He leído hasta el capítulo V de Con la palabra de Dios, de Roberto Cassá, pero en este primer comentario quiero referirme solo al capítulo I, “La temática”, porque allí se encuentra ya el núcleo del libro: su objeto, su método, su valoración de la fuente oral y su manera de entrar en el mundo religioso, campesino y popular del liborismo.
En la página 19, al definir el objeto de su libro, Cassá sitúa el origen del movimiento, sus prédicas, la creencia en su encuentro con Dios, sus poderes extraterrenales, la persecución de que fue objeto y la esperanza posterior en su resurrección. Desde ahí se anuncia ya la amplitud de una investigación que no se queda en la anécdota, sino que intenta reconstruir un universo de sentido.
Desde esas primeras páginas se advierte que Cassá no trata a Olivorio Mateo, Liborio, como una simple curiosidad folklórica ni como una expresión irracional de fanatismo. Lo estudia como un fenómeno histórico, religioso, social y simbólico de gran densidad, nacido en 1908 y proyectado luego hacia Palma Sola y hacia otras manifestaciones de la religiosidad popular dominicana. Esa amplitud es una de las grandes virtudes del libro: no se queda en un episodio aislado, sino que reconstruye una tradición mesiánica de larga duración.
Hoy, me interesa subrayar algo que considero fundamental. Yo fui pionera en el estudio del mesianismo de Palma Sola con mi libro Palma Sola. Opresión y esperanza. Su geografía mítica y social. Mi investigación abrió una puerta hacia ese mundo religioso, campesino, perseguido y profundamente significativo. Pero Roberto Cassá realiza ahora una obra mucho más extensa y abarcadora sobre el liborismo en su conjunto. Mi trabajo se centró en Palma Sola; Cassá estudia el proceso desde Liborio hasta Palma Sola y sus prolongaciones posteriores. Por eso puedo decir, sin sentir que disminuye mi propio aporte, que su libro constituye la gran obra histórica sobre el liborismo dominicano.
Me honra profundamente que Cassá reconozca mi trabajo. En los agradecimientos destaca mi libro como pionero y reconoce también la importancia de las grabaciones de entrevistas que puse a su disposición. En un mundo académico donde tantas veces los aportes de las mujeres son silenciados o minimizados, ese reconocimiento tiene para mí un valor especial. Soy filósofa, no historiadora ni antropóloga, y sin embargo mi investigación sobre Palma Sola abrió un camino en la reflexión sobre el mesianismo dominicano. No puedo ocultar lo que eso significa para mí. Y que un historiador de la trayectoria de Cassá lo reconozca públicamente me llena de orgullo y confirma que el pensamiento puede abrirse paso más allá de las fronteras disciplinarias.
También me permite hacer una observación fina, sin ánimo de herir ni de convertir este comentario en un reclamo personal: resulta significativo que ese reconocimiento venga de un historiador, mientras desde otros campos, especialmente desde cierta antropología, mi estudio haya sido recibido con silencio. Tal vez porque Palma Sola tocaba zonas incómodas: la religiosidad popular, la pobreza campesina, la afrodescendencia, la oralidad, la persecución y la memoria de los vencidos. Más llamativo aún es que esa omisión haya provenido también de algunos sectores que promueven la afrodescendencia o la indigenidad. No lo señalo desde el resentimiento, sino desde la conciencia de que en el mundo intelectual también existen competencias, jerarquías, silencios y disputas por la legitimidad de los temas. Precisamente por eso era necesario estudiar Palma Sola: porque allí se cruzan memorias populares, cuerpos racializados, religiosidades perseguidas y formas de sentido que durante demasiado tiempo fueron vistas desde arriba o desde lejos.
Uno de los mayores aportes de Cassá está en su tratamiento de la fuente oral. El libro muestra que no era posible reconstruir el liborismo solo desde los archivos oficiales, porque muchas de sus protagonistas y muchos de sus protagonistas pertenecían a un mundo campesino pobre, de escasa escritura, sostenido por la memoria, el relato, la creencia y la transmisión oral. Cassá no idealiza esa fuente; sabe que la memoria puede equivocarse, confundir fechas o mezclar tiempos. Pero comprende que sin ella no se accede al sentido profundo del fenómeno.
Ahí encuentro una cercanía con la fenomenología, entendida de manera sencilla: no basta preguntar qué ocurrió; hay que preguntar cómo fue vivido, recordado e interpretado por quienes participaron en el acontecimiento. En las entrevistas y en la historia oral, esa actitud es decisiva. El investigador no puede llegar solo con prejuicios de superioridad académica. Tiene que escuchar el mundo de los actores, la manera en que ellos comprendieron lo sagrado, el sufrimiento, la esperanza, la persecución y la salvación. Eso no significa creerlo todo literalmente, sino reconocer que una creencia puede ser históricamente real por sus efectos en la vida colectiva.
Por eso hablo de una sensibilidad casi fenomenológica en el método de Cassá. Su trabajo se apoya en entrevistas, documentos, prensa, archivos nacionales y extranjeros, pero también en una aproximación cercana a los sujetos, a sus memorias y a sus mundos de sentido. En algunos momentos, esa cercanía recuerda incluso la observación participante, porque no se limita a mirar desde fuera, sino que intenta comprender desde dentro una experiencia religiosa y comunitaria.
Este enfoque permite, además, resaltar nuestra afro descendencia. El liborismo y Palma Sola no pueden entenderse únicamente como fenómenos religiosos aislados. En ellos laten herencias africanas, catolicismo popular, creencias en misterios, curaciones, muertos, profetas, cuerpos perseguidos, comunidades pobres y formas de resistencia simbólica. No se trata de reducirlo todo a lo afrodescendiente, sino de reconocer que la historia dominicana no puede explicarse solo desde las élites letradas, el hispanismo oficial o la modernización urbana. Hay otra nación profunda: campesina, oral, religiosa, racializada, perseguida y creadora de sentido.
En ese plano, el libro de Cassá avanza respecto a todos los estudios anteriores, incluido el mío. Avanza por su extensión, por su documentación, por su reconstrucción histórica, por su atención al contexto regional, por su tratamiento de Liborio desde 1908 y por su integración de Palma Sola en una historia más larga. Pero avanza también porque obliga a mirar con respeto un fenómeno que durante mucho tiempo fue tratado con burla, miedo o desprecio. En mi memoria aparece como punta de iceberg la opinión de profesionales destacados acusando a Palma Sola de superchería.
Comprender el liborismo no significa idealizarlo. Significa impedir que su memoria sea borrada. Palma Sola fue represión, violencia y estigmatización; pero también fue fe, comunidad, esperanza, búsqueda de justicia y producción popular de sentido. Cassá ayuda a devolverle espesor histórico a esa experiencia.
Mi libro abrió una puerta hacia Palma Sola. El libro de Roberto Cassá ensancha esa puerta hacia el liborismo dominicano en su conjunto. Y eso, lejos de disminuir mi aporte, lo confirma. Las investigaciones verdaderamente fecundas son aquellas que permiten que otros continúen el camino.
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