¿Puede alguien publicar como propio un texto generado por inteligencia artificial sin advertir que su escritura carece de las huellas lingüísticas de su propia conciencia? La pregunta no pretende atacar a la inteligencia artificial. El verdadero problema se encuentra en otro lugar: en quien convierte en producción intelectual propia un discurso que no ha pensado, escrito ni revisado desde su competencia lingüística.

Desde mi perspectiva cosmolingüística, el lenguaje constituye un universo de universos comunicativos. Por lo tanto, todo texto configura un espacio de relaciones entre signos, sujetos, intenciones, contextos y saberes, por lo que, escribir no equivale simplemente a ensamblar palabras gramaticalmente correctas. Escribir supone, más bien, habitar el lenguaje, tomar decisiones dentro de sus posibilidades y dejar en el discurso alguna manifestación de la conciencia que lo produce.

Precisamente por eso resulta reveladora una regularidad que observo con frecuencia en textos generados por modelos de lenguaje y, sobre todo, en textos que posteriormente son publicados por personas que los presentan como propios. Se trata de la reiteración de una trilogía de sintagmas nominales encabezados por el cuantificador "cada" y concluidos mediante participios regulares terminados en -ado o -ido, utilizados con valor adjetivo. Por ejemplo: "cada trabajo realizado, cada esfuerzo impulsado y cada tiempo dedicado".

Desde el punto de vista gramatical, la construcción es correcta. Empero, lo interesante es su recurrencia.

Un sintagma nominal, denominado también "grupo nominal" en la terminología académica, es una construcción cuyo núcleo es un sustantivo o una unidad equivalente. En "cada trabajo realizado", el sustantivo "trabajo" constituye el núcleo; "cada" lo determina y cuantifica, mientras "realizado" funciona como modificador. La RAE y la ASALE describen ampliamente la estructura interna de los grupos nominales en su Nueva gramática de la lengua española.

El término "cada" pertenece a la clase de los cuantificadores. Su valor es distributivo: presenta los elementos de un conjunto de manera individualizada. De ese modo, "cada estudiante", "cada proyecto" y «cada esfuerzo» designan los miembros de un conjunto considerados distributivamente.

El tercer elemento está constituido por "realizado", "impulsado" y "dedicado". Son participios regulares, formas no personales del verbo. La RAE señala que los participios regulares de la primera conjugación terminan en -ado, mientras los correspondientes a las conjugaciones segunda y tercera lo hacen en -ido. "Realizado" procede de "realizar"; "impulsado", de «impulsar»; "dedicado", de "dedicar".

Imagen creada por IA.

Ahora bien, esos participios pueden adquirir valor adjetivo. En «trabajo realizado», "realizado" caracteriza al sustantivo «trabajo» y expresa una propiedad o resultado asociado con él. La RAE distingue precisamente estos usos adjetivales del participio. Tenemos, por tanto, una estructura perfectamente legítima:

"cada" → determinante cuantificador
"trabajo" → sustantivo, núcleo del sintagma nominal
"realizado" → participio regular con valor adjetivo.

El problema aparece cuando esta misma arquitectura se reproduce una y otra vez: "cada meta alcanzada, cada objetivo cumplido, cada desafío superado". La corrección gramatical permanece intacta, pero la conciencia estilística comienza a desaparecer. Esa diferencia resulta fundamental.

Una persona con conciencia lingüística puede reconocer la fórmula, aceptarla, modificarla o descartarla. Puede escribir "el trabajo que realizamos, los esfuerzos que emprendimos y el tiempo que dedicamos"; puede optar por «el trabajo concluido, los esfuerzos desplegados y el tiempo invertido"; o puede abandonar completamente la estructura: "Todo ese proceso exigió esfuerzo, dedicación y tiempo". Estamos ante tres construcciones distintas para comunicar una idea próxima. La inteligencia artificial puede producirlas todas. La diferencia está en quién decide utilizarlas y por qué.

Quien publica sin revisar un texto generado por IA corre el riesgo de apropiarse no solo de sus ideas, sino también de sus regularidades lingüísticas. Puede terminar firmando una sintaxis que no reconoce, una selección léxica que nunca habría realizado y una organización discursiva que jamás habría construido conscientemente.

Desde la cosmolingüística, este fenómeno adquiere una dimensión todavía mayor. Si todo texto es un universo comunicativo, la apropiación acrítica de un texto generado por otro sistema significa introducir en el propio universo discursivo una configuración lingüística ajena. El problema, por consiguiente, no consiste en que la máquina escriba. Consiste en que el supuesto autor deje de escribir mientras conserva la firma.

No se trata de perseguir a la inteligencia artificial ni de convertir determinadas estructuras en pruebas concluyentes de autoría. La repetición de «cada + sustantivo + participio» no demuestra por sí sola que un texto proceda de un modelo de lenguaje artificial. Es, cuando mucho, un indicio que adquiere valor cuando concurre con otras regularidades.

La cuestión ética e intelectual es otra. Si alguien utiliza IA para generar un texto, lo revisa, lo comprende, lo transforma y asume responsablemente sus decisiones lingüísticas, existe una intervención autoral discernible. Pero si copia, pega y firma, la situación cambia radicalmente; porque la autoría no debería reducirse a colocar un nombre al final de un texto.

Autor es quien responde por las palabras que utiliza, por las ideas que articula y por la forma lingüística mediante la cual las comunica.

De ahí que la pregunta inicial pueda reformularse de manera más incisiva: ¿quién firma realmente un texto cuando su autor no reconoce las estructuras lingüísticas que acaba de publicar?

Tal vez el mayor riesgo de la inteligencia artificial no sea que escriba demasiado bien, sino que algunos seres humanos estén dispuestos a dejar de escribir para empezar a firmar.

Gerardo Roa Ogando

Profesor universitario y escritor

Gerardo Roa Ogando es teórico del lenguaje y creador literario; miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y catedrático universitario. En la Universidad Autónoma de Santo (UASD) ha desempeñado las siguientes funciones gerenciales: coordinador de la Cátedra de Lingüística (2014-2018); director de la Escuela de Letras (2018-2022); decano de la Facultad de Humanidades (2022-2026) y, actualmente, vicerrector de Extensión (2026-2030). Sus aportes incluyen más de una decena de obras entre las que destacan una novela, cuentos, un poemario y cientos de ensayos. Se autoasume como un cosmolingüista porque más allá de describir la estructura del sistema lingüístico en frases y oraciones, su esfuerzo se ha centrado en el estudio del lenguaje, entendido como universo de universos comunicativos y no solo como capacidad de simbolización humana. Es genuino autor del neologismo "cosmolingüística", en varias de sus publicaciones, de las cuales las más notables son: Cosmolingüística: Discurso, ideología y cine (Isla Negra, 2022); La lengua del Fanerón: Un enfoque para el análisis del discurso (MESCYT, 2024) y decenas de artículos publicados en su columna Ciencias del lenguaje, de Acento.

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