Capítulo 11
La Revolución de Abril en sus recuerdos
La revolución de abril ha quedado grabada en la memoria histórica de los dominicanos como un episodio épico donde la cólera popular catapultó al primer plano a la gente humilde a pronunciarse, con las armas en la mano, en defensa de sus derechos conculcados.
24 de abril de 1965. Santo Domingo, sábado.
Aquel día, temprano, 24 de abril de 1965, en la pensión de estudiantes de la sanjuanera Carmen Betances, situada en la avenida Independencia, de la capital dominicana, casi frente al cementerio, a cinco minutos del Altar de la Patria, Aurelio Javier se enfrascaba en repasar la lección de Derecho Penal, que hablaba del criminal nato, basado en la teoría del italiano César Lombroso y que recibiría en la tarde de su profesor Leoncio Ramos.
Almorzó como de costumbre. Era la 1:30 pasado meridiano. En ese momento, un calor infernal impregnaba el ambiente de la capital. Claro, era ya primavera, y la temperatura comenzaba a hacer estragos en una isla donde las estaciones no tenían diferencias, salvo en el invierno donde una suave brisa neutralizaba el calor cotidiano. La pensión reunía a jóvenes, mujeres y hombres de muchos lugares del país, especialmente de San Juan, los cuales vivían, o sea, dormían, comían en habitaciones separadas a un precio módico. Pensiones como esta, en esos años, abundaban en la capital dominicana y, especialmente, eran refugios de los centenares de estudiantes de escasos recursos del interior del país.
Este era el caso de Aurelio.
Al lado suyo, en el comedor de los pensionados, uno de los comensales prendió su radio transistor, recorrió el Dial y conectó con Radio Comercial, que a esa hora transmitía para todo el país el programa del Partido Revolucionario Dominicano “Tribuna Democrática”. Dicho programa era un toque de queda de la población democrática de todo el país. Y una especie de espacio de las pocas libertades que permitía el gobierno golpista del Triunvirato.
Como de costumbre, el himno del partido salió al aire. Pero, extrañamente, se repetía una y otra vez, hasta que la voz del líder del PRD, José Francisco Peña Gómez, el joven aquel que cinco años atrás, Aurelio Javier había conocido por primera vez en un mitin en El Seibo, cuando con verbo electrizante, formando parte de la llamada Caravana de la Libertad, arengaba a los seibanos para que se quitaran la venda de los ojos y se incorporaran a la lucha contra los remanentes de la dictadura trujillista.
La voz vibrante del líder, utilizando esta vez las notas de la Marsellesa, anunciaba que había recibido una llamada del capitán Mario Peña Taveras, del campamento 27 de febrero, situado en las afueras de la capital en el kilómetro 25 de la carretera Duarte, que le informaba que una rebelión militar había estallado contra el gobierno dictatorial del Triunvirato.
“Exactamente. después del golpe de Estado de 1963 que derrocó el gobierno civil encabezado por Juan Bosch, se formó un gobierno de derecha denominado Triunvirato que dirigió los destinos del país por dos años y medio.La rebelión de los militares constitucionalistas que inició el capitán Peña Taveras, en esencia, fue la culminación de varias conspiraciones cruzadas de sectores disidentes dentro de las fuerzas armadas, donde se mezclaban grupos balagueristas y grupos proboschistas, todos dispuestos a derrocar al gobierno que encabezaba en ese momento Donald Reid Cabral, vinculado a una de las familias más poderosas del país, el grupo Vicini, pero divididos en cuanto a las metas a lograr. Mientras los militares seguidores del PRD y de Bosch luchaban por un retorno puro y simple del presidente derrocado para que continuara su periodo de gobierno tronchado por el golpe de Estado de 1963, los militares balagueristas, cuyo jefe, Joaquín Balaguer, se encontraba en el exilio en los Estados Unidos, después que fuera desalojado del poder en el año 1962, se planteaban un gobierno militar que propiciara nuevas elecciones.
La acción del capitán Peña Taveras desencadenó una serie de acontecimientos que culminaron con el derrocamiento del gobierno. Sin embargo, los militares conservadores antiboschistas, se negaron a darle paso al regreso del ex presidente Bosch y pidieron la intervención norteamericana, la cual se hizo efectiva el 28 de abril, de 1965, días después de que las fuerzas militares conservadoras fueran vencidas en cruentas batallas en la capital dominicana”.
—Tú oíste Miguel? preguntó Aurelio a su compañero de mesa, un sanjuanero, empleado público.
—Sí, respondió Miguel. Mientras tanto, la voz de Peña Gómez repitió varias veces el anuncio de los militares rebelados.
Media hora más tarde, Aurelio, inquieto, se trasladó al parque Independencia, situado a menos de 5 minutos. Buscaba respuestas a su inquietud después de haber oído la arenga de Peña Gómez. Sin embargo, no observó nada anormal. El centro de la capital permanecía como de costumbre. Dio una vuelta y regresó a la pensión. Sin embargo, lo que Aurelio no sabía era que en ese momento, los militares sublevados del campamento 27 de febrero tenían el control del cuartel, tampoco sabía que la rebelión se precipitó porque el gobierno se había enterado de antemano de la conspiración y trató de descabezar a los conjurados, quienes se adelantaron y tomaron prisioneros a los jefes militares que los iban a apresar.
Las horas pasaban y Aurelio Javier se fue a recibir su cátedra de Derecho Penal. Regresó tarde después de comerse un sándwich en la barra Payán situada al final de la calle 30 de Marzo hacia arriba. Las horas pasaban, pero en la noche sucedió lo insólito: el presidente golpista Donald Reid Cabral cometió un error que le costó caro. Anunció, a través de la radio oficial, que daba un plazo para que los militares sublevados se rindieran o serían aplastados. En ese momento, el pueblo se enteró que la rebelión, anunciada a prima tarde por Peña Gómez, seguía en pie. Y la historia, entonces, dio un giro. Los militares constitucionalistas, ante la amenaza del gobierno, abandonaron el campamento y tomaron el control de Ciudad Nueva en el centro de la capital dominicana.
Serían, pues, las diez de la noche cuando Aurelio Javier se trasladó de nuevo al parque Independencia. Y lo que vio allí fue de película: centenares de soldados habían ocupado las azoteas de los edificios de los alrededores. O sea, los odiados soldados que años atrás, cumpliendo órdenes de los jefes golpistas, habían derrocado al gobierno de Bosch en 1963, ahora luchaban por traer de nuevo al ex presidente al país.
Eran los constitucionalistas, como se les conocería en lo adelante, y que pondría a la República Dominicana en el primer plano de la actualidad mundial.
Al otro día, 25 de abril, lo que Aurelio presenció fue espectacular. En horas de la mañana, las principales avenidas de la capital fueron inundadas por miles de personas. Reid Cabral, había perdido el apoyo de los mandos militares y fue desalojado del poder.
Esa tarde, sin embargo, estando Aurelio en los alrededores del Palacio Nacional presenció que aviones sobrevolaban en círculos alrededor de la casa de gobierno. Extraño. Minutos después, esos aviones comenzaron a bombardear el Palacio Nacional. En esos momentos, el presidente de la Cámara de Diputados del gobierno derrocado de Juan Bosch, Dr. José Rafael Molina Ureña se había instalado en el Palacio Nacional a la espera del regreso del presidente destituido que se encontraba exiliado en Puerto Rico. Cuenta la leyenda que el Embajador de los Estados Unidos William Tappley Bennet que al momento de estallar la rebelión militar constitucionalista estaba fuera del país, al regresar convocó a la embajada a los líderes rebeldes. Asistieron a la reunión Francisco Caamaño, que había asumido la jefatura de la rebelión reemplazando al coronel Hernando Ramírez que había sufrido una súbita hepatitis, Molina Ureña y el jefe de los “hombres rana” el coronel Ramón Montes Arache. En esta dramática entrevista, el Embajador presionó a los líderes para que se rendiesen y apoyaran la intención de los golpistas de constituir una junta militar.
La respuesta de Caamaño fue fulminante:
—Carajo!! No nos rendiremos. Seguiremos luchando!! Y acto seguido abandonaron la reunión.
“Después de abandonar la reunión Caamaño se asiló momentáneamente en la embajada de El Salvador pero horas después salió de allí y se empleó a fondo para reorganizar a los militares insurgentes que se atrincheraron en los alrededores del puente Duarte y la calle París. Así, en ese día histórico del 27 de abril de 1965, los militares constitucionalistas frenaron la contraofensiva de los golpistas que trataron infructuosamente de penetrar a la ciudad con los tanques blindados respaldados por la infantería.
Esa noche, el periódico Listín Diario reportó que Francisco Caamaño llamó a la redacción del diario informando que la rebelión seguía en pie. Y anunció que la contraofensiva de los militares golpistas había sido derrotada”.
Lo que Aurelio Javier tampoco conocía era que los jefes militares del campamento de San Isidro, donde estaba la base aérea más importante del país, no aceptaban el regreso de Bosch y planteaban, ante el vacío de poder, la constitución de una Junta Militar que organizara nuevas elecciones.
Aurelio regresó raudo a la pensión. El ambiente que encontró era deprimente. Reinaba una gran confusión en los pensionados. La dueña de la pensión, Carmen, en frente de la casa, enloquecida, imprecaba a los dioses para que cesaran los bombardeos.
“La señora Betances tenía razones personales de sobra contra los militares. En efecto, su hijo mayor, aviador de la Fuerza Aérea murió en un sospechoso accidente de aviación y su hija de nombre “Carolina” fue asesinada por su esposo, también militar en un arranque de celos que causó un escándalo mayúsculo en la ciudadanía”.
En esencia, la guerra civil había comenzado. En los días subsiguientes las fuerzas políticas y militares enfrentadas, de un lado las constitucionalistas encabezadas por el coronel Francis Caamaño que pretendían forzar el regreso de Juan Bosch a la Presidencia, y por el otro lado, las fuerzas reaccionarias, cuyo centro era la base aérea de San Isidro a la cabeza de la cual estaba el general Elías Wessin y Wessin un fanático antiboschista.
En ese momento, los jefes militares derrotados y en desbandadas pidieron la intervención de los Estados Unidos. La administración Johnson, bajo el pretexto de evitar una “segunda Cuba” ordenó la intervención. La segunda en la República Dominicana en el siglo veinte. Unos miles de marines desembarcaron en las siguientes semanas y cortaron la capital en dos atrincherando a los constitucionalistas en la zona colonial y sus alrededores.
***
Ante tal situación, la vida personal de Aurelio tornó alrededor de acontecimientos fuera de su control. Resulta que él formaba parte de la juventud estudiantil del 14 de Junio, grupo universitario que se había formado después que el movimiento revolucionario 14 de Junio sufrió el descabezamiento de sus principales dirigentes al ser aniquilados los grupos guerrilleros que se alzaron en las montañas del país en diciembre de 1963 después del derrocamiento del gobierno de Juan Bosch. A la luz de esos sacudimientos internos, en el curso del año de 1964, la organización empezó a buscar culpables de la derrota y es cuando se decide realizar un Pre-Congreso. Se formó una Comisión que lo prepararía y Aurelio fue de los militantes enviados al interior del país a preparar el evento.
Y es en esos momentos, mientras el 14 de junio se cocinaba en su propia salsa. es que estalla la guerra. El Comité Central del 14 de Junio, cuyo acontecimiento le tomó por sorpresa, decidió integrarse al movimiento armado y enviar a los catorcistas como “asesores políticos” a los comandos que se formaron espontáneamente en los barrios de la capital.
Aurelio fue enviado a uno de estos, situado en el sector de San Antón cerca de escuela Paraguay. Comía y dormía en el comando, que era en realidad una vivienda que habían dejado vacía sus moradores huyendo de la guerra. El jefe de este comando que ya se había formado, cuando Aurelio ingresó, se llamaba Daniel, un líder barrial, sin ninguna militancia política, pero con un total dominio del sector.
En su papel de “asesor político”, Aurelio nunca disparó un tiro. Ni siquiera aprendió a armar y desarmar el fusil Mauser, o la carabina “San Cristóbal”, esta última de confección dominicana, Su labor se limitaba a instruir políticamente a los combatientes en la defensa de la democracia y la libertad.
Aurelio en los meses que vivió en el Comando Libertador nunca experimentó miedo a morir. Ni siquiera de una bala perdida, a pesar de que muy cerca de su comando, los invasores americanos habían erigido alambradas y con frecuencia se escenificaban balaceras. Tal era su convicción de que participaba en una lucha justa, convicción compartida por todos sus camaradas universitarios incorporados en los comandos. Era el espíritu de la época.
La mayoría de los miembros de los Comandos no portaban armas. Los pocos que las portaban fueron capturadas a los policías que huyeron en los primeros días de la contienda en la fortaleza Ozama, antigua caserna colonial construida por los españoles para proteger a los habitantes de las excursiones de los piratas cuando fueron desalojados de esta fortaleza por los insurgentes el 30 de abril de 1965.
“La fortaleza Ozama es la más antigua y completa construcción militar de la isla desde la cual se inició la conquista de las Américas. Fue llamada durante la época colonial Torre del Homenaje, en honor a los conquistadores españoles, aunque posteriormente fue llamada también Torre de la Vigía o de la vigilancia, ya que desde la parte superior se observaba la entrada del rio Ozama y la costa del mar Caribe. La edificación fue iniciada por fray Nicolas de Ovando en 1502”. (Lauterio Vargas, 28/9/1973. El Caribe).
Por su parte, los Comandos eran organizaciones político-militares que fueron establecidas en los distintos barrios de la capital. En los hechos, estas organizaciones ejercían el control del territorio donde estaban establecidos, y en la esencia constituían una especie de poder militar y administrativo de la zona.
“El Pre-Congreso del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, que había sido concebido realizarse antes de que estallara la guerra se realizó en la zona constitucionalista, en el teatro Apolo, situado en la avenida Mella. En dicho evento se evidenció la división de la organización en dos líneas: los transformistas y los antitransformistas. Los primeros, encabezados por el ex guerrillero Fidelio Despradel, superviviente de las guerrillas de Las Manaclas, donde asesinaron a Tavárez Justo, el líder del 14 de junio, y sus compañeros, afirmaban que el 14 de junio era la única organización capaz de transformarse en partido obrero porque reunía en su seno un grupo de revolucionarios probados que habían abrazados el ideal socialista; el otro sector, negaba la posibilidad de esa transformación bajo el alegato de que el 14 de junio era una organización pequeña-burguesa. Los dirigentes de esta última corriente interna se inclinaban a privilegiar al Movimiento Popular Dominicano como “germen” del partido de la clase obrera en el entendido, según su percepción, de que en su seno militaban muchos obreros. Entre los lideres de ese sector se encontraban, entre otros, Rafael Fafa Taveras, Jinmy Durán y Juan B. Mejía. Asimismo, el Buró obrero de la organización, encabezado por el dirigente sindical Julio de Peña Valdez, también hizo causa común con esta corriente. Sus seguidores, a la postre ingresaron al MPD y prácticamente alcanzaron puestos importantes en la dirección de este grupo.
Dicho congreso no llegó a nada concreto. El desenlace de esta crisis interna produjo posteriormente la división del Movimiento Revolucionario 14 de Junio. A partir de ahí, y en el curso de los años siguientes, se formaron diversos grupos, uno de ellos fue la Línea Roja del 14 de Junio; el grupo de Amaury Germán, que formó los Comandos de la Resistencia aliados del coronel Francisco Caamaño;, otro, lo fue el Partido Comunista de la República Dominicana (Pacoredo); y numerosos pequeños grupos. A finales de 1969, el Movimiento Revolucionario 14 de Junio inicial había prácticamente desaparecido”.
La vida de Aurelio, ya absorbido por el espíritu de la época, en esos años recios y al igual que sus más íntimos compañeros catorcistas, enfiló su militancia en los grupos de izquierda más radicales comprometiendo su visión del mundo lo que lo llevaría a recorrer un túnel lleno de vicisitudes durante más de diez años.
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