesantes aprendido por nosotros en esta formación doctoral desde la mirada de la etnomusicología: escuchar una canción no solamente por su melodía, sino por los mundos sociales que hace aparecer.
¿Qué puede decirnos una canción sobre una sociedad?
Una canción no es una encuesta, un censo ni una fotografía estadísticamente representativa de una sociedad. Tampoco podemos asumir que aquello que canta un intérprete describe literalmente la vida de quienes lo escuchaban. Una canción es una producción cultural situada, atravesada por autores, músicos, productores, industrias, públicos, vivencias y circunstancias históricas. Sin embargo, precisamente por eso puede ser una fuente privilegiada para estudiar los imaginarios sociales de una época cuando se contrasta con otras evidencias históricas. Esa es la gran riqueza de la etnomusicología.
Los Diseñadores permite observar ese procedimiento con claridad. Tenemos una canción compuesta por Willy Chirino en 1982, una versión dominicana grabada por Dioni Fernández y El Equipo en 1984, voces asociadas a Sergio Vargas y Charlie Rodríguez, un momento de expansión turística, una sociedad que experimentaba una creciente circulación internacional de bienes y personas, y un lenguaje musical que convertía las marcas en materia de humor, deseo y reconocimiento y un interés en pertenecer y ser reconocido, incluso generalmente en espacios y clases en los que no se encaja. No necesitamos afirmar que todos los dominicanos consumían aquellas marcas para reconocer que las marcas ya formaban parte del imaginario cultural que la canción podía poner en escena.
Ese matiz resulta fundamental, ya que el valor antropológico de la canción no está en demostrar que “todo el mundo” tenía Yves Saint Laurent, Chanel, Calvin Klein o Sergio Valente. Está precisamente en la distancia entre la expresión “como toda la gente” y las condiciones materiales reales de la sociedad. Allí aparece el humor, pero también el deseo, por eso la canción permite escuchar lo que una sociedad aspiraba a tener, aquello que quería mostrar, aquello que reconocía como símbolo de modernidad y aquello que podía convertirse en objeto de sátira, extraordinariamente lograda por el autor.
En este punto vuelvo a la idea con la que inicié estas reflexiones: las canciones populares pueden funcionar como inventarios culturales de una época. Siña Juanica me permitió acercarme a la música como archivo de saberes y experiencias relacionadas con la vida cotidiana, la enfermedad y las formas comunitarias de enfrentar la precariedad. Los Diseñadores me conduce hacia otro archivo: el de las mercancías, la moda, los viajes, las marcas, el cuerpo y las aspiraciones. Una canción habla de una sociedad incluso cuando aparentemente solo está hablando de ropa.
Quizás por eso vale la pena volver a escuchar los merengues de los años ochenta con otros oídos, en mi caso siempre sale en antropólogo cuando escucho cualquier música, es una práctica normal, ya que la antropología no se practica un día si y otro o no en un espacio o circunstancia, ya que antropólogos somos en todo momento. No solamente con los oídos de quien recuerda una fiesta, un baile, una emisora o una juventud que ya pasó, sino con los del investigador que pregunta qué estaba ocurriendo alrededor de aquella música. Son muchas las preguntas que me surgen, entre ellas: ¿Qué objetos o marcas estaban entrando en el país? ¿Qué significaba socialmente viajar en esa época? ¿Qué marcas eran reconocidas? ¿Qué cuerpos querían parecer modernos? ¿Qué relación comenzaba a establecerse entre identidad y consumo? ¿Cómo se relacionaban lo local y lo internacional? ¿Qué podía decir una marca sobre quien la llevaba?, entre otras que el lector de este artículo pudiera tener.
Escuchar Los Diseñadores más de cuatro décadas después es, entonces, escuchar mucho más que un merengue. Es escuchar el ruido de una época entrando en las tiendas, en los aeropuertos, en las maletas, en los mostradores y cloro, en los cuerpos. Es escuchar una sociedad aprendiendo el lenguaje de las marcas mientras descubría nuevas formas de viajar, consumir y representarse. Y quizás allí reside una de las posibilidades más hermosas de la antropología: aprender a escuchar aquello que otros escucharon solamente para bailar. Porque una canción es claramente un archivo; no porque contenga toda la verdad sobre una sociedad, sino porque conserva una parte de aquello que una sociedad imaginó, deseó, imitó, consumió y quiso mostrar. “Como Sergio Valente, como toda la gente”. Hasta la próxima semana.
Referencias
Bourdieu, P. (1979). La distinction: Critique sociale du jugement. Les Éditions de Minuit.
Entwistle, J. (2000). The fashioned body: Fashion, dress and modern social theory.
Fernández, D., & El Equipo. (1984). Los diseñadores [Álbum]. Algar Records.
Fondo Monetario Internacional. (1996). Dominican Republic. En IMF Staff Country Reports.
Simmel, G. (1957). Fashion. American Journal of Sociology, 62(6), 541–558.
Veblen, T. (1899). The theory of the leisure class: An economic study of institutions.
Willy Chirino. (1982). Chirinísimo [Álbum]. LAD Records. Copyright Encyclopedia.
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