El maestro
Cuando pienso en Rómulo Rivas no recuerdo primero al actor, al director ni al dramaturgo.
Recuerdo al maestro.
Al hombre que llegaba a los ensayos con una energía que parecía inagotable. Al que nos exigía tanto en el escenario como fuera de él. Al que podía detener un ensayo para hablar de disciplina, de solidaridad, de la importancia de cumplir la palabra empeñada o de la responsabilidad que implicaba hacer teatro en una sociedad que aún intentaba encontrarse consigo misma.
Para quienes llegamos siendo adolescentes al Teatro Estudiantil del Colegio La Salle, el teatro era una aventura fascinante.
Para Rómulo era mucho más.
Era una herramienta para transformar vidas.
Con los años comprendí que aquella era quizá su verdadera vocación.
No formar actores.
Formar seres humanos.
Los hijos del teatro
A comienzos de los años setenta, el proyecto de Teatro Popular comenzaba a extender sus raíces. Habían surgido experiencias en clubes populares, comunidades y organizaciones populares. Sin embargo, Rómulo entendía que para que aquella visión sobreviviera necesitaba algo más sólido que un grupo de entusiastas.
Necesitaba multiplicarse.
"Nos preocupaba crear hijos que volaran por sí mismos y se multiplicaran. Nosotros tres no éramos el fin; éramos apenas el medio."
La frase resume una filosofía que marcaría toda su trayectoria.
Junto a Mercedes Díaz y León David comprendió que había llegado el momento de crear una plataforma capaz de generar nuevas generaciones de teatreros.
Fue entonces cuando, por iniciativa del Hermano Pablo, director del Colegio De La Salle, Rómulo Rivas asumió la dirección del Teatro Estudiantil, dando continuidad y nuevo impulso al trabajo formativo que años antes había iniciado el Hermano Lasallista Otto Coro. Bajo su liderazgo, la agrupación se convertiría en una de las experiencias más significativas del teatro juvenil popular dominicano de la década de 1970.
La iniciativa comenzó integrando estudiantes de los colegios La Salle y Santa Teresita, pero pronto se amplió a jóvenes procedentes de otros centros educativos.
Rómulo veía en aquellos adolescentes algo que muchos adultos no alcanzaban a percibir.
Potencial.
Capacidad de transformación.
Deseos de construir un país teatro distinto para corresponderse con las necesidades del país.
"Queríamos aprovechar esa edad dúctil, maleable, llena de energía y sueños. Formar un grupo comprometido con la realidad del país, con fortaleza interior, ideales y la mejor preparación posible."
Lo que comenzó como un proyecto teatral terminó convirtiéndose en una verdadera escuela de ciudadanía.
Los principios
A diferencia de otros maestros, Rómulo no construía sus enseñanzas sobre largos discursos.
Prefería el ejemplo.
La práctica cotidiana.
La experiencia compartida.
Pero detrás de todo existía una filosofía muy clara.
"Los principios eran sencillos, aunque difíciles: asistencia, puntualidad, disciplina, solidaridad, cumplir con la palabra, creatividad para resolver problemas, ánimo, amor por lo que se hace, observar todo y compromiso con el país."
Al escucharlo décadas después, comprendo que aquellos valores estaban presentes en cada ensayo.
No se enseñaban como un reglamento.
Se respiraban.
Se vivían.
Se aprendían casi sin darse cuenta.
Por eso muchos de quienes pasaron por aquellos grupos continuaron aplicándolos mucho después de abandonar los escenarios.
La escuela de la vida
Con frecuencia se ha hablado de Rómulo como director de teatro.
Menos se ha hablado de él como maestro.
Sin embargo, gran parte de su legado se encuentra precisamente ahí.
Su método nunca fue rígido.
Ni académico en el sentido convencional.
Ni prisionero de una sola escuela.
"Me formé en Stanislavski, conocía a Brecht, a Grotowski y muchas otras corrientes. Pero comprendí que la realidad dominicana exigía otra cosa."
Su respuesta revela una característica fundamental de su trabajo.
La capacidad de adaptación.
La voluntad de crear sus propias herramientas.
La libertad para combinar influencias diversas.
"Trabajé con estudiantes, con sordos, invidentes, profesores, médicos, arquitectos, seminaristas, obreros, campesinos, niños, ancianos, soldados y presos. Cada grupo exigía una manera distinta de trabajar."
Por eso otorgaba tanta importancia a la improvisación.
"Las improvisaciones son una herramienta extraordinaria para el aprendizaje, para la creatividad y para descubrir lo que cada persona lleva dentro."
Más que enseñar a interpretar personajes, ayudaba a descubrir identidades.
La UASD y el país profundo
Su paso por la Universidad Autónoma de Santo Domingo abrió nuevas puertas.
La universidad se convirtió en un puente entre el teatro y la realidad social dominicana.
Por sus aulas pasaban jóvenes procedentes de barrios, pueblos y comunidades de todo el país.
Rómulo aprovechaba cada encuentro para escuchar.
Aprender.
Conocer.
Y también para sembrar inquietudes.
"Los estudiantes asistían entusiasmados. Mientras ellos pensaban que iban a entretenerse, yo intentaba mostrarles la importancia del teatro, las artes y la cultura para la transformación social."
De aquellos contactos surgieron talleres, asesorías y experiencias comunitarias que terminaron expandiendo la influencia del Teatro Popular mucho más allá de Santo Domingo.
Uno de esos encuentros lo condujo al Batey Andrés, en Boca Chica.
Allí comprobó una vez más que el teatro podía convertirse en una poderosa herramienta de participación colectiva.
El teatro contra el miedo
Para comprender la importancia de aquella labor es necesario recordar el contexto.
La República Dominicana todavía cargaba las heridas de la dictadura y de la guerra civil del 1965.
El miedo y la represión seguían presente.
La censura no había desaparecido completamente.
Y muchas expresiones culturales continuaban encontrando obstáculos.
Rómulo habla de aquellos años con serenidad, pero también con firmeza.
" Era una época de un régimen autoritario de carácter democrático representativo, pero con marcados rasgos represivos y un fuerte culto a la personalidad. Son un veneno para los seres humanos. Corroen la mente, el espíritu, las relaciones humanas y la cultura."
Por eso concebía el teatro como algo más que entretenimiento.
Era una forma de despertar conciencia.
De generar preguntas.
De provocar reflexión.
"Era necesario dar testimonio de lo que estaba ocurriendo. Protestar. Revelar. Desenmascarar."
Aquella visión dio origen a montajes que hoy forman parte de la memoria teatral dominicana.
Pero más importante aún, contribuyó a crear espacios de libertad donde antes predominaba el silencio.
Freddy y los cómplices
Toda transformación necesita aliados.
Y Rómulo encontró muchos a lo largo del camino.
Entre ellos ocupó un lugar especial su querido hermano y amigo Freddy Ginebra.
Recuerda con humor que la primera reacción de Freddy ante el proyecto fue de escepticismo.
"Nos dijo que era imposible."
Una opinión que, por cierto, compartían muchas personas.
Pero después de presenciar algunas de las primeras experiencias teatrales cambió radicalmente de parecer.
Se convirtió en aliado.
Promotor.
Cómplice.
Hermano.
"Cuando vio lo que estábamos haciendo nos abrazó emocionado y nos dijo: ahora sí creo que esto es posible."
Aquella amistad terminaría siendo muy fecunda en esos años de la historia cultural dominicana.
El reconocimiento inesperado
Rómulo nunca persiguió premios.
Ni posiciones.
Ni reconocimientos.
Lo suyo siempre fue el trabajo.
Por eso resulta significativo escuchar cuáles considera sus verdaderas recompensas.
No menciona trofeos.
No menciona galardones.
Habla de abrazos.
De gratitud.
De afectos.
"Las sonrisas de la gente humilde fueron siempre uno de mis mayores premios."
Recuerda visitas a hospitales.
Palabras de aliento.
Pequeños gestos de personas que comprendieron la importancia de lo que intentaba hacer.
Y recuerda también una palabra que comenzó a escuchar con frecuencia durante su última visita al país.
Leyenda.
"Cuando me dijeron que era una leyenda me sorprendió. Después escuché la misma palabra varias veces y pensé: parece que sí es verdad."
Lo dice con una sonrisa tímida.
Como si aún le costara aceptar el alcance de su propia historia.
Formar seres humanos
Llegamos entonces a la pregunta esencial.
¿Qué ha sido más importante?
¿Las obras?
¿Los grupos?
¿Los montajes?
¿Los premios?
La respuesta surge sin vacilación.
"Formar seres humanos por medio del teatro."
Hace una pausa.
Y continúa.
"Lo primordial es el ser humano. Ese es mi motor. Lo amo y lo acepto con sus pequeñeces y sus grandezas."
Quizá en esa frase se encuentra la clave de toda su trayectoria.
La explicación de por qué tantos antiguos alumnos continúan recordándolo con afecto.
La razón por la que generaciones enteras siguen considerándolo maestro.
Mercedes
Y entonces aparece un nombre imprescindible.
Mercedes Díaz.
La compañera inseparable.
La actriz.
La profesora.
La cómplice.
La mujer que compartió con él aventuras, sacrificios, carencias y sueños.
"Sin Mercedes todo habría sido mucho más difícil."
La recuerda inteligente.
Culta.
Generosa.
Exigente.
Capaz de celebrar sus aciertos y señalar sus errores con la misma honestidad.
"Así como alababa mis aciertos, también hacía críticas fuertes y necesarias para obligarme a reflexionar."
Por eso insiste en que muchas de las conquistas que hoy se le atribuyen fueron posibles gracias a aquella mujer extraordinaria.
Y por eso habla siempre en plural.
Cuando dice nosotros, habla de ambos.
El legado
Al final de nuestra conversación le pregunto cómo evalúa el desarrollo del teatro dominicano.
Su respuesta llega sin titubeos.
"Del infierno al cielo."
Recuerda el país que encontró cuando llegó.
La precariedad.
La ausencia de estructuras.
Las limitaciones.
Y luego observa el presente.
Más salas.
Más grupos.
Mejores actores.
Directores preparados.
Diseñadores especializados.
Público interesado.
Una actividad teatral constante.
"Quizá donde todavía existen debilidades es en la dramaturgia, pero el desarrollo ha sido extraordinario. A los teatristas dominicanos sólo puedo decirles una cosa: no se detengan."
Al escucharlo, la memoria me devuelve a los días del Teatro Estudiantil, cuando un grupo de jóvenes descubríamos el teatro bajo su guía y aprendíamos, sin saberlo, lecciones que nos acompañarían toda la vida.
Han pasado más de cincuenta años desde entonces. Sin embargo, al concluir esta conversación, vuelvo a reconocer en Rómulo Rivas al mismo maestro apasionado que nos enseñó a mirar más allá del escenario y a creer que los sueños, por difíciles que parezcan, siempre merecen ser perseguidos.
Pienso entonces que la obra más importante de Rómulo Rivas no fueron las piezas que dirigió, ni los grupos que fundó, ni siquiera las miles de personas que asistieron a sus presentaciones en barrios, escuelas, plazas y comunidades de todo el país.
Su verdadera obra son los seres humanos que ayudó a formar.
Los actores, directores, dramaturgos, gestores culturales, maestros y ciudadanos que encontraron en el teatro una forma de crecer y de comprender mejor la vida.
Quizás por eso, cuando le pregunto qué ha sido lo más importante de su trayectoria, no habla de premios ni reconocimientos. Habla de personas.
Y cuando le pido una reflexión final sobre su propia existencia, responde con la humildad de los grandes maestros:
"Muy lejos estoy de considerarme perfecto. Pienso que mi mayor virtud ha sido, dentro de lo posible, recoger mi baúl de imperfecciones y con ese material lograr construir algo aceptable."
Tal vez ahí resida la grandeza de Rómulo Rivas.
No en haber hecho lo imposible.
Sino en haber demostrado que los sueños, cuando se persiguen con pasión, perseverancia y amor por los demás, pueden terminar transformando la vida de todo un país.
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